La historia sigue a Anna, una joven cuya vida ha sido planificada como una transacción comercial por su madre, una mujer ambiciosa que ve en el matrimonio de su hija la salvación de su estatus. Anna, buscando un último respiro de rebeldía, se entrega a una noche de pasión con Sebastián, un extraño de mirada peligrosa y reputación cuestionable.
El conflicto estalla cuando Anna descubre que el "desconocido" de esa noche no solo es el hermano de su futuro marido, sino el hombre que habitará bajo su mismo techo.
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celos??
En ese momento, Julián Vega, el socio más joven y libertino de Sebastián, se acercó con una copa de champán en la mano y una sonrisa depredadora.
—¡Sebastián! No me habías dicho que tu esposa era muy hermosa —dijo Julián, ignorando por completo la mirada asesina de Sebastián y fijando sus ojos descaradamente en mi —.Señora Sáenz, es un verdadero placer. Julián Vega, a sus pies.
Julián tomó mi mano antes de que Sebastián pudiera reaccionar y, en lugar de un beso formal, rozó mis nudillos con sus labios mientras mantenía el contacto visual conmigo.
Sentí cómo la mano de Sebastián en mi cintura se cerraba con una fuerza que casi me hizo soltar un gemido. Sus celos habían estallado.
—Vega —siseó Sebastián, con un tono que prometía violencia—. pero en ese momento una mujer rubia de cuerpo espectacular se acercó.
— Buenas noches, tu debes de ser Anna,— dijo la mujer mirándome de arriba abajo mientras sonreía.
— Buenas noches.— dije y pude notar que Sebastián se puso nervioso al ver a la mujer.
— Yo soy Isabella, mucho gusto — dijo la mujer dándome la mano — soy una amiga de Sebastián.— dijo la mujer sin dejar de sonreír.
—Isabella —dijo Sebastián, y su voz, antes cargada de furia contra Julián, ahora sonaba tensa, casi a la defensiva.
— Podemos hablar un momento Sebastián,— dijo la mujer mirando a Sebastián de tal manera que no parecía ser solo su amiga.
— Tranquilo Sebastián yo cuido de tu esposa puedes ir a arreglar tus asuntos con Isabella.— dijo Julián mirándome.
Sentí cómo el mundo se detenía por un segundo. La seguridad con la que Isabella reclamaba la atención de Sebastián y la forma en que él, el hombre que me miraba con una posesividad aterradora hace un minuto, bajaba la guardia ante ella, me hizo sentir un vacío gélido en el estómago.
Sebastián dudó. Su mirada viajó de Isabella a mí, y luego a Julián, quien me observaba con una sonrisa que prometía problemas.
—Será solo un momento, Anna —dijo Sebastián, su voz sonando extrañamente forzada. Soltó mi cintura, y sentí que el frío de la noche me golpeaba de golpe
Vi cómo se alejaban hacia la terraza, Isabella puso su mano sobre el brazo de Sebastián con una familiaridad que me quemó la vista. Julián dio un paso hacia mí, ofreciéndome una copa de champán que acepté casi por instinto.
—No pongas esa cara, preciosa —susurró Julián, acercándose lo suficiente para que su aliento rozara mi oreja—. Isabella fue la perdición de Sebastián durante años. Ella sabe qué botones apretar. Pero mírate... tienes a todos los hombres de esta fiesta babeando por ti, y estás desperdiciando tu noche mirando a un hombre que acaba de dejarte sola por su ex.
—No me dejó sola —dije con los dientes apretados, aunque me sentía humillada
—Oh, claro que volverá. Pero la pregunta es: ¿en quién estará pensando cuando regrese ? Isabella volvío hace unos días me imagino que tienen mucho de que hablar.—Julián me miró con una mezcla de lástima y deseo—. Sebastián no sabe lo que tiene. Si yo fuera él, no te habría soltado ni para saludar al anfitrión.
Bebí el champán de un solo trago, sintiendo cómo el alcohol me encendía la sangre. Miré hacia la terraza y vi a Isabella muy cerca de Sebastián, hablándole al oído mientras él mantenía la cabeza baja, escuchándola.
La rabia reemplazó a la tristeza. Si Sebastián quería jugar al marido distraído con su antiguo amor, yo le recordaría por qué me había puesto ese vestido.
—Tienes razón, Julián —dije, dejando la copa vacía en una bandeja que pasaba—. La música es demasiado buena como para desperdiciarla. ¿Todavía quieres ese baile?
Julián sonrió con triunfo y me tomó de la mano, guiándome hacia la pista de baile justo cuando empezaba una melodía lenta y sensual.
