Él era solo un niño de 20 años; ella, una guerrera de 28 huyendo de una traición.
Cuando Elena despierta en una casa de seguridad, lo último que espera es encontrarse con un joven de mirada color miel y una confianza que la descoloca. Tras una noche de pasión que ella jura olvidar, Elena lo desprecia: "Niño, busca a tu padre, no tengo tiempo para juegos".
Él solo le responde con una promesa que le quema el alma: "Este niño acaba de darte el mejor recuerdo de tu vida... y voy a volver por ti".
Diez años después, el niño se ha convertido en un hombre implacable. Elena ha sobrevivido a todo, pero no está lista para el regreso de aquel extraño. Él no ha olvidado su aroma, su fuerza, ni a su "gordita". Esta vez, no aceptará un "no" por respuesta.
Una historia de reencuentro, poder y una obsesión que el tiempo no pudo borrar.
NovelToon tiene autorización de Yamila22 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capitulo 24
El sol del Caribe se filtraba por el ojo de buey del camarote principal, creando patrones de luz que bailaban sobre las sábanas de seda negra, ahora completamente deshechas. Elena abrió los ojos lentamente, sintiendo un peso delicioso en sus párpados y un hormigueo persistente en cada músculo de su cuerpo. Intentó estirarse, pero un gemido involuntario escapó de sus labios; sus muñecas aún conservaban el eco de la presión del cuero, y la parte interna de sus muslos protestaba con una rigidez que le recordaba la ferocidad con la que Alexander la había reclamado.
Estaba sola en la inmensa cama, pero el aroma de él —una mezcla embriagadora de sándalo, whisky caro y poder— lo llenaba todo. Al girarse, notó que sobre la almohada de Alexander no había una nota de "buenos días" convencional. Había una caja de terciopelo azul noche y, sobre ella, una tarjeta escrita con una caligrafía firme y autoritaria que enviaba escalofríos directamente a su vientre.
"Te dije que no te dejaría salir de esta habitación hasta que entendieras quién es tu dueño. He bajado por café, pero no pienses que has recuperado tu libertad. Esta noche, la cadena de oro tendrá compañía. Úsala hoy, que todos vean que tienes dueño. —A."
Elena abrió la caja. Dentro, un brazalete de diamantes negros y oro, diseñado para encajar perfectamente en su muñeca derecha, brillaba con una luz peligrosa. Era pesado, frío y definitivamente posesivo. Con manos temblorosas, se lo colocó, escuchando el clic del cierre que sonaba como una sentencia.
Se puso una bata de seda color crema, pero en un arrebato de rebeldía y orgullo, decidió dejar la cadena de oro que Alexander le había puesto en el casino por fuera de la tela, rodeando su cintura. Se miró al espejo: tenía los labios ligeramente hinchados, el cabello en un desorden salvaje y una mirada que ya no era la de la jefa fría de Cuevas de Acero, sino la de una mujer que había sido amada hasta las cenizas.
Al salir a la cubierta, el aire fresco del mar le golpeó la cara. Caminaba con esa lentitud característica de quien ha sido "desmontada" y vuelta a armar, tratando de mantener la compostura. En el área del bar del yate, Hugo ya estaba instalado, luciendo una bata de seda con plumas en las mangas y un cóctel de frutas que tenía más alcohol que vitaminas.
En cuanto Elena puso un pie en el área, Hugo dejó caer su cuchara de plata y se bajó las gafas de sol hasta la punta de la nariz.
—¡Santa Madre de la Resurrección! ¡Llamen a la policía científica y a un equipo de arqueólogos! —gritó Hugo, haciendo un gesto dramático con las manos—. ¡Nena! ¡Pero si pareces un mapa del tesoro! ¡Mira esas marcas!
Elena intentó sentarse en uno de los taburetes altos, pero tuvo que hacerlo con una delicadeza extrema que no pasó desapercibida para el ojo clínico de su amigo.
—Hugo, por favor, no empieces... —susurró ella, pidiendo un café con la mirada.
