La vida de Ela se medía en fórmulas perfectas, aromas limpios y la calidez de una familia que lo tenía todo. Su padre, el fundador de una de las firmas de cosmética y skincare más exitosas del país, siempre creyó que el éxito se construía con integridad. Se equivocó. El éxito también atrae a los depredadores.
Cuando un influyente y despiadado conglomerado decide absorber la empresa familiar a cualquier precio, la negativa de su padre sella su destino. En una noche que Ela jamás podrá borrar de su mente, unos hombres irrumpen en su hogar. El castigo a la rebeldía de su padre es una tortura lenta y sistemática, ejecutada ante los ojos de Ela y de su madre, hasta que el último aliento de vida lo abandona.
Pero el horror no termina con la muerte.
En un último acto de protección, su padre nombra a Ela como la única heredera universal de la compañía. Al descubrirlo, los mismos verdugos inician una cacería implacable para obligarla a firmar la cesión de derechos. Sometida a un acoso físico
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EL CHOQUE DE LOS ENGRANAJES
El tiempo tiene una consistencia elástica cuando la vida pende de un hilo. Los segundos se estiran, pesados como el plomo, mientras el destino empuja a los peones y a los reyes a colisionar en el mismo punto del tablero.
En el interior de la oficina presidencial, el único sonido era el zumbido sordo del sistema de aire acondicionado y el rítmico parpadeo verde del teclado digital de la caja fuerte.
—Clic.
La pesada puerta de acero cromado cedió con un suspiro de aire comprimido. A Julián se le iluminó el rostro con una sonrisa salvaje y codiciosa. En el interior del nicho metálico, iluminado por una tenue luz led azul, reposaba una carpeta de cuero negro con el sello lacrado del holding Althea y un fajo de documentos financieros de alta seguridad. Al lado, una memoria USB blindada con cifrado militar.
—Lo tengo... —susurró Julián, con las manos temblorosas de la adrenalina—. Lo tengo todo, Susana.
Con movimientos torpes por la prisa, Julián comenzó a meter los documentos en su chaqueta impermeable, asegurándose de no dejar rastro.
En ese mismo instante, en el pasillo exterior, el indicador digital del ascensor privado emitió un timbre apagado.
Piso 20.
Las puertas de metal del ascensor se abrieron sin hacer ruido. Kang salió al pasillo alfombrado. Sus pasos, firmes y pausados, resonaban suavemente en el vacío del ala presidencial. Mientras caminaba hacia la doble puerta de su oficina, metió la mano en el bolsillo de su abrigo para sacar su tarjeta de acceso biométrico.
Abajo, en el utilitario, Ela golpeó el volante con el puño. En la pantalla de su tableta, la señal duplicada mostraba que el ascensor privado ya había llegado a destino y que la silueta térmica de Kang avanzaba directamente hacia la oficina principal.
—¡Julián! —siseó con desesperación por el canal de emergencia, rezando para que él hubiera encendido el receptor—. Kang está en el pasillo. ¡Sal de ahí por la puerta del balcón de servicio ahora mismo!
La estática del auricular finalmente se rompió.
—Ya voy, ya voy... maldita sea —respondió Julián en un susurro ahogado, el pánico empezando a morderle los talones—. La puerta está trabada por el bloqueo de seguridad del mantenimiento.
—Usa la anulación de emergencia manual que te enseñé. El botón rojo bajo el marco. ¡Hazlo ya!
Kang deslizó su tarjeta por el sensor de la puerta principal de su despacho. El indicador LED pasó de rojo a verde con un pitido electrónico.
Al empujar la puerta, un instinto aguzado por años de manejar situaciones de alto riesgo lo hizo detenerse en seco. El aire de la oficina se sentía diferente. Había un sutil olor a humedad y a lluvia que no provenía de los conductos de ventilación.
Y, en la penumbra del fondo, la puerta de la caja fuerte empotrada en la pared estaba abierta de par en par.
—¿Quién está ahí? —preguntó Kang, su voz bajando a un registro gélido y autoritario mientras daba un paso al frente, con la mano buscando el interruptor de la luz general.
De las sombras detrás del gran escritorio de caoba, una figura se abalanzó hacia la salida lateral de servicio. Julián, con el rostro parcialmente cubierto por la gorra y la chaqueta inflada por los documentos robados, corrió desesperadamente hacia la puerta que daba a las escaleras de emergencia.
—¡Deténgase! —rugió Kang.
