Isabela Leal nunca tuvo una vida fácil.
Huérfana de madre desde los seis años, creció bajo la sombra de un padre indiferente, una madrastra cruel y una media hermana que le robó hasta su diploma de enfermería —el único sueño que logró construir con sus propias manos.
Cuando una oferta de empleo como niñera la lleva a la mansión de Leonardo Albuquerque, uno de los empresarios más poderosos del país, Isabela solo busca una cosa: estabilidad. No cuenta con enamorarse.
Leonardo es frío, reservado y completamente volcado en su trabajo. Desde la muerte de su esposa, cerró su corazón a todo lo que no fuera su hija Isadora, una niña de tres años que extraña desesperadamente el cariño de una madre.
Lo que ninguno de los dos espera es que Isadora se encariñe con Isabela de manera inmediata y absoluta. Ni que esa conexión despierte algo que Leonardo juró no volver a sentir.
Pero el pasado de Isabela no piensa dejarla en paz. Un padre manipulador, una madrastra ambiciosa y enemigos corporativos conspiran desde las sombras para destruir todo lo que ella está empezando a construir. Y cuando un secreto sobre su madre —una verdad enterrada durante décadas— sale a la luz, la vida de Isabela cambiará para siempre.
Entre traiciones familiares, sabotaje empresarial y la amenaza constante de perder a las personas que ama, Isabela deberá encontrar la fuerza para enfrentar su pasado... y decidir si merece el futuro que el destino le está ofreciendo.
Porque esta no es solo una historia de amor.
Es una historia de nuevos comienzos.
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Capítulo 16
Leonardo respiró hondo y tocó el timbre. Del lado de adentro del departamento, unos pasos se acercaron a la puerta. Quien abrió fue Laís.
Al ver a Leonardo e Isadora, se sorprendió, pero enseguida sonrió.
—Sí vinieron.
Antes de que pudiera decir nada más, Isadora preguntó ansiosa:
—¿Dónde está Bel?
Laís señaló el pasillo.
—En su cuarto.
La niña no esperó más.
—¡BEEEEL!
Salió corriendo por el departamento. Leonardo intentó detenerla, pero ya era tarde.
Desde el cuarto, una voz débil respondió:
—¿Isadora?
Segundos después, la pequeña apareció en la puerta del cuarto y se lanzó a los brazos de Isabela.
—¡BEEEEL!
Isabela apenas tuvo tiempo de reaccionar. Sintió el cuerpecito de la niña envolver su cuello y de inmediato empezó a llorar.
—Mi amor...
Isadora también lloraba.
—Te fuiste...
—Lo sé, mi ángel.
—Te extrañé.
—Yo también te extrañé mucho.
La niña apretó el abrazo aún más fuerte.
—No te vuelvas a ir.
Las lágrimas corrían por el rostro de Isabela.
—Nunca quise dejarte.
—Entonces quédate conmigo.
Aquella simple frase le partió el corazón. Besó el cabello de la pequeña.
—Eres muy especial para mí.
—Tú eres mi Bel.
Isabela cerró los ojos. Ningún regalo, ningún dinero y ningún reconocimiento en el mundo significaban más para ella que escuchar eso.
Desde la puerta del cuarto, Leonardo observaba la escena en silencio. Por primera vez veía con claridad la magnitud del amor que existía entre ellas dos. No era solo cariño: era un vínculo verdadero, algo que ni la distancia había logrado borrar.
Después de unos minutos, Isadora finalmente notó que Isabela estaba decaída. Le tocó la cara a la niñera.
—¿Estás malita?
Isabela sonrió.
—Un poquito.
—Papi también se pone malito cuando trabaja mucho.
Leonardo arqueó una ceja.
—Escuché eso.
La niña soltó una risita. El ambiente se alivió. Entonces Isabela levantó la mirada y se encontró con los ojos de Leonardo. El corazón de los dos se disparó al mismo tiempo. Hacía semanas que no se veían, y a pesar del poco tiempo juntos, un sentimiento diferente se había formado.
—Hola —dijo él.
—Hola.
El silencio que siguió estaba cargado de emociones. Leonardo notó las ojeras de ella, el rostro más pálido, la expresión cansada. Aquello le molestó profundamente.
—No estás bien.
—He estado peor.
—Deberías estar descansando.
—Y tú deberías estar almorzando a tus horas.
Laís, que observaba todo desde la sala, tuvo que contener la risa. Ni separados dejaban de discutir.
Isadora, sin percibir la tensión entre los dos adultos, seguía aferrada a Isabela.
—Bel, traje mi dibujo.
—¿Lo trajiste?
—¡Sí!
La niña corrió hasta la mochila y volvió segundos después con una hoja toda coloreada. En el dibujo había tres personas tomadas de la mano. Señaló a cada una.
—Esta soy yo.
Después señaló a Isabela.
—Esta eres tú.
Por último señaló a Leonardo.
—Y este es papi.
La sonrisa de Isabela desapareció. Leonardo también se quedó inmóvil. Entonces la niña completó:
—Es mi familia.
El departamento se hundió en el silencio. Isabela sintió que los ojos se le volvían a llenar de lágrimas. Leonardo desvió la mirada unos segundos. A pesar de sentir algo diferente, pensaba que era solo por su hija. No lograba volver a creer en el amor.
Más tarde, Laís preparó café mientras Isadora e Isabela jugaban en la sala. El sonido de las risas de la niña parecía devolverle la vida al departamento. Leonardo observaba todo en silencio. Y se dio cuenta de algo importante: desde que habían llegado, Isabela estaba sonriendo. El brillo en sus ojos había vuelto. Solo porque Isadora estaba ahí. Aquello lo conmovió profundamente.
Cuando la niña fue a la cocina a buscar un vaso de jugo, Leonardo aprovechó para acercarse.
—Necesito pedirte disculpas.
Isabela lo miró.
—¿Por qué?
—Por muchas cosas.
Ella se quedó en silencio.
—Debí haber confiado más en ti.
—Leonardo...
—No. Déjame terminar.
Por primera vez, él parecía vulnerable.
—Dejé que otras personas influyeran en mis decisiones. Juzgué situaciones sin escuchar tu versión. Y cuando te fuiste... me di cuenta del vacío que dejaste.
Los ojos de Isabela se humedecieron.
—Nunca quise hacerte daño.
—Lo sé.
—Ni a Isadora.
—También lo sé.
Una vez más el silencio se instaló entre ellos, pero esta vez era diferente. Era un silencio cómodo. Lleno de sentimientos que ambos aún no aceptaban.
Cuando llegó la noche, Leonardo sabía que debía volver a casa.
Pero Isadora tenía otros planes.
—Yo quiero quedarme aquí.
—Princesa...
—Solo un ratito más.
Isabela sonrió.
—Tu papá tiene razón.
—¿Tú también te vas a ir?
—No. Yo vivo aquí.
La niña pensó unos segundos.
—Entonces mañana regreso.
Leonardo e Isabela intercambiaron una mirada. Isadora parecía haber decidido el futuro de los dos ella sola.
A la hora de la despedida, la niña abrazó a Isabela tan fuerte como en el reencuentro.
—Te amo, Bel.
Las lágrimas volvieron a los ojos de la joven.
—Yo también te amo, mi ángel.
Leonardo observó la escena en silencio, y en ese momento tuvo una certeza: había ido hasta ese departamento para llevar a su hija con Isabela. Y eso podría cambiarlo todo.