Julián me tomó de la cintura. Yo no me alejé. Al contrario, eché la cabeza hacia atrás y reí, asegurándome de que mi risa llegara hasta la terraza. Por el rabillo del ojo, vi a Sebastián tensarse. Él se había dado cuenta.
Podía sentir sus ojos sobre mi cuerpo.
— Sabes Anna, me encantan las mujeres con carácter y tú eres una mujer que no le tiene miedo a un Sáenz.— dijo julian sonriendo mientras yo evitaba mirar a Sebastián.
— No te equivoques Julián, yo no tengo por qué tenerle miedo a Sebastián.— dije suspirando y enseguida ví a Sebastián que ya no está con Isabella, tenía los ojos clavados en mi.
—Parece que tu marido está a punto de hacer algo estúpido —dijo Julián con una sonrisa, pero ajustó su agarre en mi cintura como si quisiera protegerme—. Ojalá no se olvide de quiénes están presentes aquí.
Sebastián se dio la vuelta y se acercó a nosotros a grandes zancadas. Isabella intentó seguirlo, pero él la detuvo con un gesto seco de la mano sin siquiera mirarla. Cuando llegó a la pista, su mirada estaba llena de una furia y un deseo que me hicieron temblar.
—Terminen el baile —dijo Sebastián entre dientes, dirigiéndose a Julián, pero sus ojos nunca dejaron los míos—. Y luego te alejarás de mi esposa, Vega.
Julián sonrió y dio un último giro conmigo antes de soltarme. Se inclinó para besar mi mano, esta vez de forma formal.
—Fue un placer, señora Sáenz —dijo, mirando a Sebastián con una mezcla de desafío y advertencia—. Espero volver a verla pronto.
Cuando Julián se fue, Sebastián me tomó de la mano con fuerza y me llevó hacia la salida del jardín mientras nadie nos miraba, donde no hubiera nadie para vernos. La brisa del mar azotó mi rostro, y el vestido negro se movió con el viento.
—¿Qué demonios creías que estabas haciendo? —gritó, soltando mi mano para dejarme contra una palmera—. Bailando con Julián como si no existiera nadie más en el mundo, mientras toda la gente miraba...
Me dejaste sola con tu socio para ir con tu ex, como si yo no fuera más que un adorno en tu brazo. ¡Eso es lo que querías, no? ¡Una esposa que hiciera impacto! Pues ahí lo tienes, así que no me molestes más yo estoy cumpliendo con mi parte del trato, algo que tú no hiciste.—le interrumpí, sintiendo cómo las lágrimas de rabia quemaban mis ojos
— Este no fue el trato Anna, tu te comportarías como la mejor esposa cariñosa, no te irías a bailar con el primer imbécil que se te cruzará en el camino y vestida así. No me digas que no cumplí con mi palabra, ahí tienes tu consultorio y todo lo que necesitas para atender a los jornaleros.— dijo Sebastián alterado.
—Cariñosa? —reí con sarcasmo, quitando su mano de mi brazo—. ¿Cómo quieres que sea cariñosa con un hombre que me encerró en una casa como si fuera un animal? Que hace que la gente tenga miedo de acercarse a mí por miedo a sus órdenes ocultas. El consultorio es bonito, sí, pero ¿para qué sirve si está vacío? ¡Eso no es cumplir la palabra, Sebastián! Es hacer una muestra de poder.
— Acaso estás celosa, por qué si es así, solo debes pedirme que te toque.— dijo Sebastián acercándose a mi y tomándome de la cintura hacia el, para que nuestras caras quedarán tan juntas que podía sentir su respiración.
—Celosa? —dije con voz entrecortada, sintiendo cómo mi orgullo luchaba contra la atracción que siempre había sentido por él—. No soy celosa y mucho menos contigo, simplemente me está divirtiendo con Julián.
Sus dedos se apretaron en mi cintura, y sus ojos bajaron a mis labios por un segundo antes de volver a mis ojos.
—No te creo —murmuró, acercándose aún más—. Si no estuvieras celosa, no te habrías puesto ese vestido para llamar mi atención. No habrías bailado con Julián como si él fuera el único hombre en el mundo.
Sebastián sonrió con una mezcla de arrogancia y ternura, deslizando un dedo por mi mejilla hasta llegar a mi labio inferior, presionándolo suavemente.
—Mientes tan mal Anna —susurró—. Y bailaste muy bien con él... pero me miraste a mí cada vez que podías. Lo vi.
La sangre me quemó las mejillas. Tenía razón, no había podido evitar buscar su mirada entre la multitud, esperando que se diera cuenta de lo que estaba haciendo.
—No me toques —dije, pero mis palabras no tenían fuerza. Mis dedos ya no estaban en puños, sino que se habían relajado sobre su camisa, sintiendo el latido rápido de su corazón.