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Imperio De Mentiras.

Imperio De Mentiras.

Status: En proceso
Genre:Mafia / Traiciones y engaños / Atracción entre enemigos
Popularitas:2k
Nilai: 5
nombre de autor: Dalia Hache

El imperio más codiciado de Italia que no le pertenece a nadie… excepto a él.

Ella heredó algo que no le pertenecía y él está dispuesto a quitárselo.

Entre pasiones calculadas y verdades que amenazan con destruirlos a ambos, la pregunta no es quién ganará… sino quién caerá primero en su propia trampa.

NovelToon tiene autorización de Dalia Hache para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 15

Fabiola cruzó el área de garajes a paso acelerado, manteniendo la vista fija en la figura de Alejandro, quien avanzaba hacia el estacionamiento privado con zancadas largas y una rigidez aterradora en la espalda. Antes de que él alcanzara su vehículo, ella se desvió velozmente hacia la zona de invitados, donde su deportivo personal —un coupé negro azabache de líneas afiladas y motor silencioso— aguardaba aparcado bajo la sombra de un cobertizo.

El motor del auto de Alejandro, una camioneta blindada de vidrios profundamente polarizados, rugió en el aire antes de salir disparado hacia la carretera principal. Fabiola no perdió un segundo: encendió el suyo, esperó unos segundos cruciales para guardar una distancia prudente y se incorporó al tráfico.

Manejar en esas condiciones era un arte que dominaba a la perfección. Mantuvo dos vehículos de distancia en todo momento, ocultando la silueta de su deportivo entre los camiones de carga y los autos particulares que transitaban la autopista hacia la zona industrial de Turín. Mientras conducía, sus dedos apretaban el volante con fuerza. La curiosidad, esa chispa peligrosa que siempre la había empujado al límite, ahora quemaba como fuego vivo en sus venas. ¿A dónde iba Alejandro con semejante prisa? ¿Y por qué la simple mención de un faltante en los manifiestos había transformado al refinado socio inversionista en una figura tan sombría?

El trayecto se extendió durante veinte minutos hasta que los edificios corporativos y las zonas residenciales desaparecieron, cediendo el paso a las siluetas grises de la zona portuaria del río Po. La camioneta de Alejandro se desvió por un camino secundario flanqueado por altos muros de hormigón y alambradas de espino, adentrándose en el sector más antiguo y abandonado de los muelles.

Fabiola apagó las luces del deportivo varias cuadras antes y avanzó a velocidad mínima sobre el asfalto gastado. Estacionó el auto detrás de una fila de contenedores en desuso, envuelta en la oscuridad densa de la niebla matutina. Con el corazón martilleando contra sus costillas, bajó del vehículo procurando no hacer el menor ruido con sus botas de piel, internándose en el laberinto de hierro y salitre.

Avanzando a la sombra de los gigantes de acero, Fabiola siguió el eco lejano de voces graves y el sonido de puertas metálicas que se cerraban. Llegó a las afueras del almacén número cuatro, una nave industrial de fachada corroída cuyos ventanales superiores estaban cubiertos de suciedad y hollín.

Con extrema cautela, Fabiola rodeó la estructura hasta encontrar una escalera de servicio de hierro oxidado que conducía a una pasarela elevada de mantenimiento. Subió peldaño a peldaño, controlando cada inhalación, hasta alcanzar una ventana rota cuya cristalera le permitía una vista panorámica e ininterrumpida del interior.

Lo que vio a través del cristal roto hizo que el aire se atascara en su garganta.

El almacén no era un centro de distribución legal. Decenas de hombres vestidos con chaquetas tácticas oscuras, armados con fusiles de asalto y radios de frecuencia corta, rodeaban el perímetro de la nave. En el centro de la estancia, bajo la luz cruda de un único reflector industrial, se erguía una escena salida de una pesadilla.

En medio del recinto, un hombre de aspecto demacrado y ropa manchada de grasa estaba atado a una silla de metal pesada. Frente a él, quitándose lentamente la chaqueta de vestir y arremangándose la camisa blanca con una parsimonia espeluznante, estaba Alejandro.

A un costado, Dominic permanecía de pie con la mandíbula apretada y las manos cruzadas a la espalda, acompañado por otro sujeto corpulento con una cicatriz en la sien. Pero Alejandro no estaba mirando a Dominic. Toda su atención estaba fija en el hombre atado.

