Tras la muerte de su esposa en un accidente automovilístico, Tomás Rojas, un padre trabajador de clase media, intenta sacar adelante a su única hija, Emma, de once años.
Su hogar nunca está en silencio.
Está lleno de perros, gatos, gallinas y, sobre todo, un gallo tan inteligente como problemático llamado Pelé, el verdadero cómplice de Emma.
Ninguna niñera soporta más de unos días.
Las travesuras de Emma y sus animales convierten la casa en un desastre constante.
Mientras Tomás trabaja durante largas jornadas para mantener el hogar, Emma esconde una enorme tristeza detrás de cada broma.
Todo cambia cuando llega Lucía, una joven huérfana que acepta ser su nueva niñera.
Lejos de regañarla, comprende el dolor que Emma lleva dentro y le enseña que sanar no significa olvidar.
Mientras tanto, Tomás conoce a Valeria, una mujer viuda con un hijo llamado Mateo, de nueve años.
Mateo y Emma conectan desde el primer instante como si siempre hubieran sido hermanos.
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Capítulo 5: La quinta niñera y la decisión de Tomás
Después de cuatro niñeras, Tomás Rojas comenzó a pensar que quizás el problema no eran las niñeras.
Quizás el problema era su casa.
O más específicamente:
Un gallo.
Un gallo llamado Pelé.
Tomás estaba sentado en la mesa de la cocina con una taza de café entre las manos. Frente a él había una lista.
Una lista que cada día parecía más absurda.
Niñera número uno: Patricia.
Duró tres días.
Motivo de renuncia: "El gallo tiene comportamientos intimidantes".
Niñera número dos: Verónica.
Duró dos días.
Motivo de renuncia: "Los animales parecen tener una organización interna".
Niñera número tres: Carolina.
Duró más tiempo.
Motivo: "La única persona que logró sobrevivir al caos".
Niñera número cuatro: Teresa.
Duró una semana.
Motivo: "No puedo competir contra un gallo que abre puertas".
Tomás miró la lista.
Después miró hacia el patio.
Pelé estaba sobre una cerca.
Observándolo.
Como si supiera exactamente lo que estaba pensando.
—No me mires así —dijo Tomás.
El gallo ladeó la cabeza.
—No voy a rendirme contigo.
Pelé caminó lentamente.
—Pero necesito que entiendas algo.
El gallo siguió acercándose.
—No puedes decidir quién entra y quién sale de esta casa.
Pelé se detuvo.
Tomás levantó una ceja.
—¿Me entendiste?
El gallo respondió:
—¡Quiquiriquí!
Tomás suspiró.
—Eso no sonó como una promesa.
Desde la puerta, Emma observaba la escena.
Intentaba no reír.
—Creo que Pelé piensa que tú trabajas para él.
Tomás volteó.
—¿Y tú no?
Emma sonrió.
—A veces.
Los días siguientes fueron más tranquilos.
Carolina había regresado temporalmente después de resolver sus asuntos familiares, pero Tomás sabía que no podía depender de ella para siempre.
Ella tenía sus propios planes.
Su propia vida.
Y aunque a Emma le gustaba estar con ella, Tomás no quería obligarla a quedarse.
La felicidad de su hija no podía depender de una sola persona.
Necesitaban encontrar una solución.
Pero encontrar una persona capaz de entrar en la casa de los Rojas parecía más difícil que reparar un automóvil destruido.
Y Tomás sabía mucho de autos destruidos.
Una tarde, mientras arreglaba una camioneta en el taller, recibió una llamada.
Era la agencia.
Otra vez.
Tomás miró el teléfono.
Durante unos segundos pensó en no responder.
Pero finalmente contestó.
—¿Sí?
—Señor Rojas, tenemos una nueva candidata.
Tomás soltó una pequeña risa cansada.
—¿Otra?
—Sí.
—¿Sabe dónde se está metiendo?
La mujer dudó.
—Le explicamos la situación.
—¿Le dijeron lo del gallo?
