En su primera vida, ella fue invisible.
Hija mayor de una familia rica, creció viendo cómo el amor, la protección y las oportunidades se volcaban exclusivamente sobre su hermana menor. Sus padres la culparon por errores ajenos. Sus hermanos la ignoraron. Cuando el peligro llegó a casa, no dudaron en ofrecerla como sustituta, como cebo, como sacrificio.
Murió a manos de un asesino que nunca pagó por su crimen.
Y su familia… nunca buscó justicia.
Pero la muerte no fue el final.
Despierta en un nuevo cuerpo, en una familia poderosa donde es amada, protegida e intocable. Cuatro hermanos dispuestos a mancharse las manos por ella. Un hombre peligroso, heredero de un imperio, que la ama sin condiciones y la convierte en su esposa sin pedir explicaciones.
Con una nueva identidad y un poder que antes le fue negado, regresa para enfrentar a quienes la destruyeron. No busca perdón. No quiere respuestas.
Renació para verlos caer.
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4. Secretos Compartidos
[Isabella]
Cuando regresé a casa tenía pensado ir directo a mi habitación y descansar. El día había sido demasiado largo, cargado de emociones que todavía no terminaban de asentarse en mi pecho. Ya era de noche cuando crucé la puerta de la mansión, pero ni siquiera alcancé a pisar el primer escalón. Los vi a todos reunidos en la sala.
Mis cuatro hermanos estaban allí.
Mi mamá se acercó con una sonrisa cómplice y, sin darme tiempo a preguntar nada, me tomó del brazo y me llevó hasta el sillón.
—Siéntate —dijo—. Esto es importante.
Sonreí, confundida, justo cuando Alexander fue el primero en acercarse. Me entregó una caja de terciopelo oscuro. Al abrirla, encontré un collar de diamantes finamente tallados, elegante, sobrio, definitivamente caro. No pude evitar alzar la vista hacia él con sorpresa.
—Gracias —dije con sinceridad.
Luego fue Matteo, que me dio una pulsera de oro blanco con una delicada inscripción en el interior. Después Dante, que me entregó un reloj de edición limitada, discreto pero claramente exclusivo. Y por último Thiago, orgulloso, colocó en mis manos un anillo sencillo pero de diseño personalizado, hecho especialmente para mí.
Todos eran regalos valiosos. Demasiado.
—No tenías que… —empecé a decir, pero fue inútil.
Los cuatro comenzaron a discutir entre risas sobre cuál era el mejor regalo, como si estuvieran compitiendo en secreto por ese título absurdo. No pude evitar reír. Era ridículo. Y extrañamente bonito.
—Gracias, en serio —dije al final—. Me encantan todos.
En ese momento, una empleada entró a la sala y el ambiente cambió de forma casi imperceptible. Levanté la vista… y lo vi.
Era alto. Elegante. De esos hombres cuya presencia se siente antes de que hablen. Vestía de negro, impecable, y su porte era tan natural que por un segundo pensé que estaba exagerando. Hasta que nuestros ojos se encontraron.
Azules.
No me miraba como se mira a una persona cualquiera. Había algo distinto en su expresión, algo cuidadoso, casi reverente, como si yo fuera una flor única que debía observarse con paciencia.
Saludó a mi madre con respeto y luego volvió a mirarme. Mis hermanos intercambiaron miradas breves y, uno por uno, fueron abandonando la sala. Antes de irse, mi mamá se inclinó hacia mí y me susurró su nombre al oído.
Lucien Salazar.
Me quedé helada.
Recordaba perfectamente quién era.
Cuando quedamos a solas, él se sentó a mi lado. Parecía… nervioso. Ese detalle inesperado me causó una ternura silenciosa.
—¿Cómo te sientes? —preguntó con voz baja.
—Mejor —respondí—. Mucho mejor.
Asintió, respirando hondo, como si eso lo tranquilizara.
—Estoy feliz de poder verte despierta —dijo—. Cuando me dijeron que habías despertado cancelé todas mis reuniones para venir, pero me retrasé un poco… lo siento.
Sonreí sin pensarlo.
—No tienes por qué disculparte —respondí—. Aun así, gracias. De verdad.
Lucien sostuvo mi mirada un segundo más de lo necesario, como si quisiera decir algo que todavía no se atrevía a pronunciar.
