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15
Capítulo 15. Ella es mía
La enorme puerta de la residencia se cerró tras la partida de la princesa.
El silencio duró apenas unos segundos.
Entonces...
Lyra dejó escapar una pequeña risa.
Conrad giró la cabeza para verla.
—¿Qué ocurre?
Ella se llevó una mano a la boca intentando contener la risa.
—Creo que su enamorada me odiará para siempre.
Los criados intercambiaron miradas nerviosas.
Solo aquella joven era capaz de bromear después de enfrentarse a la princesa imperial.
Conrad la observó durante unos segundos.
Luego, para sorpresa de todos, una leve sonrisa apareció en sus labios.
—Es muy probable.
—Qué mala suerte la mía.
—No.
Respondió con tranquilidad.
—La mala suerte es de ella.
Lyra lo miró sin comprender del todo aquellas palabras.
La señora Carmen aprovechó el momento para acercarse.
—Vamos, señorita Lyra. Debe descansar. Le mostraré su habitación.
—Gracias, señora Carmen.
Mientras ambas se alejaban por el pasillo principal, Conrad volvió a recuperar su habitual expresión seria.
El mayordomo se acercó inmediatamente.
—Mi señor.
Conrad ni siquiera levantó la vista.
—No vuelvas a permitir que alguien entre en esta residencia sin anunciarse.
La voz era tranquila.
Pero el mayordomo comprendió la gravedad de la orden.
—Sí, mi señor.
Hizo una breve pausa antes de hablar nuevamente.
—Si me permite la pregunta...
Conrad levantó la vista.
—¿Qué ocurre?
El anciano dudó unos segundos.
—¿Por qué cuida tanto de la señorita Lyra?
El silencio volvió a adueñarse del despacho.
Conrad dejó lentamente la pluma sobre el escritorio.
Después...
Sonrió.
Una sonrisa pequeña.
Casi imperceptible.
—Porque ella es mía.
El mayordomo sintió un escalofrío.
No necesitó preguntar qué significaban aquellas palabras.
Había servido a Conrad durante décadas.
Sabía perfectamente a quién se refería.
A su vinculada.
La única mujer destinada para un Fae.
Aquella cuyo vínculo era eterno e irrompible.
Pero...
Era imposible.
La joven que había sido reconocida como su vinculada había muerto hacía meses.
Él mismo había visto cómo su señor regresó cubierto de sangre aquella noche.
Había presenciado el dolor que casi destruyó al Rey de la Corte Oscura.
¿Cómo podía decir ahora que aquella muchacha era suya?
¿Acaso...?
No.
Era imposible.
El mayordomo decidió guardar silencio.
Si Conrad había pronunciado esas palabras, era porque existía una verdad que todavía nadie más conocía.
La noche cayó sobre la residencia.
En su despacho, Conrad revisaba varios documentos enviados desde el palacio imperial.
Asuntos políticos.
Informes militares.
Peticiones de nobles.
Nada lograba captar realmente su atención.
Su mente seguía en la misma persona.
Tres suaves golpes interrumpieron el silencio.
—Adelante.
La puerta se abrió lentamente.
Lyra asomó la cabeza con una sonrisa algo tímida.
—¿Lo interrumpo?
Conrad dejó los papeles a un lado.
—No.
Ella entró llevando una bandeja entre las manos.
Sobre ella había una tetera humeante, pan recién horneado y algunos dulces.
—Pensé que quizá tendría hambre.
Se acercó al escritorio.
—¿Puedo pasar? Traigo algo de comer.
Conrad la observó sin decir una palabra.
Durante siglos, incontables personas habían intentado ganarse su favor con banquetes y regalos.
Pero nadie...
Jamás...
Había entrado a su despacho únicamente porque pensó que podía tener hambre.
Y ese sencillo gesto hizo que, por primera vez en mucho tiempo, el frío corazón del Rey de la Corte Oscura sintiera una calidez que creía perdida para siempre.