Diane acepta un matrimonio por contrato para proteger el honor de dos familias, pero pronto descubre que el apellido Valcárcel está sostenido por chantajes, desapariciones y secretos nacidos frente al mar. Entre ella y Eduardo surge un sentimiento que ninguno estaba destinado a sentir. Años después, una tumba guarda la última verdad de Santa Lucía.
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Capítulo 11 - No lo he olvidado
Eduardo vio desaparecer a Diane detrás de los rosales mientras el carruaje abandonaba la propiedad de los Díaz.
Liberto corría delante de ella, convertido por la distancia en una llamarada dorada entre las ramas desnudas. Durante un instante, Eduardo lamentó no haber permanecido el tiempo suficiente para verlo elegir el jardín, los establos o el rincón de la falda de Diane donde había intentado esconderse.
Después recordó que en su vida todo afecto observado terminaba convertido en un arma.
Cerró la cortina de la portezuela.
—Ha sido una visita menos desastrosa que las anteriores —comentó la señora Elvira.
Eduardo se acomodó frente a ella.
—El perro volcó agua sobre sus zapatos.
—Me refiero a la señorita Díaz.
—Yo también.
La viuda juntó las manos sobre el bolso.
—Se rio.
—Los cachorros producen ese efecto cuando no están destruyendo ropa.
—Lo miró a usted de otra manera.
Eduardo apartó la vista.
—Su obligación consiste en vigilar la distancia entre nosotros, no en inventar lo que ocurre dentro de ella.
—Mi obligación consiste en informar a su padre.
—Entonces infórmele que el animal demostró mayor talento para el cortejo que yo.
Elvira no volvió a hablar. Afuera, la noche había borrado los campos. Las ventanas de la fábrica encendida parecían carbones suspendidos sobre la tierra. Eduardo distinguió hombres trabajando junto a la nueva secadora y sintió el sabor amargo de una victoria que no le pertenecía. Guillermo había salvado la empresa para poder entrar en ella. Nunca reparaba una puerta sin conservar la llave.
La mansión Valcárcel los recibió con todas sus ventanas iluminadas.
Elvira se despidió en el vestíbulo. Antes de marcharse, entregó al mayordomo una nota doblada. Eduardo no necesitó verla para saber a quién estaba dirigida.
—La rapidez es una cualidad admirable en los espías —dijo.
La viuda ajustó los guantes.
—Su padre paga por puntualidad, no por afecto.
—Al menos uno de los dos reconoce la naturaleza del contrato.
Don Guillermo lo esperaba en el despacho.
No había fuego en la chimenea. El calor llegaba desde dos braseros colocados a ambos lados del escritorio, pero la habitación conservaba una frialdad mineral. Sobre la pared colgaba un mapa del Atlántico atravesado por líneas rojas. Cada ruta partía de Santa Lucía y terminaba en un puerto donde el apellido Valcárcel podía comprar silencio.
Guillermo sostenía la nota de Elvira.
—Un perro —dijo.
—Una observación impecable.
—Te pedí que conquistaras a la muchacha.
—Y yo le llevé algo que no la obliga a escucharme.
—Le llevaste un animal recogido entre desperdicios.
—Resultó apropiado. Yo también llegué en su carruaje.
Guillermo dejó la nota sobre el escritorio.
—Elvira dice que Diane rió, te dio las gracias y aceptó el regalo. Quizá tu torpeza tenga alguna utilidad.
Eduardo permaneció de pie. En el bolsillo interior del abrigo llevaba la pequeña navaja con que había marcado el olivo. La hoja seguía manchada de savia seca.
—No vuelva a enviar flores en mi nombre.
—Las rosas cumplieron su función.
—Hicieron que me despreciara.
—El desprecio es una emoción. Puede trabajarse. La indiferencia, no.
—Habla de ella como de una mercancía.
—Todo cuanto posee valor puede negociarse.
Eduardo miró el mapa. Siete años antes había creído que existían cosas fuera del alcance de los negocios de su padre: una promesa hecha en una habitación pobre, la mano de Isabel sobre la suya, el peso de una niña dormida contra su pecho. Guillermo le había enseñado lo contrario.
—No la tocaré —dijo.
El padre alzó lentamente la vista.
—¿Qué has dicho?
—No tocaré a Diane sin su consentimiento. Ni antes ni después del matrimonio.
El silencio endureció el despacho.
—Tu consentimiento es el que importa para la continuidad de esta casa.
—Entonces tenga usted el heredero.
Guillermo se levantó.
—Mide tus palabras.
—Llevo siete años midiéndolas. No han perdido el filo.
El bastón de Guillermo descansaba contra el escritorio. Su empuñadura de plata tenía la forma de una cabeza de dragón. Eduardo recordó aquella plata golpeando el suelo de la casa donde Isabel había vivido; el llanto de Micaela al despertar; los hombres apartándolo mientras Guillermo hablaba de vergüenza, sangre ilegítima y obediencia.
—No pronuncies ese número como si fuera una amenaza —dijo el padre.
—No es una amenaza. Es una cuenta.
—Una cuenta de errores que todavía estoy pagando.
—Usted no perdió nada.
—Perdí un hijo digno de heredarme.
Eduardo sintió que algo se abría dentro de él. No fue una herida nueva, sino la antigua encontrando aire.
—No lo perdió —respondió—. Lo convirtió en enemigo.
Guillermo tomó el bastón. Por un instante, ambos contemplaron la distancia entre la cabeza de plata y el rostro de Eduardo. El padre no golpeó. Ya no necesitaba hacerlo para recordar que podía.
—Dentro de diecisiete meses te casarás —dijo—. Cumplirás con tu esposa y me darás un heredero reconocido. Puedes conservar tus tragedias privadas siempre que no interfieran con mis planes.