—Voy a preguntártelo una sola vez más, Pavel —dijo Alejandro. Su voz no era un grito; era un murmullo helado, grave y carente de cualquier rastro de humanidad, un tono que Fabiola jamás le había escuchado.

—Señor... se lo juro por mi vida, yo no toque esas cajas... los manifiestos venían así desde Livorno —suplicó el hombre, temblando compulsivamente, con la cara ensangrentada y la respiración agónica.

Fabiola contrajo las pupilas. El hombre atado no era Dominic, sino uno de los encargados del turno de noche en el muelle.

Sin perder la calma, Alejandro caminó hacia una mesa metálica donde descansaban varias herramientas de inspección industrial. Tomó una barra de acero macizo, sopesando el peso en su mano derecha con la tranquilidad de quien realiza una tarea cotidiana.

—Me mientes —sentenció Alejandro, girándose con una lentitud calculada—. En mi organización no hay margen para la negligencia, pero menos aún para los ladrones que creen que pueden robarle a la *Familia Santamaría* y salir impunes.

Fabiola tragó seco desde su escondite en la pasarela. *“En mi organización”... “La Familia Santamaría”*. Las palabras retumbaron en su mente con la fuerza de un rayo. Alejandro no era un simple empresario con dinero sospechoso o un inversionista agresivo. El tono, la autoridad absoluta y la devoción ciega con la que todos los hombres armados lo miraban revelaban la verdad desnuda: Alejandro Santamaría era el *Don*, el líder supremo de la red criminal que gobernaba las sombras del norte de Italia.

Antes de que el hombre pudiera articular otra súplica, Alejandro descargó la barra de acero con una precisión quirúrgica contra la rodilla del sospechoso.

El estruendo del hueso rompiéndose y el alarido desgarrador del hombre retumbaron en las paredes del almacén, haciendo que a Fabiola se le helara la sangre en las venas. Sostuvo su propia boca con ambas manos para contener cualquier jadeo de dolor o sorpresa. A pesar de su carácter frío y de la ambición despiadada que siempre la había caracterizado, presenciar la brutalidad pura y sistemática en vivo era algo para lo que su mente no estaba preparada.

Alejandro no se inmutó ante los gritos. Se inclinó sobre el hombre agonizante, agarrándolo del cabello con fuerza para obligarlo a mirarlo de frente.

—Dime quién te dio la orden de alterar los registros de la aleación —exigió Alejandro, con una mirada tan oscura que parecía devorar la poca luz del reflector—. Si me das el nombre de quien te pagó, te dejaré salir caminando de este muelle. Si sigues mintiendo, no vas a volver a ver la luz del día.

El hombre, destruido por el dolor y el pavor, quebró su resistencia en un sollozo desesperado.

—¡Fue un intermediario! ¡Un hombre de Praga! —gritó el herido, derramando lágrimas y sangre—. ¡Me pagó cincuenta mil euros para que pasara las cajas sin registrar antes de que llegara su escolta! ¡Se lo juro, Señor Santamaría, no sé nada más!

Alejandro lo soltó con desprecio, dejando que el hombre se desplomara hacia adelante contra las cuerdas. Se limpió una diminuta mancha de sangre del puño de la camisa con un pañuelo de seda y miró hacia Dominic.

—Llévenselo —ordenó Alejandro a dos de sus guardias armados—. Enciérrenlo en el depósito secundario hasta que verifiquemos la ruta de Praga. Si la información es falsa, acaben con él.

—Entendido, *Don* Alejandro —asintió Dominic con una inclinación de cabeza perfecta, ocultando bajo su máscara de lealtad la tensión de saber que el cerco sobre el robo se estaba cerrando peligrosamente.

Fabiola permaneció inmóvil en la pasarela alta, pegada a la pared de ladrillos fríos, sintiendo cómo el sudor helado le resbalaba por la nuca.

Allí abajo, Alejandro se ponía de nuevo la chaqueta del traje, ajustándose los botones con la misma elegancia impecable con la que presidía las reuniones del consejo en Galván Motores. La dualidad era aterradora: el mismo hombre que la miraba con una fascinación intensa en la oficina, que olía a perfume caro y hablaba de estrategias de mercado, era un monstruo implacable capaz de lisiar a un hombre sin parpadear.

