En mi vida pasada, fui humillada, golpeada y obligada a soportarlo todo por el hombre que amaba: mi esposo, el Rey. Perdí a mis hijos por su culpa y, cuando dejó de necesitarme, me ejecutó para convertir a su concubina en Reina.
Pero regresé al pasado.
Ahora, él es solo mi prometido: el príncipe heredero. Y esta vez no seré la prometida ni la esposa obediente que todos esperan.
No seguiré las reglas de mi familia, de la sociedad… ni las suyas.
Si en mi primera vida fui la víctima, en esta seré la villana de sus pesadillas.
—¡Desaparezcan de mi vista, escorias!
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CAPÍTULO 23 — Un Paso Más Hacia Mi Libertad
En el centro de la arena solo permanecían dos figuras.
Isolde y Alfonso.
El bullicio del coliseo se había transformado en una expectación casi insoportable. Miles de ojos estaban clavados sobre ambos combatientes, esperando descubrir si aquella muchacha que había humillado al público con su demostración de poder realmente podía sostener sus palabras.
Alfonso sonrió con suficiencia.
—No te vayas a torcer el tobillo con las zapatillas, Isolde.
La provocación arrancó algunas risas entre los espectadores.
Isolde, en cambio, soltó una pequeña carcajada.
—Qué amable eres por preocuparte tanto por mí.
El mago anciano levantó una mano.
—¡Comiencen!
Al instante, Alfonso retrocedió varios metros.
Su expresión cambió.
El joven extendió ambas manos y un círculo mágico de tamaño mediano apareció frente a ellas. Los símbolos comenzaron a girar mientras una corriente de calor se extendía por la arena.
Alfonso recitó un breve conjuro en una lengua antigua.
—¡Ignis...!
¡BOOOOM!
Una enorme llamarada salió disparada hacia Isolde.
El fuego avanzó como una bestia hambrienta, devorando el aire a su paso.
Los espectadores comenzaron a gritar.
—¡Ahí viene!
—¡No podrá esquivarlo!
—¡Está demasiado cerca!
Isolde no se movió.
El fuego se aproximaba.
Diez metros.
Cinco.
Tres.
Uno.
Cuando las llamas estaban prácticamente sobre ella, Isolde levantó tranquilamente la mano izquierda.
Un círculo mágico apareció frente a su palma.
Pero no lanzó ningún hechizo.
No pronunció una sola palabra.
Una barrera esférica transparente surgió alrededor de su cuerpo.
¡FWOOSH!
El fuego chocó contra la barrera y la envolvió por completo.
Desde las gradas parecía que Isolde había desaparecido dentro de un gigantesco océano de llamas.
—¡LE DIO!
—¡La quemó!
—¡Eso debió acabar con ella!
Los gritos de emoción volvieron a inundar el coliseo.
Pero dentro de aquella esfera...
Isolde estaba perfectamente tranquila.
Miró las llamas que se deslizaban sobre la superficie de su barrera.
Después se llevó la mano derecha a la boca.
—Mmm...
Bostezó.
—Qué aburrido.
Alfonso no alcanzó a escucharla.
Nadie lo hizo.
Este enfrentamiento no se puede considerar ni el inicio del entrenamiento del maestro.
Isolde levantó entonces la su mano derecha hasta la altura de su hombro.
Juntó los dedos.
Formó una pequeña pistola con ellos.
—Pew.
Un diminuto círculo mágico apareció frente a sus dedos.
Tenía el tamaño de una moneda de un estelar.
Isolde movió ligeramente la mano.
Como si estuviera disparando.
—Pew, pew, pew.
¡FSSSH! ¡FSSSH! ¡FSSSH!
Pequeños proyectiles de aire fuertemente comprimido salieron disparados.
No atravesaron el cuerpo de Alfonso.
Simplemente impactaron contra él con una precisión extraordinaria.
Uno en el hombro.
Alfonso perdió el equilibrio.
Otro en el abdomen.
Dos más contra el pecho.
Uno en la pierna.
Y varios impactos consecutivos en diferentes puntos de su cuerpo.
El fuego que mantenía Alfonso activo se extinguió de golpe.
Su cuerpo cayó pesadamente sobre la arena.
Silencio.
Absoluto.
Las llamas desaparecieron.
La barrera de Isolde se disipó.
Ella permaneció de pie, completamente ilesa.
Bajó lentamente la mano.
Miles de personas contemplaban la escena sin comprender qué acababa de suceder.
—¿Qué hizo?
—¡No recitó ningún hechizo!
—¡Ni siquiera vi el círculo mágico!
—¿Cómo lanzó magia sin conjuración?
El anciano levantó la voz.
