Laura Una arquitecta brillante intentando llevar una vida normal, en medio de todo su caos, llegará para cambiarle la vida a él.
—Ojalá el amor se pesara, porque siento que hoy acabo de subir una tonelada
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capitulo 24
La lluvia golpeaba el parabrisas del Range Rover de Gael con una cadencia hipnótica. Laura miraba por la ventana, con la mano apoyada en su vientre, sintiendo una inquietud que no lograba disipar ni con la música chill-out ni con las promesas de paz absoluta que Gael le susurraba mientras conducía hacia una supuesta cabaña de retiro en la montaña. Las maletas estaban en el maletero, el plan de fin de semana para desconectar del ruido de Alarcón estaba en marcha.
—¿Seguro que no hay señal de móvil allí, Gael?
preguntó Laura, rompiendo el silencio
— Mi madre se pone nerviosa si no la llamo antes de dormir, y con los gemelos... bueno, ya sabes.
—Es parte del encanto, Laura
respondió Gael, dedicándole esa sonrisa de anuncio que empezaba a cansarla un poco.
—Necesitas limpiar tu aura de toda la toxicidad de Marco. Ese hombre es como un ancla que te arrastra al fondo. Déjate llevar.
Lo que Laura no sabía era que, tres coches atrás, un deportivo gris oscuro rugía en la oscuridad, camuflado por la cortina de agua. Marco Alarcón no era un hombre de paciencia, y tras el desastre de la galería, su desesperación había mutado en una resolución primitiva. No iba a esperar mas. No iba a permitir que el mercenario de los Azuaje pusiera una mano sobre la madre de sus hijos en la soledad de una montaña.
—Si ella no quiere escuchar la verdad, se la haré escuchar en el fin del mundo
gruñó Marco, apretando el volante.
El desvío hacia la carretera secundaria fue el momento elegido. Gael redujo la velocidad debido a la niebla. De repente, el deportivo de Marco aceleró, adelantó al Range Rover y cruzó el coche en mitad de la calzada, obligando a Gael a clavar los frenos.
—¡¿Pero qué demonios?!
gritó Gael, mientras Laura se sujetaba al salpicadero por el impacto del frenazo.
Marco bajó del coche antes de que los neumáticos dejaran de humear. No parecía un CEO; parecía un forajido. Caminó hacia la puerta del copiloto, la abrió de un tirón y, antes de que Laura pudiera protestar, la desabrochó del cinturón.
—¡Marco! ¡¿Te has vuelto loco?!
chilló Laura, entre el susto y la indignación.
—Sí, completamente
respondió él con una voz ronca y cargada de una autoridad que no admitía réplicas
— Pero no voy a dejar que este tipo te lleve a firmar tu sentencia de muerte emocional.
—¡Suéltala!
Gael bajó del coche, intentando mantener su fachada de caballero bohemio, pero sus ojos delataban pánico.
—¡Alarcón, esto es un secuestro! ¡Llamaré a la policía!
—Hazlo
retó Marco, cargando a Laura en vilo a pesar de sus protestas
—Diles que Marco Alarcón se ha llevado a su mujer. Diles también que tienes un contrato con Carla Azuaje. Pero hazlo rápido, porque si te acercas un centímetro más a ella, olvidaré que soy un hombre civilizado.
Marco metió a Laura en su coche, bloqueó las puertas y arrancó, dejando a Gael solo en mitad de la carretera bajo la lluvia torrencial.
El viaje duró tres horas. Laura empezó gritando, luego insultando y finalmente se sumió en un silencio gélido mientras Marco conducía hacia una propiedad que nadie conocía, una cabaña de piedra y madera que perteneció a su abuelo, oculta en un valle donde el tiempo parecía haberse detenido.
—Hemos llegado
dijo Marco, apagando el motor.
—Felicidades, Alarcón. Acabas de ganar un pase directo a la cárcel por secuestro
dijo Laura, bajando del coche con dificultad.
—¿Qué esperas conseguir con esto, Que te bese porque me has rescatado como en una novela barata?
—Espero que me escuches sin que ese tipo te susurre mentiras al oído
respondió él, llevándola hacia la cabaña.
