La Cocina de César es una apasionante novela Omegaverse donde un arrogante chef alfa acostumbrado a controlar todo se enfrenta por primera vez a un talentoso omega que, marcado por un pasado de abusos y sacrificios, se niega a caer bajo su encanto mientras trabajan juntos frente a millones de espectadores. ¿Podrá alguien como César un alfa nacido en cuna de oro conquistar a alguien como Hamlet quien no piensa unir su vida a ningún alfa?
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Lo que no lo deja dormir
César no volvió directo al penthouse con la cabeza tranquila luego del trabajo, la compra y dejar a Hamlet en su apartamento.
Volvió jodido.
Esa era la palabra exacta.
Jodido.
Con el sabor del espresso todavía en la boca, con el eco de la risa baja de Hamlet repitiéndosele en la cabeza y con la imagen del omega sentado frente a él, lamiendo distraídamente una cucharada de helado de vainilla, instalada en su memoria como si hubiera sido un castigo divino.
Cuando el ascensor privado se abrió en el último piso, entró en su penthouse sin encender todas las luces.
Dejó las llaves sobre la consola de mármol.
Se aflojó el cuello de la camisa. Soltó el mandil con su nombre bordado. Se quitó los zapatos.
Se sirvió whisky.
Y caminó descalzo hasta el ventanal de la sala, con la ciudad extendiéndose debajo de él como un puñado de luces lejanas.
Normalmente, después de un día largo, César sabía exactamente qué hacer para relajarse.
Una copa.
Música baja.
Alguna llamada.
Tal vez compañía.
Siempre había alguien dispuesto a ir a verlo.
Siempre había alguien deseando estar en su cama, en su sofá o en su cocina.
Pero esa noche no quiso llamar a nadie.
Porque lo único que quería no podía pedirlo.
Y eso le molestaba más de lo que estaba dispuesto a admitir.
Se llevó el vaso a los labios.
Cerró los ojos.
Y, como si fuera un idiota, volvió a verlo.
Hamlet de pie en el supermercado, empujando el carrito con esa expresión de “estoy tolerando a un loco” mientras discutían por aceite de oliva. Imagino su silueta delgada sobre él. Lo imagino sin nada de ropa. Bañado en crema batida, dándole una cereza y tomando champagne de la misma botella. Lo imaginó domándolo. Y eso lo jodió aún más.
Imaginó a Hamlet sentado en su regazo danzando sobre su cuerpo, con el cappuccino en una mano y el helado en la otra.
Hamlet riéndose mientras comía de su carne a su antojo.
Hamlet mirándolo. Gimiendo de placer en cada embestida.
Hamlet sonriendo solo para él mientras lo recibe completo.
—Merda... Merda—murmuró, apoyando la frente contra el cristal.
No era normal.
No podía ser normal.
Conocía a ese omega desde hacía varios días.
Días.
Y ya le estaba ocupando demasiado espacio en la cabeza.
Dejó el whisky a medio terminar.
Se duchó.
Intentó leer unos correos.
Respondió un mensaje de Saulo con un “mañana hablamos” que en realidad significaba “déjame en paz”.
Se metió en la cama pasada la medianoche.
Y durmió mal.
O peor.
Porque no fue exactamente dormir.
Fue caer en un sueño pesado y demasiado vívido donde Hamlet estaba en su cocina a encueros. Solo con su delantal y un cucharón con Nutella.
No en el set.
En su casa.
Con unas joyas en su cuello y un anillo de diamantes, el cabello rubio cayéndole sobre la frente y esa forma tranquila de moverse como si perteneciera a cualquier lugar en el que estuviera.
En el sueño, César se acercaba por detrás.
Podía sentir el calor de su cuerpo. Su desnudez.
La suavidad de su voz cuando le preguntaba algo que luego, al despertar, no recordaría.
Solo recordaría el tono.
La cercanía.
La forma en que Hamlet se giraba apenas y lo miraba con esos ojos grises, serios, hermosos, demasiado limpios para el efecto que le provocaban.
Recordaría el impulso de inclinarse.
La tensión en su entrepierna.
El deseo tan nítido que le apretaba el pecho incluso dormido.
Y despertó sobresaltado antes del amanecer, respirando hondo, con el corazón golpeándole las costillas y una maldición escapándosele entre dientes. Y la ropa interior húmeda.
—Porca miseria. ¿Un sueño húmedo a mi edad?
Se sentó en la cama, pasó una mano por su rostro y miró el reloj.
Las cinco y doce de la mañana.
Perfecto.
Simplemente perfecto.
Llevaba años sin tener un sueño así por nadie.
Mucho menos por un omega que ni siquiera parecía interesado en coquetearle.
Mucho menos por Hamlet Basil Capone, que probablemente si supiera lo que acababa de soñar con él le miraría con esa cara seca y le diría algo como “debería dormir más, chef o ir a un psicólogo”.
César se dejó caer hacia atrás sobre el colchón y soltó una risa incrédula.
—Estoy perdido.
A las seis y diez de la mañana, Hamlet ya estaba en el estudio.
Saulo llegó a las seis y media con gafas oscuras, un café helado en la mano y cara de haber dormido tres horas.
—Buenos días, trabajador del año.
Hamlet estaba revisando una lista de proveedores.
—Buenos días.
—No me gusta tu entusiasmo. Me hace sentir peor persona.
—No era entusiasmo. Era educación.
Saulo dejó el café sobre una mesa y se acercó a mirar la lista.
—¿Qué toca hoy?
—Ravioli relleno de ricotta y espinaca con salsa de mantequilla, salvia y avellanas tostadas.
Saulo silbó.
—A veces olvido que ustedes hablan un idioma que me da hambre. Espero comer abundante.
Hamlet sonrió un poco.
—Ya llegaron las avellanas y la ricotta. Falta revisar la pasta.
—Perfecto.
Saulo lo observó un segundo más de lo necesario.
—Tú dormiste bien.
—Supongo.
—Qué envidia.
—¿Y usted no?
—No. Discutí por teléfono con un director, un patrocinador y con mi dignidad.
Hamlet soltó una risa.
—Eso suena grave.
—Lo fue. Perdí en los tres casos.
En ese momento entró Lourdes con dos maquillistas detrás.
—Buenos días. Mira quién está aquí... El bello. ¿Dónde dejaste a la bestia?
— ¿Por qué les dices así?— pregunta Saulo.
—¿No te dijeron?
Saulo se animó al instante.
—Habla.