—¡La victoria es para Isolde Valtheris!
El coliseo estalló.
Los siguientes combates continuaron.
Nobles contra plebeyos.
Nobles contra Nobles.
Plebeyos contra Plebeyos.
Pero, cuando Isolde regresaba a la arena...
El resultado era prácticamente el mismo.
»¡La victoria es para Isolde Valtheris!«
Isolde no necesitaba esforzarse.
No utilizaba conjuros complejos.
No mostraba toda su fuerza.
Simplemente controlaba su magia con una precisión que dejaba a los demás completamente desconcertados.
Los espectadores comenzaron a cambiar de opinión.
Los mismos plebeyos que habían exigido que la expulsaran ahora gritaban su nombre.
—¡ISOLDE!
—¡APUESTO POR ISOLDE!
—¡YO TAMBIÉN!
Las apuestas comenzaron a multiplicarse.
Cada vez que se anunciaba su nombre, las monedas cambiaban de manos.
Isolde se había convertido en la favorita del público.
Y finalmente...
Llegó el último combate.
El anciano mago caminó hasta el centro de la arena.
—¡Hemos llegado al enfrentamiento final!
El público rugió.
—¡Por un lado, Isolde Valtheris!
Un estruendo de gritos respondió desde las gradas.
—¡Y por el otro, Arturo B., segundo hijo de un duque, dieciséis años de edad y poseedor de talento físico!
La puerta se abrió.
Arturo salió.
Cabello rubio, ojos rojos, tes bronceada.
Llevaba una armadura de combate y una espada en la mano.
Su mirada estaba fija sobre Isolde.
El anciano levantó la mano.
—¡Comiencen!
Arturo desenvainó completamente su espada.
¡CLANG!
Sus pies golpearon el suelo.
¡BOOM!
Una grieta apareció bajo ellos.
El joven salió disparado hacia delante.
Era extremadamente rápido.
Sin embargo, Isolde no utilizó magia.
Esta vez no.
Sus ojos se iluminaron con determinación.
Esta vez utilizaré mi talento físico.
Quiero luchar utilizando mi cuerpo.
Arturo rugió mientras levantaba la espada.
—¡Te voy a cortar esas malditas manos, mujer loca!
La espada descendió.
Isolde giró sobre su zapatilla.
La hoja pasó junto a su rostro.
¡FSSSH!
Un mechón de su cabello morado fue cortado y cayó lentamente.
Arturo abrió los ojos.
¿La esquivó?
Volvió a atacar.
Un tajo horizontal.
Isolde inclinó el torso.
La espada pasó por encima de su cabeza.
Otro.
Ella retrocedió.
Otro.
Giró.
Otro.
Saltó.
Cada golpe encontraba únicamente aire.
Arturo comenzó a respirar con dificultad.
—¡Qué...!
Isolde se desplazaba con una ligereza absurda.
Su vestido ondeaba con cada movimiento.
Sus delicadas zapatillas apenas hacían ruido sobre la piedra.
No había maná.
No había hechizos.
Solo movimiento.
Arturo apretó los dientes.
—¡Maldita! ¿¡Vas a pasar todo el combate esquivando!?
Isolde lo miró tranquilamente.
Arturo levantó la espada.
—¿Es que acaso ya no te queda maná para lanzar un hechizo?
Soltó una carcajada.
—¡Ja, ja, ja!
Entonces Isolde sonrió.
Pero aquella sonrisa era diferente.
Había despertado su espíritu de lucha.
Levantó lentamente la mano derecha.
—Bien. Iré con todo.
Sus ojos brillaron.
Movió los dedos hacia ella.
—Sir Arturo... demuéstrame qué tan fuerte eres.
Su sonrisa se ensanchó.
—No quiero humillarte en el primer segundo en que me pongo seria.
—¡¿Qué dijiste?!
Los abucheos comenzaron.
—¡Qué arrogante!
—¡Está mintiendo!
—¡Arturo la derrotará!
Otros espectadores, sin embargo, permanecieron en silencio.
Querían descubrir la respuesta.
"¿Quién era realmente más fuerte?"
Arturo volvió a lanzarse.
—¡AAAH!
La espada cortó el aire.
Isolde volvió a esquivarlo.
En el instante en que Arturo reajustó su postura...
Isolde desapareció de su campo de visión.
—¿Qué...?
Ella ya estaba dentro de su guardia.
Plantó firmemente sus zapatillas sobre la arena.
Giró la cadera.
Su puño salió disparado.
¡BOOOOOOM!
El golpe impactó directamente contra el pecho de la armadura.
El sonido fue semejante a un trueno.
El metal se hundió.