—Sí.
Tomás esperó.
—¿Y aceptó?
—Dice que no tiene problemas con los animales.
Tomás miró el auto que estaba reparando.
—Eso dicen todos.
La quinta niñera se llamaba Marta.
Tenía cuarenta años.
Era una mujer tranquila, con una voz suave y una paciencia que parecía infinita.
Cuando llegó a la casa, no entró mirando todo con sorpresa.
No preguntó por qué había tantos animales.
No dijo que había demasiado desorden.
Simplemente sonrió.
—Buenos días.
Emma estaba junto a Pelé.
Esperaba la reacción.
Marta observó al gallo.
Pelé observó a Marta.
Pasaron varios segundos.
Una batalla silenciosa.
Finalmente Marta dijo:
—Hola, Pelé.
Emma abrió los ojos.
—¿Cómo sabes su nombre?
Marta sonrió.
—Tu papá me habló de él.
Emma miró a Tomás.
—¿Le contaste?
Tomás levantó las manos.
—Era necesario.
Marta se acercó un poco al gallo.
—Me dijeron que eres el guardián de la casa.
Pelé infló el pecho.
Emma no pudo evitar sonreír.
—Creo que le gustó eso.
Durante los primeros días, Marta parecía perfecta.
Sabía cocinar.
Sabía organizar la casa.
Sabía tratar con niños.
Y lo más importante:
No tenía miedo de Pelé.
Pero Emma seguía esperando el momento en que se cansaría.
Porque esa era la parte que nadie entendía.
Emma no hacía travesuras solamente porque le parecían divertidas.
Algunas veces lo hacía porque quería comprobar algo.
Quería comprobar cuánto tardaban las personas en irse.
Era una prueba.
Una forma de protegerse.
Si alguien se iba rápido, dolía menos.
Si alguien se quedaba, entonces comenzaba el verdadero miedo.
Porque querer a alguien significaba tener algo que perder.
Y Emma ya había perdido demasiado.
Marta intentó acercarse poco a poco.
No preguntaba demasiado.
No obligaba a Emma a hablar.
Simplemente estaba presente.
Una tarde estaban preparando galletas.
Emma mezclaba los ingredientes mientras Marta cortaba la masa.
—¿Sabes algo? —dijo Marta.
—¿Qué?
—Creo que tu casa es muy especial.
Emma levantó una ceja.
—¿Especial?
—Sí.
—La mayoría dice que es un desastre.
Marta sonrió.
—También puede ser un desastre y ser especial.
Emma se quedó pensando.
Nunca había visto las cosas así.
—¿Y Pelé?
Marta miró hacia la ventana.
El gallo estaba observándolas.
—Él es una categoría aparte.
Emma soltó una risa.
Una pequeña.
Pero verdadera.
Todo parecía ir bien.
Hasta que ocurrió el incidente.
El día que Pelé fue acusado de un crimen.
Todo comenzó con una torta.
Una simple torta.
Tomás había comprado un pastel para llevar al taller porque era el cumpleaños de uno de sus compañeros.
Lo dejó en la cocina mientras se cambiaba.
Un error.
Porque en esa casa nada podía quedarse sin vigilancia.
Especialmente comida.
Cuando volvió, encontró a Emma, Marta y los animales reunidos.
Y la torta estaba desaparecida.
Completamente.
Solo quedaban unas migajas.
Tomás miró alrededor.
—¿Qué pasó?
Silencio.
Max miraba al suelo.
Los gatos estaban demasiado tranquilos.
Las gallinas caminaban como si nada.
Y Pelé...
Pelé tenía una pequeña mancha de crema en el pico.
Tomás abrió los ojos.
—Pelé.
El gallo retrocedió.
Emma inmediatamente lo defendió.
—No fue él.
Tomás señaló el pico.
—Emma.
—Puede haber sido una trampa.
Marta intentó no reír.
—¿Una trampa?
Emma asintió.
—Sí.
—¿Quién pondría una trampa usando una torta?
