Elena San Román es la esposa abnegada de Julián Ferrara, el heredero de un imperio hotelero. Ella lo dio todo: dejó su carrera como arquitecta para apoyarlo y cuidó de su madre enferma. Sin embargo, el día de su tercer aniversario, Elena descubre que Julián nunca la amó. Él solo se casó con ella para cumplir una cláusula del testamento de su abuelo y así obtener la presidencia.
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La desesperación de Julián
Punto de vista de Julián
El dolor en mi sien era un latido constante, una punzada eléctrica que me recordaba, con cada segundo, la humillación sufrida. Me miré en el espejo del baño del despacho, limpiando con un paño empapado en alcohol la costra de sangre que se aferraba a mi piel. Sofía, esa mujer que yo mismo había moldeado de la nada, me había golpeado. Me había robado. Y lo peor de todo: se había escapado.
—¡Maldita sea! —rugí, estrellando el vaso de cristal contra el espejo. Los fragmentos saltaron por todas partes, reflejando mil versiones distorsionadas de mi rostro desencajado.
La mansión estaba en un silencio sepulcral, una tumba de mármol y ecos. Rosa se había ido. Sofía se había ido. Los empleados evitaban cruzar la mirada conmigo, moviéndose como sombras asustadas por los pasillos. Sentía que las paredes, esas mismas paredes que protegían mi imperio, ahora me vigilaban con desprecio.
Caminé hacia el escritorio y vi el sobre de manila desgarrado en el suelo. Los documentos originales estaban allí, pero eran papeles inútiles si ella ya tenía las fotos. En la era digital, el papel es solo un cadáver; la información es la que mata.
—Ella no se fue sola —mascullé, apretando los puños hasta que los nudillos se pusieron blancos—. Fue a buscarla. Fue a buscar a Alix Thorne.
Un pensamiento me golpeó con la fuerza de un rayo: Alix no solo quería mis tierras. No solo quería la constructora. Ella estaba recolectando a mis mujeres, mis secretos, mis pecados. Estaba desmantelando mi vida pieza por pieza, como quien disecciona un insecto vivo.
Tomé el teléfono y llamé a mi contacto de seguridad privada, el hombre que ya estaba rastreando a Rosa.
—¿Dónde están? —pregunté sin saludar.
—Señor Ferrara, el rastro del auto de su esposa se perdió cerca de las Delicias. Pero hemos interceptado una señal. El vehículo de seguridad que la recogió pertenece a una empresa fantasma vinculada a la corporación Valenzuela. Están en una quinta al norte, cerca de la zona residencial protegida.
—Dame la ubicación exacta —ordené, sintiendo una adrenalina helada recorrer mis venas—. Y prepara a tres hombres. No quiero sutilezas. Quiero que Alix Thorne entienda que nadie me roba lo que es mío y vive para contarlo.
—Señor, entrar en una propiedad de los Valenzuela es una declaración de guerra abierta. Tienen escoltas armados y...
—¡Me importa un bledo! —grité, golpeando la mesa—. Ella tiene a mi esposa, tiene mis documentos y tiene a mi ama de llaves. Si no la detengo hoy, mañana estaré en una celda. ¡Muévete!
Colgué y fui hacia la caja fuerte oculta tras el cuadro de la biblioteca. Saqué el arma que guardaba para "emergencias extremas". El peso del metal en mi mano me devolvió una falsa sensación de control. Si Alix quería jugar a ser la justicia, yo le enseñaría que la justicia no sirve de nada cuando tienes una bala en la garganta.
Salí de la mansión por la puerta de servicio para evitar a los curiosos. El cielo sobre la ciudad estaba negro, cargado de una electricidad que erizaba la piel. Subí a mi camioneta blindada y arranqué con una furia suicida.
Mientras conducía hacia el norte, mi mente se llenó de imágenes de Elena. Recordé su rostro lleno de terror antes de que saliera de la mansion Ferrara. Recordé cómo suplicaba por quedarse en una habitación de invitados, para proteger a su hijo. Y luego, la imagen se fundió con el rostro de Alix Thorne. Esa elegancia fría, esa mirada de superioridad... Algo no encajaba, yo no conocia a Alix Thorne. Esa mujer era un fantasma que habia salido de la nada, ¿quién era realmente, ella?
Llegué a las cercanías de la propiedad de los Valenzuela. Era una fortaleza de muros altos. Mis hombres ya estaban allí, apostados en una camioneta negra sin placas.
—Señor, el perímetro está vigilado —dijo el jefe del equipo, acercándose a mi ventanilla—. Pero hay un punto ciego en la parte trasera, cerca del generador eléctrico. Podemos entrar, pero será ruidoso.
—No me importa el ruido —respondí, bajando del vehículo con la pistola en el cinturón—. Solo quiero a Alix Thorne. Quiero que me mire a los ojos antes de que esto termine.
Caminamos entre los matorrales, aprovechando la penumbra y el rugido de los truenos que camuflaban nuestros pasos. Cortamos la cerca trasera y nos deslizamos hacia el jardín. La casa estaba iluminada, pero tranquila. Vi una silueta a través de los ventanales de la planta alta. Una mujer de cabello oscuro, de pie, mirando hacia la lluvia.
—Es ella —susurré, y el odio me nubló la vista. Había visto la silueta de Elena.
Me salté todo protocolo de seguridad. Corrí hacia la puerta acristalada de la terraza y la golpeé con la culata del arma, reventando el vidrio en mil pedazos. La alarma empezó a chillar de inmediato, un sonido estridente que desgarraba la noche, pero yo solo escuchaba los latidos de mi propio corazón.
Entré al salón, con los zapatos crujiendo sobre los restos de cristal. Dos guardias de seguridad de la casa aparecieron al final del pasillo, pero mis hombres fueron más rápidos, reduciéndolos con disparos precisos a las piernas.
Subí las escaleras de dos en dos, impulsado por una locura que ya no podía contener. Empujé la puerta de la habitación donde había visto la silueta.
Allí estaba ella.
Alix Thorne se giró lentamente. No gritó. No corrió. Ni siquiera pareció sorprendida. Tenía una copa de vino en una mano y un teléfono en la otra. A su lado, en las sombras, Adrián Valenzuela emergió con una calma que me dio náuseas.
Yo estaba confundido, pues estaba seguro haber visto al fantasma de mi es-esposa. Pero quien me recibio fue la misma mujer que queria destruirme.
—Llegas tarde, Julián —dijo ella, y su voz era tan fría que hizo que el aire de la habitación se congelara—. Estábamos esperándote para cenar, pero parece que olvidaste los modales en el camino.
—¡Cállate! —le apunté directamente al pecho con el arma—. ¡Dime quién eres! ¡Dime qué le hiciste a Sofía y dónde están los documentos!
Alix dio un paso hacia adelante, ignorando el arma que le apuntaba al corazón.
—Lo que le hice a Sofía fue darle una opción. Algo que tú nunca le diste a Elena. Y en cuanto a los documentos... —ella sonrió, una sonrisa que me recordó el fondo helado del lago—. Ya están en manos de tres bufetes de abogados diferentes y una copia digital ha sido enviada al Ministerio Público. El juego se acabó, Julián. Estás muerto, solo que aún no te han enterrado.
—Si muero yo, tú vienes conmigo —rugí, apretando el gatillo.
Pero antes de que pudiera disparar, una luz cegadora inundó la habitación desde el exterior y el sonido de helicópteros policiales empezó a sacudir las paredes.