Miranda Moreno tiene un objetivo del que no piensa desviarse: casarse con el hombre más poderoso del país. Lo que comienza como un plan cuidadosamente calculado podría convertirse en el mayor riesgo de su vida, porque el poder siempre tiene un precio... y el corazón no sigue estrategias.
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Capítulo 9 - Un sentimiento inesperado
El trayecto hasta el hospital transcurrió en un silencio casi absoluto.
Cristóbal conducía con ambas manos firmes sobre el volante, aunque su atención regresaba una y otra vez a la joven sentada a su lado.
Miranda mantenía el tobillo inmóvil, soportando el dolor con entereza. De vez en cuando, desviaba la mirada hacia el hombre que conducía, descubriendo en su expresión una preocupación que no parecía fingida.
Era justo la reacción que esperaba provocar.
Al llegar, Cristóbal rodeó el vehículo, abrió la puerta del copiloto y, antes de que ella pudiera protestar, volvió a cargarla entre sus brazos.
—No es necesario... puedo intentar caminar.
—El médico decidirá eso —respondió él con serenidad.
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Minutos después, un traumatólogo terminó la primera revisión.
—Quiero una tomografía para descartar una lesión de mayor gravedad.
Miranda asintió y una enfermera la condujo al área de imágenes.
Poco después regresó a la consulta para esperar los resultados.
El médico salió unos minutos para revisar las placas, dejándolos solos.
Cristóbal rompió el silencio.
—¿Por qué no te fijaste antes de cruzar la calle? Esto pudo terminar muy mal.
Miranda bajó la mirada unos segundos antes de responder.
—Lo siento... estaba emocionada y no me fijé.
Levantó nuevamente los ojos hacia él.
—Hoy era mi primer día en el Grupo Bravo de Saravia... y mi jefe casi me atropella.
Cristóbal dejó escapar un suspiro.
—Lo siento por eso.
No era un hombre acostumbrado a disculparse, pero sentía que aquella situación era, en parte, su responsabilidad.
Antes de que pudiera decir algo más, el médico regresó con los resultados.
—Buenas noticias. No hay fractura.
Miranda respiró con alivio.
—Solo se trata de una torcedura. Deberá guardar reposo y evitar apoyar el pie durante al menos dos días.
Ella abrió los ojos con preocupación.
—Eso es imposible, doctor.
Ambos la miraron.
—Debo ir a trabajar. Hoy es mi primer día. No puedo perder mi empleo.
Cristóbal habló antes de que el médico respondiera.
—Tranquila.
Ella giró la cabeza hacia él.
—No perderás tu trabajo.
Luego miró al doctor.
—Seguirá todas sus indicaciones.
El especialista sonrió mientras comenzaba a escribir la receta.
—Le indicaré una pomada antiinflamatoria y analgésicos. Si cumple el reposo, en dos días podrá caminar con normalidad.
Miranda tomó la receta con cuidado.
—Gracias, doctor.
Una vez fuera del consultorio, Cristóbal volvió a cargarla en brazos sin darle oportunidad de discutir.
Ella, nuevamente, rodeó su cuello para sostenerse.
Aquella cercanía hacía que él olvidara, por momentos, la prisa de su agenda.
Y Miranda lo notó.
Cada vez que sus miradas se encontraban, descubría en los ojos de Cristóbal un interés creciente que iba mucho más allá de la simple preocupación por un accidente.
Al llegar al automóvil, la acomodó con cuidado en el asiento del copiloto.
Después ocupó su lugar frente al volante y encendió el motor.
—¿Dónde vives?
Miranda dudó unos segundos.
El silencio se hizo incómodo.
"No puede ser... ¿cómo voy a llevarlo allí? Ese sitio es espantoso."
Apretó discretamente los labios.
"No me queda de otra... solo espero que eso no le importe."
Con cierta resignación, le indicó la dirección de su pequeño departamento.
