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El Rey Sin Trono

El Rey Sin Trono

Status: En proceso
Genre:Apocalipsis / Mundo de fantasía / Venganza
Popularitas:140
Nilai: 5
nombre de autor: Braian Cazzuchelli

Alguien ocupo su lugar ¿estara dispuesto a perder todo para recuperarlo?

NovelToon tiene autorización de Braian Cazzuchelli para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

El hombre que veía patrones

La mañana llegó mucho antes de que el refugio despertara.

Arlen abrió los ojos lentamente.

Durante unos segundos permaneció inmóvil, observando el techo agrietado sobre él.

La noche anterior había sido extraña.

Después de semanas viajando solo, de huir, pelear y sobrevivir, había terminado sentado alrededor de una mesa junto a un grupo de personas que apenas conocía.

Habían reído.

Habían contado historias.

Habían discutido sobre quién había hecho explotar un vehículo durante una misión.

Y también habían intentado convencerlo de que la cerveza era una bebida agradable.

Arlen seguía convencido de que era una forma de castigo.

Se incorporó despacio.

Una manta vieja cayó sobre sus piernas.

Ni siquiera recordaba quién se la había puesto.

Probablemente Luna.

Parecía el tipo de persona que hacía esas cosas.

El salón principal estaba sumido en un silencio absoluto.

Y el motivo era evidente.

Dorian dormía atravesado sobre dos sillones como si hubiera caído desde una ventana.

Una botella vacía descansaba en el suelo junto a él.

Kael permanecía sentado contra una pared con los brazos cruzados.

Parecía una estatua.

Si no fuera por su respiración lenta, Arlen habría pensado que seguía vigilando incluso mientras dormía.

Luna estaba acurrucada bajo una manta enorme.

Solo sobresalían algunos mechones de cabello.

Arlen observó la escena durante varios segundos.

—¿Están vivos?

—Por ahora.

La voz hizo que girara la cabeza.

Adrián estaba sentado junto a una ventana.

Como siempre parecía completamente fuera de lugar.

Mientras los demás parecían sobrevivientes de una batalla contra el alcohol, él tenía la ropa impecable.

Una taza de café humeaba junto a varios documentos.

Mapas.

Contratos.

Reportes.

Listas.

Arlen ni siquiera entendía qué estaba mirando.

—¿Hace cuánto estás despierto?

—Tres horas.

—¿Tres horas?

—Más o menos.

Arlen observó nuevamente al resto del equipo.

—¿Siempre terminan así?

—Cada vez que regresamos de una misión.

—Pensé que estaban celebrando.

—Lo estaban.

—Parece doloroso.

—También lo es.

Arlen soltó una pequeña risa.

Adrián continuó revisando papeles.

—Podés volver a dormir si querés.

—No tengo sueño.

—Entonces disfrutá el espectáculo.

Arlen miró nuevamente a Dorian.

—¿Él está respirando?

—Creo.

—Eso no suena muy tranquilizador.

—Lo suficiente.

Por primera vez una mínima sonrisa apareció en el rostro de Adrián.

Arlen se sentó frente a él.

—¿Nunca tomás?

—No.

—¿Ni una vez?

—No.

—¿Por qué?

Adrián se encogió de hombros.

—Nunca encontré nada interesante en una botella.

—Entonces, ¿qué hacés para divertirte?

El estratega levantó la vista.

Por primera vez parecía realmente atento.

—Hay muchas cosas más interesantes.

—¿Como qué?

Adrián permaneció unos segundos en silencio.

Como si estuviera evaluando algo.

Finalmente cerró una carpeta.

—Vení.

---

La biblioteca ocupaba una sección completa del refugio.

Arlen quedó inmóvil apenas cruzó la puerta.

Miles de libros.

Literalmente miles.

Las estanterías llegaban hasta el techo.

Escaleras de madera permitían acceder a los niveles superiores.

El olor a papel antiguo llenaba el aire.

Había libros nuevos.

Libros viejos.

Libros tan desgastados que parecían haber sobrevivido a varias guerras.

Arlen caminó lentamente.

Como si temiera romper algo.

Sus ojos iban de un lado a otro.

Historia.

Magia.

Cartografía.

Biología.

Civilizaciones perdidas.

Bestiarios.

Estrategia militar.

Todo estaba allí.