El CEO, con una agilidad física que desmentía su habitual postura rígida de oficina, persiguió al intruso. Logró cerrarle el paso justo antes de que alcanzara la salida. Kang lo tomó con fuerza por el hombro, girándolo con violencia para estamparlo contra la pared de cristal que daba al vacío de la ciudad.
En el forcejeo, la gorra de Julián cayó al suelo.
La luz de los relámpagos del exterior iluminó el rostro desencajado y sudoroso del empleado de nivel medio.
Kang se quedó helado por una fracción de segundo. Sus ojos se abrieron con una mezcla de absoluto desconcierto y una furia fría que comenzó a hervirle en las venas.
—¿Julián? —pronunció Kang, incrédulo—. ¿Tú? ¿Qué demonios haces en mi oficina?
Julián, acorralado como una rata, sintió cómo el miedo se transformaba en una hostilidad asesina. Intentó zafarse del agarre de hierro del CEO, pero Kang era más fuerte.
—Suéltame, Kang —amenazó Julián, jadeando, apretando los dientes—. Suéltame si no quieres que esta misma noche todo el holding se entere de las basuras que guardas en esa caja. Sé lo de la auditoría. Sé cómo tu suegro limpia sus rastros. ¡Ahora yo tengo el control!
—No tienes nada —siseó Kang, apretando el puño y propinándole un golpe seco en el estómago a Julián que lo hizo doblarse del dolor—. Eres un miserable ratero corporativo. ¿Quién te dio los códigos de acceso? ¿Quién te ayudó a entrar aquí? Esto es seguridad de nivel presidencial. Tú no tienes la inteligencia para planear esto solo.
Julián, recuperando el aire mientras se apoyaba contra el ventanal, dejó escapar una risa ahogada, llena de malicia. Sabía que estaba perdido si el personal de seguridad subía, pero la desesperación por herir al hombre que lo humillaba diariamente en la empresa fue más fuerte.
—¿De verdad quieres saber quién me ayudó, jefe? —se mofó Julián, limpiándose un hilo de saliva de la comisura de la boca—. La persona que me dio los códigos... la que diseñó este plan y me esperó abajo con el motor encendido... es mi esposa. Susana. Tu adorable y perfecta maestra de tango. Ella es la que te ha estado usando todo este tiempo para conseguir esto.
El mundo alrededor de Kang pareció detenerse por completo. Las palabras de Julián entraron en su mente como ráfagas de viento helado, congelándole el pecho.
Susana.
La mujer de las lecciones de tango. La de la mirada comprensiva en la terraza del club. La que había besado bajo la lluvia en la montaña, prometiéndole que saldrían de esto juntos.
—Mientes... —dijo Kang, su voz apenas un susurro que temblaba bajo el peso de una traición que se sentía como una puñalada directa al corazón.
—¿Ah, sí? Revisa tu teléfono, CEO —escupió Julián, incorporándose lentamente—. Revisa las cámaras periféricas. Ella está en su auto, justo ahora, en la calle lateral. Ella me trajo aquí. Te ha estado viendo la cara de idiota desde el primer día. Ella no te ama, Kang. Solo quería tus secretos para hacerme de oro.
La duda, esa pequeña fisura letal, se abrió paso en la mente de Kang. Recordó cómo Susana había evitado ir en su auto de lujo la noche anterior. Recordó su insistencia en usar la salida trasera. Recordó el misterio que siempre la rodeaba.
Aprovechando el instante de parálisis emocional del CEO, Julián metió la mano en el bolsillo de su chaqueta, sacó una pequeña navaja de muelle que siempre llevaba consigo y la abrió con un chasquido metálico.
Con un movimiento desesperado, Julián lanzó un tajo hacia el brazo de Kang. El filo de la navaja rasgó la manga de la camisa del CEO, dejando una línea roja de la que brotó sangre de inmediato. Kang retrocedió por instinto, su mano yendo a la herida.
Julián no esperó. Empujó la puerta de emergencia manual, que finalmente cedió, y se lanzó escaleras abajo en una carrera frenética hacia la libertad, con los documentos robados apretados contra su pecho.
En la oficina, Kang se quedó de pie en la penumbra. No miró su brazo sangrante. Sus ojos, ahora desprovistos de toda calidez y llenos de una frialdad asesina, se fijaron en el gran ventanal que daba a la calle lateral del edificio.
Abajo, bajo la lluvia inclemente, el pequeño auto de Susana permanecía estacionado con las luces de posición encendidas.
La mujer que él creía su salvación acababa de convertirse en su peor enemiga. Y el juego, ahora, se había vuelto personal.