Estar en la zona de amigos es vivir en el infierno disfrazado de confianza.
Layla ama en silencio a Alexander, su mejor amigo, pero para él ella es solo una hermana: nunca la verá con otros ojos. Mientras tanto, Ryan, el chico que parecía no tener corazón ni sentimientos, se cruza en su camino y pone su mundo patas arriba.
De repente nada es sencillo. Alexander empieza a cuestionarse si en realidad ha estado mirando a la persona equivocada todo este tiempo. Y Ryan está dispuesto a todo para demostrarle que, a veces, lo que buscas no está donde crees… sino justo frente a ti.
¿Seguirá esperando a quien nunca la verá, o se atreverá a tomar el riesgo de amar a quien sí la mira como nadie más?
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Prólogo
Amar a alguien en silencio duele.
Duele más de lo que la gente cree.
Duele sonreír cuando lo único que quieres es llorar.
Duele escuchar su nombre y sentir cómo tu corazón late más rápido, sabiendo que para esa persona nunca significarás lo mismo.
Duele conformarte con una amistad cuando en realidad darías todo por algo más.
Pero lo peor no era amar sin ser correspondida. Lo peor era quedarse. Quedarse cuando sabía que, poco a poco, él le estaba rompiendo el corazón sin siquiera darse cuenta.
Layla lo sabía mejor que nadie. Sabía lo que era enamorarse de la persona equivocada y ver cómo sus sentimientos crecían cada día mientras los de él pertenecían a alguien más.
Escuchar sus historias sobre ella, animarlo cuando las cosas no salían como esperaba y aconsejarlo a pesar de que cada palabra le rompía un poco más el corazón.
Después regresaba a casa y se encerraba en su habitación, donde ya no tenía que fingir. Allí podía llorar por alguien que jamás sería suyo.
Porque Alexander era mucho más que su mejor amigo.
Era su persona favorita, su lugar seguro, la primera persona a la que quería contarle todo. Y quizás por eso también era la razón de muchas de sus lágrimas.
Durante años guardó sus sentimientos en silencio. Los escondió detrás de sonrisas, de bromas y de cada “estoy bien” que nunca fue verdad. Porque admitir lo que sentía significaba arriesgarse a perderlo.
Hasta aquella noche.
La noche que se suponía debía ser perfecta.
La noche que Madison, la mejor amiga de ambos, llevaba meses esperando.
Era su cumpleaños. Su celebración favorita del año. Todo era exactamente como ella quería: la música, las luces, las risas y las personas que más quería reunidas en un mismo lugar.
Y entre todas ellas estaba él, sosteniendo una esperanza que había guardado durante demasiado tiempo. Después de años enamorado de ella, había decidido que esa noche por fin le diría lo que sentía.
Lo que no sabía era que Madison también tenía algo que confesar.
Algo que terminaría rompiéndole el corazón.
—¡Tengo novio! —anunció emocionada.
Por un segundo todo se quedó en silencio.
Layla vio cómo la sonrisa de su amigo se congelaba antes de que él intentara recuperarla. Fue apenas un instante, tan breve que nadie más pareció darse cuenta.
Nadie excepto ella.
—Me alegro por ti —dijo.
Pero ella lo conocía demasiado bien para creerle.
Aquella no era la sonrisa de alguien feliz.
Era la sonrisa de alguien que acababa de ver cómo todos sus sueños se derrumbaban frente a él.
Minutos después, Alexander desapareció de la fiesta.
Y Layla salió tras él.
Lo encontró sentado lejos de la música y las luces. Mientras dentro todos celebraban, él parecía pertenecer a otro mundo. Tenía la mirada perdida y el corazón roto. Por primera vez no parecía el chico fuerte que siempre encontraba una solución para todo. Parecía alguien que acababa de perder algo que nunca llegó a tener.
—¿Lo sabías? —preguntó él con la voz rota.
—No —susurró Layla—. Te juro que no lo sabía.
Alexander soltó una pequeña risa amarga y negó con la cabeza.
—Qué estúpido fui.
—No digas eso.
—¿Cómo no voy a decirlo? —murmuró, limpiándose las lágrimas con frustración—. Llevo años enamorado de ella. Años esperando el momento perfecto para decirle lo que sentía… y resulta que mientras yo seguía soñando con ella, ya estaba construyendo una historia con alguien más.
Layla sintió un nudo en la garganta.
—Alexander…
—Lo peor es que ni siquiera puedo culparla. —Su voz se quebró—. Ella nunca me prometió nada. Nunca me hizo creer que tenía una oportunidad. Fui yo el que se aferró a una ilusión.
Por primera vez, lo vio llorar de verdad.
Y aquello le rompió el alma.
Porque entendía exactamente cómo se sentía.
—Ojalá no te doliera así.
Él bajó la mirada.
—Duele porque de verdad la quería.
Aquellas palabras atravesaron el corazón de ella.
—Lo sé.
—No creo que lo sepas —confesó él con una sonrisa triste—. Se siente como si hubieras esperado algo durante tanto tiempo que terminas creyendo que va a pasar. Y cuando descubres que no… es como perder algo que ni siquiera llegó a ser tuyo.
Aquella chica no tuvo que apartar la mirada.
Porque sí lo sabía.
Lo sabía mejor que nadie.
Aun así, se acercó y lo abrazó.
—Gracias... en serio, Layla.
Él bajó la mirada unos segundos antes de continuar.
—No creo habértelo dicho lo suficiente, pero gracias por quedarte. Gracias por escucharme incluso cuando hablo demasiado. Gracias por estar en mis mejores días y, sobre todo, en los peores. Porque hoy siento que todo se vino abajo... y aun así tú sigues aquí.
Ella sintió que el corazón le dolía.
—Alex…
—De verdad. No sé qué habría hecho sin ti esta noche.
Entonces sonrió con tristeza.
—Eres la mejor amiga que alguien podría pedir.
...*“Él lloraba por la chica que amaba. Ella sonreía mientras aprendía a llorar por él.” **💔*...
^^^Continuará…^^^