Todo.

Por un instante volvió a sentirse como un niño.

Recordó las veces que había acompañado a su padre al mercado.

Los puestos de libros.

Las historias.

Las tardes tranquilas.

El mundo parecía mucho más simple entonces.

Mucho más pequeño.

Mucho más seguro.

—Te gustan los libros.

La voz de Adrián lo sacó de sus pensamientos.

—Sí.

—Se nota.

—Hay demasiado para leer.

—Nunca existe demasiado para leer.

Arlen sonrió.

Esa era exactamente la respuesta que esperaba de alguien como Adrián.

Mientras él observaba los estantes, el estratega comenzó a buscar algo.

Pasó varios minutos revisando cajas y cajones.

Finalmente encontró lo que buscaba.

Una caja de madera oscura.

La colocó sobre una mesa.

La abrió.

Un tablero de ajedrez.

Y de inmediato algo cambió en la expresión de Arlen.

Una sonrisa apareció sola.

Pequeña.

Triste.

Llena de recuerdos.

—Hace mucho que no juego.

Murmuró.

—¿Sabés jugar?

Preguntó Adrián.

Arlen tomó un caballo entre sus dedos.

Lo observó durante unos segundos.

—Mi padre me enseñó.

Adrián notó el brillo melancólico en sus ojos.

Pero no preguntó nada.

Simplemente acomodó las piezas.

—Sentate entonces.

---

La primera partida duró quince minutos.

Y terminó con un jaque mate inesperado.

Adrián observó el tablero.

Luego a Arlen.

Después nuevamente el tablero.

Aquello sí era inesperado.

—Interesante.

Dijo finalmente.

—¿Eso significa que gané?

—Sí.

—Pensé que eras mejor.

Adrián levantó una ceja.

Arlen sonrió.

Y el estratega comprendió algo.

El muchacho era competitivo.

Le gustó.

Mucho.

Porque significaba que aprendería rápido.

—Juguemos otra.

Dijo.

Y entonces comenzó la verdadera partida.

---

A medida que las horas pasaban, Arlen empezó a comprender algo aterrador.

Adrián no jugaba al ajedrez.

Pensaba en ajedrez.

Era diferente.

Muy diferente.

Cada movimiento parecía insignificante.

Hasta que dejaba de serlo.

Cada pieza estaba donde debía estar.

Cada intercambio tenía un propósito.

Cada sacrificio escondía una ventaja futura.

Y cuando Arlen se daba cuenta...

Ya era demasiado tarde.

—¿Cómo hacés eso?

Preguntó frustrado.

Adrián movió un peón.

—Porque no veo piezas.

—¿Qué ves entonces?

El estratega observó el tablero.

Y por primera vez respondió sin apartar la vista de las figuras.

—Veo un cuerpo humano.

Arlen parpadeó.

—¿Qué?

—La mayoría de las personas creen que una pelea se gana con fuerza.

Movió un peón.

—Están equivocadas.

Otro peón avanzó.

—La mayoría de las peleas se ganan acumulando errores.

Señaló las piezas.

—Los peones son golpes simples.

Ataques comunes.

Nada especial.

Un puñetazo.

Una patada.

Un corte superficial.

—¿Y entonces?

—Uno no hace nada.

Dos tampoco.

Tres tampoco.

Pero ocho...

Adrián sonrió levemente.

—Ocho golpes repartidos correctamente empiezan a cambiar cómo se mueve una persona.

Fatiga.

Dolor.

Dificultad para respirar.

Pérdida de equilibrio.

Miedo.

Arlen escuchaba fascinado.

—Las personas creen que destruyen un muro de un martillazo.

No.

Lo destruyen después de cien.

Y cuando finalmente cae, creen que fue el último golpe.

Nunca entienden que fueron todos.

Y así sigue construyendo toda su filosofía de combate alrededor de las piezas, mientras sin que Arlen se dé cuenta lo lleva lentamente hacia otro jaque mate.

Cuando finalmente pierde, mira el tablero.

Después mira a Adrián.

Y por primera vez entiende algo.

Adrián no era peligroso porque supiera pelear.

Era peligroso porque veía conexiones donde nadie más las veía.

Mientras los demás observaban una batalla...

Él observaba patrones.

Y probablemente llevaba haciéndolo toda su vida.

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