Isabella observó a Lucien con más atención mientras conversaban. Ahora lo recordaba con claridad. Su rostro había aparecido más de una vez en revistas financieras y de sociedad. Lucien Salazar, heredero y actual cabeza visible de uno de los conglomerados empresariales más influyentes del país. Joven, brillante, reservado y peligrosamente eficiente. Un apellido que no necesitaba presentación.
Hablaron de cosas simples. De su recuperación, del tiempo que había pasado inconsciente, de asuntos triviales que no pesaban demasiado. Sin embargo, mientras él hablaba, Isabella pensaba en otra cosa. En algo mucho más frío y calculado.
Si quería destruir a la familia Montoya, necesitaba recursos reales. Poder que no dependiera solo del apellido Valcour. Nadie sospechaba quién era en realidad. Nadie sabía que Isabella Valcour y Valeria Montoya Ferrer eran la misma persona. Esa ventaja era demasiado valiosa para desperdiciarla.
Además, aunque ahora pertenecía a una familia poderosa, no quería vivir solo de eso. Necesitaba méritos propios. Algo que nadie pudiera cuestionar ni arrebatarle.
Cuando por fin habló, lo hizo con naturalidad.
Le pidió un favor.
Isabella fue directa. Le explicó que quería trabajar, que deseaba una oportunidad real dentro de su empresa. No como la hija de los Valcour, no como alguien recomendada por compromiso, sino como una mujer que quería construir algo por sí misma.
Lucien no dudó.
Ni siquiera lo pensó dos veces.
—Haré unas llamadas —dijo con tranquilidad—. Te conseguiré una entrevista.
Isabella lo miró, sorprendida.
—¿Así de fácil?
Lucien esbozó una leve sonrisa.
—Para ti, sí.
Ella sonrió con gratitud, sincera esta vez. No había insistencia, ni condiciones, ni preguntas incómodas. Solo apoyo inmediato, absoluto. Eso, de algún modo, la desarmó más que cualquier discurso elaborado.
Pasaron algunas horas más juntos hasta que Lucien se puso de pie. Antes de irse, tomó la mano de Isabella con delicadeza y depositó un beso suave sobre sus nudillos. El gesto fue respetuoso, pero cargado de una intención que no necesitaba palabras.
—Descansa —dijo—. Nos veremos pronto.
Luego salió de la residencia, dejando atrás un silencio distinto.
Isabella se quedó mirando la puerta cerrarse.
Tal vez no lo sabía aún, pero acababa de dar el primer paso real hacia su venganza.
Y Lucien Salazar… sin darse cuenta, se había convertido en una pieza clave del juego que estaba a punto de comenzar.
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Lucien salió de la residencia acompañado de su guardaespaldas. El aire nocturno era fresco y silencioso, casi en contraste con el torbellino de pensamientos que llevaba dentro. Antes de subir al auto, se detuvo un instante y levantó la mirada. En el segundo piso, una luz se encendió en una de las habitaciones.
La de Isabella.
Lucien sonrió sin darse cuenta.
Luego subió al vehículo y cerró la puerta con calma. El auto arrancó despacio, avanzando por el camino que salía de la mansión. Durante unos segundos, ninguno de los dos habló. Fue el guardaespaldas quien rompió el silencio, mirándolo por el espejo retrovisor.
—Jefe… —dudó—. ¿Está seguro de no decirle nada?
Lucien apoyó el codo en la puerta y miró por la ventana, observando las luces pasar.
—Aún no es el momento —respondió con tranquilidad.
El guardaespaldas frunció ligeramente el ceño.
—Podría ayudarla más si supiera.
Lucien dejó escapar una sonrisa leve, casi peligrosa.
—No me importa convertirme en su títere si es necesario —dijo—. Mientras pueda estar cerca de ella.
No había duda en su voz. Ninguna.
Había esperado demasiado tiempo. Meses enteros mirando un cuerpo inmóvil, hablando con alguien que no podía responder, aferrándose a la promesa silenciosa de que despertaría. Demasiado tiempo como para soltarla ahora.
—Haré cualquier cosa por ella —añadió—. Cualquier cosa.
El guardaespaldas no insistió. Asintió una sola vez, entendiendo más de lo que parecía, y aceleró al salir en dirección a la ciudad.
Lucien cerró los ojos un momento, seguro de una sola cosa.
Isabella Valcour no lo sabía aún,
pero él ya le pertenecía.
oye Lucien préstame a tu prima que si es adivina en todo lo que dice.. jajajaja necesito averiguar varias cosas 🤣🤣🤣🤣😅😅😅