En ese instante, las piezas del rompecabezas terminaron de encajar en la cabeza de Fabiola con una claridad aplastante.

El dinero infinito para comprar las acciones de su empresa, la capacidad para silenciar a la prensa, la autoridad con la que encaraba a los ejecutivos más ancianos y la presencia constante de escoltas entrenados... Todo. Alejandro no estaba jugando a los negocios; estaba usando su imperio corporativo como la fachada de un dominio mucho más vasto, oscuro y letal.

Alejandro caminó hacia la salida del almacén flanqueado por Dominic. Antes de cruzar el portón metálico, se detuvo un segundo y miró hacia arriba, escudriñando las sombras de la estructura de hierro.

Fabiola se pegó aún más contra la pared, aguantando la respiración, sintiendo cómo el pulso le retumbaba en los oídos. Durante tres segundos agonizantes, creyó que él la había descubierto. Sin embargo, Alejandro simplemente se acomodó el cuello de la camisa y salió al exterior, dejando que el portón se cerrara con un golpe pesado que retumbó en la nave vacía.

Solo cuando el eco de los motores de la comitiva se perdió en la distancia de la zona portuaria, Fabiola se permitió exhalar.

Bajó de la pasarela con piernas temblorosas pero paso firme, cuidando de no dejar una sola huella ni hacer ruido. Regresó a su deportivo oculto tras los contenedores, subió al vehículo y cerró la puerta en absoluto silencio.

Apoyó las manos sobre el volante, mirando su reflejo en el retrovisor. Sus ojos oscuros ya no reflejaban solo arrogancia o desafio; ahora había en ellos un conocimiento peligroso. Había descubierto el secreto más guardado del hombre que pretendía destruirla.

Alejandro Santamaría era el Don de la mafia. Y ella, lejos de huir aterrorizada, acababa de entender exactamente qué clase de monstruo tenía sentado a su derecha en el consejo directivo. La guerra por el imperio Galván ya no era un simple juego de patentes y dinero: era un baile sobre la filo de una navaja donde el primer error significaba la muerte.

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Isis Vargas Pinzon
Mientras actualizas me iré a leer otra de tus novelas, chica, pero por favor, no tardes mucho, ésta historia está buenísima 👏👏👏 felicidades por tu excelente redacción y gran talento para escribir, eres de las pocas escritoras que he leído sin faltas de ortografía 👏👏👏👏👏 mis respetos chica.!!!
Isis Vargas Pinzon
Alejandro y Stefano parecen gemelos y Elena es preciosa, mucho más que Fabiola que es la protagonista de ésta historia 😳😳😳
Isis Vargas Pinzon
Mmmm... me imaginé más hermosa y sensual a Fabiola, y a Alejandro más atractivo y de belleza italiana como el actor de 365 días que está woow, súper sexy.!!!
Dalia Hache: Jajajajajaja si, es que fue más o menos acorde a como serian 🤭🤭🤭🤭
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Isis Vargas Pinzon
Inténtalo cabron de mier...a ver quién sale perdiendo 🤣😂 y Elena ya se dió cuenta de lo bajo que a caído al haber estado con los dos hermanos, la tonta, es una mujer sin pizca de dignidad ni amor propio.
Isis Vargas Pinzon
Ándele cabrones jajajaja jajajaja jajajaja
Isis Vargas Pinzon
Por fin se está poniendo emocionante la historia, nunca debe faltar una Elena en la vida de los protagonistas 😂🤣👏👏👏
Isis Vargas Pinzon
Qué tal.??? Ella no se deja y siempre quiere tener el control 😂😂😂
Isis Vargas Pinzon
¡¡¡ Woow.!!! ¡¡¡ Qué chingoneria de mujer 😳 y Alejandro fascinado... que comience la seducción.!!! ❤️❤️
Isis Vargas Pinzon
Quiero fotos de Fabiola y Alejandro por favor Escritora, estoy muy emocionada y sumamente intrigada con lo que pasará con éstos dos, tan fuertes en su personalidad pero a la vez no dejan de ser humanos... muy interesante la trama 👏👏👏👏👏
Dalia Hache: Voy a poner fotos de los personajes, gracias por la sugerencia 🥰🥰
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Jessie Zurita
que falta de respeto terminar una novela así que pasa después ??
Dalia Hache: La novela no se ha terminado 🤔🙄🤣🤣🤣
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