—¿Que no empiece? ¡Cariño, tienes marcas de manos en la cintura que parecen tatuajes de presión! —Hugo se acercó, señalando la cadena de oro que brillaba sobre la bata—. Esa cadena no es un accesorio, es una correa de lujo, nena. ¡Llamen al CSI, porque aquí ha habido un asalto a mano armada! Alexander no te hizo el amor, te hizo una auditoría interna sin anestesia y parece que encontró varias irregularidades que tuvo que corregir personalmente. ¡Mírate los labios! Pareces una víctima de un ataque de abejas… ¡pero de abejas que saben usar la lengua!
—Fue una noche... intensa —logró decir Elena, sintiendo cómo el calor le subía a las mejillas.
—¿Intensa? ¡Escuché ruidos que me hicieron pensar que el yate se estaba partiendo en dos! —Hugo se inclinó hacia ella, bajando el tono pero con la misma intensidad—. Marcus tuvo que dar tres rondas extra porque pensaba que alguien te estaba secuestrando, pero yo le dije: "No, Marcus, cielo, a Elena no la están secuestrando, la están redecorando por dentro". Nena, caminas como si hubieras bajado del Everest a gatas y sin oxígeno. Ese Alexander es un animal, ¡un vikingo con modales de pirata!
En ese momento, Alexander apareció subiendo por la escalera de popa. Estaba impecable, con un pantalón corto de lino y una camisa blanca desabotonada que dejaba ver el pecho que Elena había arañado con desesperación apenas unas horas antes. Traía una bandeja con café y frutas, y sus ojos se clavaron en Elena con una posesión tan cruda que Hugo tuvo que abanicarse con una servilleta.
—Veo que ya te has puesto mi regalo —dijo Alexander, ignorando a Hugo y acariciando el brazalete negro en la muñeca de Elena.
—¡Ay, por Dios! ¡Otro grillete de diamantes! —interrumpió Hugo, fingiendo un desmayo—. ¡Alexander, nena, detente! A este paso la vas a dejar tan pesada de joyas que se va a hundir en el mar. ¿Qué sigue? ¿Un collar con GPS? ¡Un respeto para los que estamos solteros y solo recibimos notificaciones del banco!
Alexander soltó una risotada ronca y le dio una palmadita en el hombro a Hugo que casi lo tira del taburete.
—Si quieres uno igual, Hugo, tendrás que portarte tan bien como Elena se portó anoche —respondió Alexander, guiñándole un ojo.
—¡Ni aunque me pagues! ¡Yo valoro mi capacidad de caminar en línea recta! —Hugo se levantó, ajustándose las plumas de su bata—. Nena, yo me retiro a la piscina con Marcus. Necesito ver algo menos... pecaminoso. Alexander, intenta no romperla más de lo que ya está, que todavía tenemos que volver a la civilización y no quiero tener que llevarla en una carretilla. ¡Marcus! ¡Trae el bloqueador, que me va a dar un golpe de calor de solo estar cerca de estos dos!
Hugo se fue moviendo las caderas, dejando a la pareja en un silencio cargado. Alexander se acercó a Elena, atrapándola entre su cuerpo y la barra del bar. Le tomó la barbilla, obligándola a mirarlo.
—Hugo tiene razón en algo —susurró Alexander, su voz vibrando en el pecho de Elena—. Tienes marcas por todas partes. Y me encanta que todos sepan que fui yo quien las puso.
—Eres un posesivo, Alexander Novak —dijo ella, aunque sus manos ya buscaban el calor de su pecho.
—Soy tu dueño, Elena. Y la auditoría de la que hablaba tu amigo... —él bajó la voz hasta que fue solo un susurro peligroso— ...todavía no ha terminado. Tenemos todo el camino de regreso para revisar los detalles.
Elena sonrió, sabiendo que no quería estar en ningún otro lugar del mundo. El dolor en sus músculos era el trofeo de una batalla que estaba encantada de perder, una y otra vez, mientras el yate seguía cortando las olas hacia un destino donde el fuego no tenía fin.