Emma miró a los gatos.
Los gatos miraron hacia otro lado.
La investigación comenzó.
Porque para Emma, descubrir la verdad era importante.
No porque le importara la torta.
Sino porque Pelé era su compañero.
Su amigo.
El único que había estado con ella incluso en los peores momentos.
Primero interrogó a Max.
—¿Viste algo?
Max movió la cola.
No ayudó mucho.
Luego preguntó a los gatos.
Misha simplemente se fue.
Copito bostezó.
Las gallinas parecían culpables de todo.
Finalmente miró a Pelé.
—Dime la verdad.
El gallo permaneció serio.
Emma lo miró.
—¿Te comiste la torta?
Pelé desvió la mirada.
Eso era sospechoso.
Pero entonces ocurrió algo.
Luna comenzó a ladrar cerca del patio.
Emma siguió el sonido.
Detrás de unas plantas encontró algo.
Un pedazo de papel.
Y huellas.
Pequeñas huellas.
De gato.
Emma miró a Copito.
El gato inmediatamente salió corriendo.
—¡Te descubrimos!
Tomás observó sorprendido.
La torta no había sido robada por Pelé.
Había sido una operación conjunta.
Copito había tirado la caja.
Misha había escondido parte del envoltorio.
Y Pelé simplemente había llegado al final.
—Entonces Pelé es inocente —dijo Emma.
Tomás miró al gallo.
—Inocente de esta vez.
Pelé levantó la cabeza orgulloso.
Como si hubiera ganado un juicio.
Esa noche, mientras cenaban, ocurrió algo inesperado.
Marta estaba contando una historia.
Emma escuchaba.
Tomás observaba.
La escena parecía normal.
Como una familia.
Y esa palabra le asustó.
Familia.
Porque desde la muerte de Mariana, Tomás había tenido miedo de reconstruir algo nuevo.
Sentía que hacerlo significaba dejar atrás a su esposa.
Pero mirando a Emma reír, comprendió algo.
Recordar a Mariana no significaba quedarse atrapado en el pasado.
Significaba llevarla con ellos.
Más tarde, cuando Emma dormía, Tomás habló con Marta.
—Quiero agradecerte.
Ella sonrió.
—¿Por qué?
—Porque has tenido paciencia.
Marta miró hacia la habitación de Emma.
—Ella no necesita que la cambien.
Tomás quedó en silencio.
—Necesita que la entiendan.
Esa frase se quedó con él.
Porque era exactamente lo que él también había sentido.
No necesitaba que alguien arreglara a Emma.
Necesitaba que alguien la acompañara.
Pero la tranquilidad no duró mucho.
Porque una semana después, Marta recibió una llamada.
Tenía que mudarse temporalmente para cuidar a un familiar enfermo.
Y aunque prometió volver cuando pudiera, Tomás sabía lo que significaba.
Otra despedida.
Otra persona que se iba.
Cuando se lo dijeron a Emma, la niña no lloró.
No gritó.
Solo dijo:
—Está bien.
Pero Tomás sabía que esa respuesta significaba todo lo contrario.
Esa noche encontró a Emma sentada en el jardín junto a Pelé.
—¿Estás triste?
Ella negó.
—No.
Tomás se sentó junto a ella.
—Emma.
La niña acarició las plumas del gallo.
—Estoy acostumbrada.
Esa frase dolió más que cualquier llanto.
Porque una niña no debería estar acostumbrada a perder personas.
Tomás abrazó a su hija.
Y por primera vez tomó una decisión.
No buscaría solamente una niñera.
Buscaría a alguien que pudiera ayudar realmente a Emma.
Alguien que entendiera su dolor.
Alguien que supiera que detrás de cada travesura había una herida.
Porque quizás el problema nunca fue encontrar una persona que cuidara la casa.
El verdadero desafío era encontrar a alguien que cuidara el corazón de Emma.
Y esa persona todavía no había llegado.
Pero estaba más cerca de lo que todos imaginaban.