Isabella fue despiadada con sus cuatro esposos: los humillaba, los despreciaba y hería su orgullo una y otra vez, tratándolos como si no valieran nada. Ella misma rompió cada vínculo que los unía a ella… hasta que ellos, convertidos en villanos aún más crueles que ella, se aliaron para vengarse. La sometieron a torturas que su cuerpo y su alma no pudieron soportar.
Solo en su último suspiro, Isabella sintió un arrepentimiento profundo y sincero. Y al abrir los ojos, volvió a un año atrás: justo antes de que rompiera sus lazos, cuando aún todo podía cambiar. Ahora tiene una sola meta: recuperar el amor de los hombres que ella misma destruyó.
¿Podrá Isabella reparar tanto daño y volver a ganarse el corazón de los cuatro?
¿Serán capaces ellos de perdonar lo que ella les hizo sufrir?
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Capítulo 24. Temor y peligro parte 1.
Isabella sintió que algo le ocurría a Damián, pero ante su actitud hostil prefirió dejarlo solo. Entonces notó el frasco roto en el suelo y se acercó para leer la etiqueta.
—Damián usó un hibridor —susurró para sí misma—. Le prepararé un té relajante.
—Señora, no se preocupe por el malentendido con el señor Damián. Si lo desea, yo prepararé el té por usted —dijo Lir, recogiendo los trozos rotos del suelo.
—No te preocupes, Lir. Conozco a mi esposo; se puso así por la luna llena. Estará bien —Isabella bajó a la cocina y preparó la infusión más relajante que tenía. Pero antes de salir, se topó con Renato.
—Isa… ¿tienes problemas para dormir? —preguntó él con dulzura—. ¿Quieres que me transforme para que me uses como almohada?
Isabella estaba a punto de responder, pero sus palabras fueron interrumpidas por una voz fuerte y claramente molesta.
—No te permito llamarla Isa. Eres solo un guardia. Mantén la distancia —dijo Luca, que regresaba tarde y había escuchado todo. Se acercó a ella con frialdad y, sin decir nada, tomó el té y se lo bebió de un trago. Isabella intentó detenerlo, pero él fue más rápido.
—Gracias… me hacía falta algo suave —murmuró rodeándola con el brazo, un gesto que no le gustó nada a Renato. Luego, Luca suavizó el tono—: Isabella, ¿podemos hablar un momento?
Ella asintió con la cabeza. Renato se alejó de ellos, sintiéndose completamente fuera de lugar.
—Podemos hablar en la cocina. Tengo que preparar otro té; el que acabas de tomar era para Damián —respondió ella.
Luca asintió y la siguió hasta la cocina, donde Isabella empezó a calentar agua de nuevo, con movimientos tranquilos pero apresurados. Él se quedó de pie, observándola en silencio unos instantes, antes de hablar con voz suave pero firme:
—Isabella… hay algo más que quiero pedirte. Mañana por la noche hay una recepción oficial. ¿Te gustaría acompañarme? Solo nosotros dos. Me gustaría mucho que fueras tú quien estuviera a mi lado.
Ella se detuvo, sorprendida, y lo miró de reojo. Notó la sinceridad en su mirada, y una sonrisa pequeña se le dibujó en los labios.
—Me encantaría, Luca —respondió con dulzura—. Iré contigo. Solo nosotros dos.
Luca sonrió, aliviado y feliz. Mientras ella tomaba las hierbas para preparar el nuevo té, él se acercó un poco más, recargándose suavemente contra la mesa, y le dijo con voz baja y cálida:
—Sabes… hay algo mucho más efectivo que un té relajante.
Isabella lo miró con curiosidad, inclinando la cabeza.
—¿Ah sí? ¿Y qué es? —preguntó con una sonrisa divertida.
Sin decir una palabra más, Luca dio un paso hacia ella, tomó suavemente su rostro entre sus manos y la besó en los labios, despacio, con ternura y toda la calma que ella necesitaba. Al separarse apenas un instante, le susurró mirándola a los ojos:
—Esto. A mi parecer, es mucho más efectivo.
Luca hacía esto siempre que algo bueno le sucedía: aunque la Isabella de antes de reencarnar lo mordiera o lo obligara a arrodillarse durante horas, él se relamía los labios esperando que lo castigara como siempre. Pero para su sorpresa, Isabella lo jaló de la corbata y lo besó otra vez.
—Sí, tienes razón… es mucho mejor —le dijo suavemente, mientras él se sonrojaba levemente—. Tengo que llevarle este té a Damián, no se siente bien. Descansa, Luca.
Él se tocó los labios buscando alguna herida de mordedura, pero no encontró nada. "Antes, cada vez que lo hacía, ella me decía que sin su permiso no tenía derecho a besarla…"
—Debo estar alucinando por el cansancio —se dijo a sí mismo, sin dejar de sonreír.
Isabella subió las escaleras despacio, sosteniendo la taza con cuidado, como si el contenido fuera algo frágil. Se detuvo un instante frente a la puerta de Damián y respiró hondo antes de tocar suavemente. No hubo respuesta. Empujó la puerta con cuidado y entró.
La habitación estaba en penumbra, y en el centro, de espaldas a ella, estaba Damián. Al oírla entrar, se tensó de inmediato.
—No te acerques —dijo sin volverse, con voz cortante, tratando de ocultar lo débil que se sentía—. Por favor, aléjate.
Pero Isabella no se detuvo. Se acercó a él con pasos lentos y suaves, sin hacer ruido, como si temiera asustarlo.
—Te traje algo caliente —dijo ella con dulzura, poniéndose a su lado y ofreciéndole la taza—. Te hará bien.
Damián la miró de reojo, quiso apartarse, pero el aroma de la infusión y la calidez en su voz lo detuvieron. Entonces ella tomó su mano entre las suyas, y él sintió un escalofrío recorrerle el cuerpo al notar que sus dedos temblaban levemente.
—Damián… ¿qué tienes? —preguntó ella mirándolo con ternura y preocupación—. No eres tú.
Él retiró la mano con suavidad, sin poder sostenerle la mirada.
—Es solo estrés por el trabajo —respondió con voz apagada, forzando una calma que no sentía—. Estoy bien. Nada más. Por favor… vete. Necesito descansar.
Isabella asintió lentamente, sin insistir, respetando su voluntad. Antes de dar un paso hacia la puerta, se inclinó un poco más y depositó un beso suave, tierno y cálido sobre su frente, justo donde su piel se sentía más fría.
—Descansa, Damián —susurró ella—. Aquí estoy si me necesitas.
Salió de la habitación y cerró la puerta con cuidado, dejándolo solo. Damián se quedó inmóvil mucho tiempo, con la taza aún entre las manos, sintiendo todavía el calor de sus labios en su frente y el tacto de sus dedos. "¿Por qué es tan amable conmigo ahora?" pensó con el corazón apretado. "¿Acaso no sabe que cuanto más se acerca… más me duele saber que pronto podría dejarme?"