—Hay comida, hay mantas y hay silencio. No nos iremos hasta que me creas.
Dentro, el fuego de la chimenea pronto empezó a crepitar. El calor de la leña y el olor a pino empezaron a ablandar la rigidez de Laura. Marco le sirvió un caldo caliente y se sentó frente a ella, manteniendo la distancia.
—Laura...
empezó él, con una vulnerabilidad que nunca había mostrado.
—Sé que he sido un idiota. Sé que mis celos te alejaron. Pero Gael no es quien tú crees. Grabé a Carla y a él hablando en la oficina de la galería. Mi teléfono murió, pero no mis oídos. Él dijo... él dijo que tus complejos eran su mejor herramienta. Dijo que enamorarte era un trabajo aburrido.
Laura se quedó quieta, con la taza entre las manos. Quería gritar que mentía, pero recordó ese destello de frialdad en los ojos de Gael en la galería. Recordó cómo él siempre la validaba con palabras que parecían sacadas de un guion perfecto.
—¿Por qué debería creerte a ti?
susurró ella, con las lágrimas asomando.
— Tú también me usaste al principio. Estabas conmigo y seguías saliendo con ella.
—lo acepto fue mi error, pero no lo hice con fines románticos, fue para averiguar todo lo de La herencia, fue por ti y por mi.
—No se que creer...
—yo estoy aquí, arruinando mi carrera y mi reputación por llevarte a este agujero
dijo Marco, acercándose y arrodillándose ante ella
—Pero yo no necesito que seas delgada, ni que seas la dueña de un viñedo para amarte. Te amo cuando gritas, te amo cuando comes pepinillos con helado, te amo con cada kilo que dices que te sobra y que para mí es solo más espacio para quererte. Estoy aterrorizado, Laura. Aterrorizado de perder la oportunidad de ser el padre que esos niños merecen.
Laura lo miró. Vio al hombre de acero desmoronarse por ella. El humor regresó a ella como un salvavidas.
—Eres un secuestrador pésimo, Alarcón. Ni siquiera me has puesto esposas de seda.
Marco soltó una risa nerviosa, apoyando su frente contra las rodillas de ella.
—Si eso es lo que hace falta para que te quedes, las compraré.
En ese momento de quietud, el renacer fue inevitable. Laura le acarició el cabello, y el beso que siguió no fue de odio, sino de un hambre antigua y una reconciliación profunda. En la soledad de la cabaña, lejos de las intrigas de la ciudad, el romance volvió a encenderse con la fuerza de los que se saben perdidos y se encuentran por fin.
Mientras tanto, en la ciudad, el caos era absoluto. Carla Azuaje caminaba de un lado a otro en su ático, rompiendo copas contra la pared.
—¡¿Cómo que se la llevó?!
gritaba por teléfono.
—¡Gael, tenías una sola tarea!
Al otro lado de la línea, Gael estaba sentado en su apartamento de lujo, mirando fijamente una foto de Laura que había tomado en el viñedo secreto.
No respondió de inmediato. Sentía un vacío extraño en el pecho, un peso que no estaba en el contrato.
—Carla, cállate
dijo Gael, con una voz que ya no era la del mercenario.
—Marco se la llevó porque la ama de verdad. Y yo... yo me he dado cuenta de que soy un miserable.
—¿Qué estás diciendo?
preguntó Carla, horrorizada.
—Digo que me gusta, Carla. Me gusta la gordita de los planos. Y si Marco le hace daño, yo mismo le daré las pruebas que necesita para hundirte a ti y a mí
sentenció Gael, colgando el teléfono.
La guerra había cambiado. Gael ya no era el peón de Carla, sino un hombre despechado por su propia mentira. Y en la cabaña, ajenos a la traición de Gael y a la furia de Carla, Marco y Laura se entregaban a un amor que, por primera vez, no entendía de tallas, de títulos, ni de pasados robados. Solo de dos corazones latiendo al unísono, y de dos más que, desde el vientre de Laura, parecían celebrar que su padre finalmente había aprendido a luchar por lo que de verdad importa.