—Mis tragedias tienen nombres.
—Los nombres pueden borrarse.
Eduardo dio un paso hacia el escritorio.
—Eso creyó.
La puerta se abrió antes de que Guillermo respondiera. El mayordomo apareció con una bandeja de plata.
—Disculpe, señor. Ha llegado correspondencia urgente para el joven Don Eduardo.
Sobre la bandeja había un sobre gris, sin sello familiar. La dirección estaba escrita por una mano pequeña e inclinada. En una esquina, casi oculta bajo la mancha del viaje, se distinguía una cruz rodeada por un círculo.
Eduardo reconoció la marca del convento.
Guillermo también.
—Dámela —ordenó.
Eduardo tomó primero el sobre.
—Está dirigida a mí.
—Toda correspondencia que entra en esta casa me concierne.
—Entonces tendrá que aprender a leerla a través de una puerta cerrada.
Abandonó el despacho. Escuchó el bastón golpear el suelo detrás de él, una vez, pero Guillermo no lo siguió. Los corredores estaban vacíos. Eduardo subió hasta su habitación, giró la llave y permaneció varios segundos con la espalda apoyada contra la puerta.
El sobre temblaba en su mano.
No lo abrió de inmediato.
Cruzó la habitación y encendió la lámpara del escritorio. Después retiró del cajón inferior un revólver envuelto en terciopelo. Comprobó el tambor. Seis balas. Lo dejó junto al tintero, no porque esperara un ataque, sino porque había noches en las que necesitaba recordar que aún existía una forma brutal de decidir por sí mismo.
Junto al arma colocó la navaja.
Siete años. Siete muescas.
La primera la había trazado en el muelle la noche en que Guillermo hizo desaparecer a Micaela. La niña tenía pocos meses y un sonajero de plata que Isabel había comprado vendiendo su único broche. Eduardo había buscado en barcos, hospitales y hospicios. Cada aniversario marcaba un árbol distinto, como si herir la madera pudiera impedir que el tiempo cerrara sobre ella.
A veces el recuerdo regresaba incompleto. No veía rostros, solo fragmentos: la lluvia deslizándose por los adoquines; una rueda hundida en el fango; el chal de Isabel abandonado sobre una silla. Otras noches regresaba con una precisión insoportable.
Micaela había despertado poco antes de que llamaran a la puerta. Eduardo la llevaba contra el hombro, envuelta en una manta amarilla. La niña no lloraba. Cerraba los dedos alrededor de la cadena del reloj de él y producía sonidos pequeños, satisfechos, como si el mundo entero consistiera en aquel metal que podía atrapar.
Isabel miró por la ventana y palideció.
—Es el carruaje de tu padre.
Eduardo recordaba haberle prometido que no permitiría que Guillermo entrara. Recordaba colocar a Micaela en la cuna. Recordaba el sonajero rodando bajo la mesa cuando el primer hombre empujó la puerta.
Después, todo había ocurrido al mismo tiempo. El bastón golpeándole las costillas. Isabel gritando el nombre de la niña. Un paño contra la boca de Eduardo. El sabor medicinal que descendió hasta sus pulmones. Intentó arrastrarse hacia la cuna, pero una bota inmovilizó su mano.
La última imagen antes de perder el conocimiento fue Guillermo levantando el sonajero del suelo. Lo observó con el desagrado de quien encuentra una prueba de suciedad en su propia casa y lo guardó en el bolsillo.
Eduardo despertó al amanecer. La cuna estaba vacía. Isabel también había desaparecido. Sobre la mesa encontró dinero, un billete de tren a Francia y una carta escrita por un abogado en la que se afirmaba que la joven había decidido marcharse y entregar a la niña a una institución religiosa.
La firma de Isabel era falsa.
Eduardo lo supo porque habían escrito su nombre con una sola ele. Isabel siempre utilizaba dos, una rebeldía diminuta heredada de su abuela. Guillermo conocía el precio de los jueces, los médicos y los hombres del puerto, pero nunca se había molestado en aprender cómo firmaba la mujer cuya vida estaba destruyendo.
Esa falta de cuidado fue la primera prueba de Eduardo. También fue la razón por la que no subió al tren preparado para él.
Durante tres días recorrió Santa Lucía con las costillas vendadas. En el cuarto encontró a un pescador que recordaba un carruaje, una mujer inconsciente y una cesta cubierta. En el quinto, el pescador desapareció. Al final de la semana, Beatriz le dijo que Isabel estaba viva, pero le hizo jurar que no intentaría verla hasta reunir pruebas capaces de protegerla.
De Micaela no pudo decirle nada.
Aquel año el olivo de los Díaz había recibido la marca.
No lo he olvidado, pensó.
No permitiré que me obligue a olvidarlo.
Rompió el sello.
Dentro había una sola hoja. Parte del texto estaba cubierto por líneas de tinta negra, aplicadas con tanta fuerza que el papel se había debilitado. Las palabras supervivientes parecían islas separadas por un mar de censura.
«Señor E. V.:»
«La hermana que nos ayudaba ha sido trasladada. La señora I. conserva la salud, aunque ya no recibe sus mensajes. Ruega que no abandone la búsqueda.»
Eduardo acercó la hoja a la llama. Entre dos tachaduras distinguió una impresión hundida. Colocó el papel sobre la mesa y frotó suavemente el costado de un lápiz sobre las fibras. Las letras ocultas aparecieron como huesos bajo la piel.
«La niña fue vista al comienzo del otoño.»
El aire abandonó sus pulmones.
Micaela estaba viva. O lo había estado unas semanas antes.
Continuó revelando la escritura. El grafito ensució sus dedos y la palma de la mano. Al final de la página surgió una última frase, quebrada por el pliegue:
«Pero Micaela ya no permanece en el mismo lugar.»