Ella y su ansiedad renacen en un nuevo mundo..
*Está novela pertenece a un mundo mágico*
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Investigación
Después de varios días de investigación, análisis, cálculos, proyecciones y una cantidad preocupante de listas...
Elia finalmente tomó una decisión.
Iba a invertir en las tierras Russ.
Cuando llegó a aquella conclusión sintió una satisfacción enorme.
Porque, por primera vez desde que había despertado en Sunderland, estaba utilizando algo que pertenecía exclusivamente a ella.
No a Elia Russ.
No a los recuerdos del reino.
No a la información de los libros.
Sino a los conocimientos que había traído de su primera vida.
La agricultura.
La optimización de cultivos.
La rotación de siembras.
Los sistemas de conservación.
La selección de semillas.
No era una experta.
Pero sí sabía mucho más que la mayoría de las personas de aquel mundo.
Especialmente porque Sunderland tenía un problema evidente.
El frío.
El reino poseía tierras fértiles.
Pero los inviernos eran largos.
Las heladas frecuentes.
Y muchas verduras simplemente no crecían con facilidad.
Por eso los precios fluctuaban constantemente.
Algunas cosechas eran abundantes.
Otras terminaban siendo un desastre.
Y cuanto más investigaba... más oportunidades veía.
[Esto puede funcionar.]
Pensó observando sus notas.
[Si funciona...]
[Los ingresos serán estables.]
[Podremos reinvertir.]
[Podremos contratar mejores administradores.]
[Y podremos pagar un mago sanador sin preocuparnos por el dinero.]
Aquello seguía siendo uno de sus principales objetivos.
La enfermedad del conde.
Porque incluso cuando hablaba de negocios, inversiones o agricultura...
una parte de ella siempre terminaba pensando en eso.
¿Cuánto tiempo le quedaba?
¿Estaba empeorando?
¿Podía hacerse algo?
Por eso necesitaba que aquel proyecto tuviera éxito.
No por ambición.
No por prestigio.
Sino porque quería darles tranquilidad.
Cuando terminó de preparar todos los documentos, llegó el momento de la siguiente reunión.
Y aquella vez no era un conde.
Era un duque.
El duque Albert O'Neill.
Solo pensar en ello hacía que su estómago se retorciera.
—Es un duque.
Murmuró.
—Solo es una persona.
Se respondió.
—Una persona que gobierna más territorios que toda nuestra casa.
—Pero sigue siendo una persona.
—Una persona extremadamente importante.
—Pero una persona.
—Una persona importante.
—Persona.
—Importante.
—Persona.
—Importante.
Terminó discutiendo consigo misma durante varios minutos.
No ayudó.
Absolutamente nada.
La mañana de la reunión se despertó antes del amanecer.
Lo cual habría sido preocupante...
si no fuera porque ya era algo habitual.
Se vistió.
Revisó los documentos.
Luego volvió a revisarlos.
Después volvió a hacerlo.
Y una cuarta vez.
Por seguridad.
Mientras tanto, en otra parte de la mansión, los condes Russ observaban la situación.
—Está nerviosa.
Dijo la condesa.
—Mucho.
Respondió el conde.
—¿Deberíamos decir algo?
—Creo que ya revisó esos documentos unas veinte veces.
—Veintisiete.
Corrigió él.
La condesa lo miró.
—¿Las contaste?
—Sí.
—Estaba preocupado.
Aquello hizo que ambos suspiraran.
Porque aunque Elia había cambiado muchísimo... seguía siendo fácil leer algunas de sus emociones.
Especialmente cuando estaba nerviosa.
Durante el desayuno apenas probó la comida.
Estaba demasiado ocupada repasando mentalmente posibles preguntas.
Posibles respuestas.
Posibles escenarios.
Posibles problemas.
Posibles errores.
Posibles catástrofes.
[¿Y si piensa que mi idea es ridícula?]
[¿Y si me equivoco en una cifra?]
[¿Y si hago el ridículo?]
[¿Y si...]
—Elia.
La voz de la condesa la sacó de sus pensamientos.
—¿Sí?
—Respira.
La joven parpadeó.
—Estoy respirando.
—Muy rápido.
Respondió el conde.
Elia se quedó inmóvil.
Luego comprobó que efectivamente estaba respirando demasiado rápido.
[...maldita ansiedad.]
La condesa tomó una de sus manos.
—Lo harás bien.
—No lo sabemos.
Respondió inmediatamente Elia.
—Podría salir mal.
—Podría.
—Muchas cosas podrían salir mal.
—También podrían salir bien.
La joven abrió la boca.
Luego volvió a cerrarla.
Porque aquello era exactamente el tipo de respuesta que su terapeuta habría dado.
Y era terriblemente efectiva.
La condesa sonrió.
—Confía un poco más en ti.
Elia bajó la mirada.
Todavía le costaba hacerlo.
Mucho.
Pero al menos lo intentaría.
Poco después el carruaje estuvo listo.
Los documentos estaban preparados.
Y la reunión ya no podía posponerse.
Cuando salió de la mansión, sintió mariposas en el estómago.
No.
Mariposas no.
Dragones.
Definitivamente dragones.
Subió al carruaje.
Apretó la carpeta contra su pecho.
Y observó cómo el paisaje comenzaba a moverse.
La mansión Russ quedó atrás.
Los caminos se extendieron frente a ella.
Y cuanto más se acercaba a la residencia O'Neill...
más consciente era de la diferencia de estatus.
Los Russ eran condes.
Respetados.
Antiguos.
Pero seguían siendo condes.
Los O'Neill eran una de las casas ducales más influyentes de Sunderland.
Poder.
Dinero.
Territorios.
Influencia política.
Todo estaba en otro nivel.
Y ella estaba a punto de presentar una propuesta agrícola ante el mismísimo duque Albert O'Neill.
—Voy a morir otra vez.
Murmuró.
—Señorita.
Preguntó el cochero desde afuera.
—¿Dijo algo?
—No.
—Muy bien.
Elia apoyó la cabeza contra la ventana.
Cerró los ojos.
Y respiró profundamente.
Una vez.
Luego otra.
Y otra más.
Porque estaba nerviosa.
Muchísimo.
Pero esta vez era diferente.
La primera reunión había sido para salvar una parte del patrimonio Russ.
Esta segunda reunión era para construir algo.
Algo propio.
Algo que podía cambiar el futuro de su familia.
Y mientras el carruaje avanzaba hacia la enorme mansión de los O'Neill, una pequeña sonrisa apareció en sus labios.
Porque, pese al miedo... pese a la ansiedad... pese a los dragones imaginarios que vivían en su estómago... estaba emocionada.
Por primera vez en ambas vidas.
Realmente emocionada por el futuro.