¿Cuánto peso puede soportar un secreto antes de romperte por dentro?
Al principio, Jester y Yelina eran dos extraños unidos por un amigo en común. No había chispas, ni conexión, ni interés. Pero el roce diario y la complicidad silenciosa fueron tejiendo un lazo que ninguno de los dos vio venir. Se volvieron refugio, confidentes, mejores amigos.
Y fue ahí, en la calidez de esa cercanía, donde Yelina se perdió. Enamorarse de él fue inevitable; aceptar que nunca sería correspondida, una dolorosa certeza. Para salvar la amistad que tanto le costó construir, Yelina decide condenarse al silencio. Una historia sobre el amor que prefiere callar para no perder lo que más quiere en el mundo.
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Hilos Invisibles
La noche avanzó entre risas, anécdotas y la música del resto-bar que envolvía el ambiente en una atmósfera cálida. Gonzalo estaba feliz; se le notaba en los ojos el orgullo de haber recuperado a ese amigo de la infancia que consideraba su hermano de vida. A medida que pasaban las horas, la barra comenzó a vaciarse y Jester pudo tomarse pequeños respiros para unirse a nuestra conversación, apoyado del otro lado de la madera.
Gonzalo comenzó a relatar las travesuras que hacían cuando eran adolescentes en el barrio, y Jester interrumpía de vez en cuando para corregir los detalles exagerados de su amigo. Descubrí que, a sus treinta y dos años, Jester poseía una madurez magnética, pero también una sencillez que derribaba cualquier barrera. Se reía con ganas, con una carcajada franca que me resultaba sumamente contagiosa.
—¿Así que modelaje? —me preguntó Jester en un momento en que Gonzalo y Caliope debatían efusivamente sobre cuál era el mejor lugar de la ciudad para comer pizza—. Gonzalo me contó que trabajas en eso. Debe ser un mundo difícil.
—Lo es —respondí, acomodándome un mechón de cabello detrás de la oreja—. Exige mucha disciplina y, a veces, lidiar con demasiadas críticas. Soy un poco perfeccionista, así que suelo presionarme más de la cuenta.
—Te entiendo perfectamente —dijo él, mirando de reojo la cocina del local—. En mi trabajo es igual. Si un plato sale un segundo tarde o un trago no tiene la medida exacta, todo se desmorona. Pero cuando ves la cara de satisfacción de alguien al probar lo que hiciste... todo el esfuerzo vale la pena.
Sus palabras resonaron en mí con una fuerza inesperada. No era común encontrar a alguien que entendiera esa constante búsqueda de la excelencia sin juzgarla como una obsesión. Jester me miraba con una atención tan genuina que por un momento olvidé el ruido a nuestro alrededor. Sentí que se tejía un hilo invisible entre los dos, una conexión silenciosa nacida de compartir la misma pasión por lo que hacíamos.
—Y cuando no estás bajo los reflectores, ¿qué te gusta hacer? —indagó, cruzándose de brazos, su mirada fija en mí.
—Bueno... —comencé, sintiendo que mi timidez regresaba al ser el centro de atención—. Me gusta pasar tiempo con Caliope, que es como mi hermana. Salir a bailar de vez en cuando para liberar tensiones, y simplemente disfrutar de las cosas sencillas.
—Me parece un excelente plan —sonrió él—. A mí me basta con una buena charla y la compañía de mis amigos para ser feliz. Creo que en eso nos parecemos.
Antes de que pudiera responder, Caliope nos interrumpió, tomándome del brazo para arrastrarme a una improvisada pista de baile cerca de las mesas. Jester nos despidió con un saludo de mano y una promesa de preparar otra ronda más tarde. Mientras bailaba bajo las luces tenues, mi mirada se escapaba constantemente hacia la barra. Lo observaba interactuar con los clientes con esa simpatía natural que parecía innata en él.
Era la primera vez en mi vida que sentía una atracción tan inmediata y desconcertante por alguien. Al mirar a Jester, no solo veía a un hombre sumamente atractivo físicamente; veía calidez, seguridad y una chispa que amenazaba con encender algo muy profundo dentro de mí. Al final de la noche, mientras nos despedíamos en la acera del bar, supe que esa salida no sería un evento aislado. Mi destino ya se había enredado con el suyo.
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