Arturo salió despedido varios metros.
¡BAAAM!
Rodó sobre la arena.
El público quedó boquiabierto.
Arturo escupió sangre y se levantó con dificultad.
—Tú...
Respiraba con dificultad.
La armadura estaba abollada.
—¡No... voy a perder contra ti!
Se lanzó nuevamente.
Esta vez no había elegancia.
Solo rabia.
Una sucesión de tajos cayó sobre Isolde.
Ella se movió entre ellos como si estuviera danzando.
Un paso.
Giro.
Esquiva.
Golpe.
Otro.
Otro.
Cada impacto de Isolde hacía crujir la armadura.
¡PAM!
¡CRACK!
¡BOOM!
La protección de Arturo comenzó a agrietarse.
El caballero apenas podía mantener el equilibrio.
Pero entonces...
Su mirada cambió.
Desesperado.
Humillado.
Miró de reojo al público.
Había demasiadas personas observándolo.
Demasiadas voces.
Demasiados ojos.
No puedo perder.
Fingió levantar la espada para ejecutar un ataque descendente.
Pero su otra mano se movió rápidamente hacia su cinturón.
Sacó un polvo de la bolsa.
Y lo arrojó.
¡FSSSH!
Una nube de polvo salió disparada directamente hacia el rostro de Isolde.
—¡¿Qué...?!
Isolde retrocedió.
El polvo entró en sus ojos.
Una quemazón intensa la atravesó.
—¡Ah...!
Se cubrió el rostro.
Su visión desapareció.
Todo se volvió oscuro.
¡¿Qué es esto?!
Intentó abrir los ojos.
Nada.
Solo dolor.
Los jueces deberían detenerlo... Iso trampa.
Pero no ocurrió nada.
Nadie intervino.
Isolde apretó los dientes.
¿Van a permitir esto?
Entonces comprendió.
Claro.
La corrupción de la arena estaba en su contra.
Arturo aprovechó aquel instante.
Con una sonrisa se deslizó silenciosamente por la arena.
Isolde respiró profundamente.
Con los ojos cerrados.
Si no podía ver con ellos...
Vería de otra manera.
Calma.
Su respiración se volvió lenta.
Su mente se silenció.
Entonces percibió algo.
El maná.
El maná puro flotaba por todo el coliseo.
El maná del mundo atravesaba el aire.
Y algo alteraba aquel flujo.
Una presencia.
Un cuerpo.
Arturo.
Isolde pudo sentir la distorsión que producía al desplazarse.
Para ella, el joven dejó de ser invisible.
Era una silueta formada por hilos de maná.
Ahí estás.
Arturo lanzó la estocada.
—¡Muere!
La espada se dirigió directamente hacia su cuello.
En el último instante...
Isolde ladeó la cabeza.
¡FSSSH!
La hoja pasó rozando su vestido.
Ni siquiera tocó su piel.
Los ojos de Arturo se abrieron.
—¡¿Qué...?!
Isolde dio un paso.
Uno solo.
Giró sobre sus talones.
Afianzó la zapatilla contra el suelo.
Todo el poder de su cuerpo se concentró en su brazo.
Su puño subió.
¡BOOOOOOM!
El impacto alcanzó directamente la barbilla del yelmo.
El metal se deformó.
¡CRAAAAACK!
La protección se rompió.
Arturo salió completamente despedido del suelo.
Su cuerpo se elevó por los aires.
Pasó por encima del límite de la arena.
Por encima del muro.
Atravesó la barrera que cubría la arena.
Y cayó al otro lado.
¡BOOOOOOOOM!
El suelo exterior se estremeció.
Una nube de polvo se levantó alrededor de él.
Arturo quedó inconsciente con la mandíbula dislocada.
El coliseo entero...
Guardó silencio.
Miles de personas contemplaban el lugar donde había desaparecido.
Nadie gritaba.
Nadie aplaudía.
Nadie se atrevía siquiera a respirar demasiado fuerte.
Isolde permaneció inmóvil en el centro de la arena.
Sus ojos seguían cerrados.
Su respiración era tranquila.
El vestido blanco y azulado ondeaba suavemente alrededor de sus piernas.
Y, después de unos segundos...
El anciano mago levantó lentamente la mano.
Su voz tembló ligeramente al anunciar:
—La... victoria...
Tragó saliva.
—¡Es de Isolde Valtheris!
El silencio se rompió.
EL COLISEO ENTERO EXPLOTÓ EN UN RUGIDO ENSORDECEDOR.
...ΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩ...
...CAPÍTULO LARGO PARA QUE LO DISFRUTEN. ( ꈍᴗꈍ)...
gracias 😍😍❤️❤️❤️