En el reino de Aethelgard, Jasmín, una joven reina de ancestral estirpe de brujas, sufre el tormento del distanciamiento de su esposo, el frío y calculador rey Dante. Tras un mes de matrimonio intacto y un lecho compartido solo en apariencias, la desesperación la lleva a suministrarle un elixir de amor supremo para someter su corazón. Al ver la repentina y desenfrenada voracidad pasional de Dante, Jasmín celebra su triunfo creyendo haber tomado el control. Lo que ella ignora es que el brebaje no tuvo efecto alguno: Dante la amaba con una obsesión despiadada desde antes de coronarla, y la poción solo fue la excusa perfecta para desatar su verdadera e insaciable devoción.
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CAPÍTULO 11: El Reclamo de la Libertad
Jasmín suspiró, apretando el marco de madera de roble con fuerza.
Por una parte, un escalofrío abrasador le recorría el vientre cada vez que recordaba la mirada de Dante. La posesividad implacable de su esposo, esa manera feroz e insaciable en la que la arrastraba hacia el lecho cada noche como si temiera que el mundo entero se la arrebatara, la perturbaba tanto como la fascinaba. Cuando estaba entre sus brazos, devorada por sus besos y cercada por la masa muscular de sus hombros, no había lugar para la duda: la intensidad del rey la hacía sentir el centro absoluto del universo. Sus celos enfermizos, lejos de causarle repulsión, habían comenzado a despertar en ella una excitación oscura, un orgullo peligroso al saberse la única mujer capaz de doblegar y volver loco a la bestia de Aethelgard.
Sin embargo, su sangre de bruja y su espíritu indomable no estaban hechos para habitar en una jaula, por muy dorada que fuera. Necesitaba sentir el viento en el rostro, el galope de un caballo y la vastedad de los valles.
Escuchó el firme crujido de las botas de cuero sobre el parqué de roble. Dante ingresó en la recámara real. Se había despojado de la capa de armas y vestía una camisa de lino negro arremangada en los antebrazos, dejando ver la musculatura marcada y las viejas cicatrices de contienda. Su mirada se clavó en ella al instante, con esa fijeza casi hambrienta que jamás descendía desde aquella noche con el cáliz.
—Estás despierta muy temprano, mi reina —dijo él, acercándose a paso lento, con la gracia contenida y elegante de un gran felino. Al llegar a su lado, envolvió su cintura desde atrás y pegó el pecho a la espalda de ella, hundiendo el rostro en el hueco de su cuello para respirar su aroma a jazmín y canela.
—Dante... —comenzó ella, inclinando ligeramente la cabeza hacia atrás para ceder al beso caliente que él le dejó en la garganta, aunque mantuvo la voz firme y exigente—. Debemos hablar. Esto tiene que cambiar.
—¿Qué debe cambiar? —murmuró el rey contra su piel, mientras sus dedos se deslizaban con absoluta soltura por los bordes de la seda de su bata nocturna—. Te doy todo lo que existe en este reino, Jasmín. Cada joya de las minas del norte, cada banquete, cada fibra de mi atención. Te doy mi cuerpo y mi alma cada noche hasta que el sol amenaza con salir.
—Me das todo, excepto la libertad —replicó Jasmín, girándose con ímpetu entre sus brazos para mirarlo directamente a esos ojos oscuros e insondables—. Me siento asfixiada, Dante. Entiendo tu celo, entiendo el fuego que te consume y que mi brebaje encendió en tus venas... pero no soy una prisionera en una torre. No voy a pasar mis días encerrada entre cuatro muros de piedra custodiada por Jeison y una docena de soldados.
La mandíbula de Dante se tensó de inmediato. La calidez de sus ojos se transformó en un destello de peligro frío y calculador.
—El mundo fuera de estas murallas es traicionero, Jasmín —dijo él con voz baja y pausada—. Hay nobles con intenciones oscuras, espías de los reinos vecinos, peligros de los que ni tu magia puede protegerte a tiempo. Mi deber es guardarte.
—¡Mi deber es vivir! —exclamó ella con orgullo, apoyando las palmas de las manos en el pecho robusto de él—. Exijo salir del castillo. Quiero montar a caballo por las colinas del sur, quiero respirar el aire de los valles lejanos y caminar por los arroyos de Aethelgard. Si pretendes tenerme a tu lado, será como tu reina y tu consorte libre, no como tu trofeo escondido. Y si no me permites cruzar los portones... me aseguraré de que las noches entre nosotros se vuelvan heladas.
Dante la contempló en silencio durante varios segundos. Un observador externo habría pensado que el rey estaba sopesando una grave amenaza de estado; en realidad, por dentro, el pecho de Dante latía desbocado ante el fuego y el orgullo que destilaban las palabras de su esposa. Verla desafiarlo con esa mirada esmeralda encendida solo avivaba la llama de su devoción enfermiza.
Lentamente, Dante esbozó una sonrisa sombría, atrapando el mentón de ella entre el pulgar y el índice para obligarla a no apartar los ojos.
—Está bien, mi reina indomable —cedió Dante, ajustando el agarre sobre su cintura con una fuerza que le quitó el aliento por un segundo—. Saldremos. Cruzaremos los muros y recorreremos cada rincón de este reino si es lo que deseas. Pero bajo una condición absoluta e innegociable.
—¿Cuál? —preguntó ella, desafiante.
—Irás conmigo. Solo conmigo —sentenció el rey en un susurro abrasador—. Sin damas de honor, sin comitivas diplomáticas, sin hombres que se atrevan a rozar tu sombra. Si vas a buscar el aire libre, el único hombre que respirará a tu lado seré yo.
Jasmín sintió un vuelco eléctrico en el estómago. La posesividad brutal de Dante, en lugar de amedrentarla, envió una descarga de deseo líquido por sus venas. Sonrió con suficiencia, convencida de que su magia seguía haciendo el trabajo de doblegar al rey a sus caprichos, ignorando que le estaba entregando en bandeja de plata la oportunidad perfecta para aislarla a solas en la naturaleza.