Cristóbal programó el destino en el navegador sin hacer preguntas.
Mientras el automóvil se incorporaba al tránsito, Miranda lo observó de reojo.
El primer encuentro había salido mejor de lo que imaginó.
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Cristóbal detuvo el Lexus frente a un pequeño edificio antiguo de fachada desgastada.
Observó el lugar por unos segundos antes de bajar del automóvil.
Rodeó el vehículo y, sin permitir que Miranda intentara caminar, volvió a tomarla en brazos.
—No hace falta... —protestó ella con suavidad.
—El médico dijo que no apoyaras el pie.
Ella no insistió.
Mientras subían las estrechas escaleras, Cristóbal no pudo evitar recorrer el edificio con la mirada. Las paredes necesitaban pintura, la iluminación era escasa y el lugar distaba mucho de los ambientes que él frecuentaba.
"¿Cómo puede vivir aquí?", pensó.
Una extraña sensación de incomodidad se instaló en su pecho.
"Quisiera ayudarla..."
Negó levemente con la cabeza.
"¿Qué estás pensando, Cristóbal? Apenas la conoces... y, además, es demasiado joven para ti."
Llegaron al pequeño departamento.
Miranda sacó las llaves de su bolso, abrió la puerta y, una vez dentro, se apoyó con cuidado en la pared junto a la entrada.
Se volvió hacia él y sonrió.
—Pase, señor Bravo de Saravia.
Cristóbal negó con cortesía.
—Debo ir a trabajar.
Sacó una tarjeta de presentación de su billetera y se la extendió.
—Aquí está mi número personal. Si te sientes mal o necesitas algo, no dudes en llamarme.
Miranda tomó la tarjeta procurando rozar sus dedos.
—Gracias.
Cristóbal sonrió apenas.
—A propósito... aún no sé tu nombre.
Ella sostuvo su mirada.
—Miranda Moreno.
Hizo una pequeña pausa antes de añadir con una sonrisa encantadora:
—Un placer conocer formalmente al hombre más importante... y más guapo del país.
Cristóbal soltó una leve risa, algo poco habitual en él.
Le extendió la mano.
—Mucho gusto, señorita Moreno.
Ella aceptó el saludo.
En cuanto sus manos se encontraron, ambos sintieron una extraña descarga recorrerles el cuerpo.
Miranda apenas arqueó una ceja.
Cristóbal, en cambio, quedó inmóvil durante una fracción de segundo.
Aquella sensación había sido intensa.
Demasiado intensa para tratarse de un simple apretón de manos.
Retiró la mano con cierta lentitud.
—Adiós, señorita Moreno. Hablaré con Recursos Humanos. Empezarás dentro de dos días.
—Muchas gracias.
Lo acompañó hasta la puerta apoyándose.
—Y disculpe por hacerle perder su tiempo.
Cuando Cristóbal estaba a punto de salir, Miranda dio un paso.
El tobillo cedió.
—¡Ah!
Su cuerpo se inclinó hacia adelante.
Cristóbal reaccionó por instinto y la sostuvo por la cintura antes de que cayera.
Quedaron inmóviles.
Apenas unos centímetros separaban sus rostros.
Podían sentir la respiración del otro.
Los ojos de Miranda permanecieron fijos en los de él.
Cristóbal sintió cómo su corazón golpeaba con una fuerza impropia de un hombre que siempre controlaba cada emoción.
—Ten más cuidado... —dijo en voz baja.
Ella sonrió con dulzura.
—Lo tendré.
Hizo una breve pausa sin apartar la mirada.
—Gracias por todo... ahora vaya a trabajar.
Cristóbal tardó un instante más en soltarla.
Luego salió del departamento y la puerta se cerró lentamente entre ambos.
Que pasará el día que se descubra que no fue casualidad ese accidente y todo lo que planeó que dirá y hará Cristóbal 🤔🤔🤔❓❓❓❓