Unas vacaciones de libertad era todo lo que Maya buscaba para escapar de una rutina asfixiante y de un novio que no la valoraba. Lo que nunca imaginó fue cruzarse con él: un hombre misterioso, de cabello oscuro y una mirada color miel tan magnética como peligrosa. Entre ellos, la atracción no fue normal; fue una obsesión instantánea. Fueron días y noches de una pasión ardiente, salvaje y sin reglas, bajo una única condición: no decirse sus nombres para que el sueño fuera eterno.
Pero los sueños terminan. Él desapareció primero, dejándola con el corazón acelerado y una realidad demoledora al regresar a casa. Tras enterarse de que estaba embarazada, su novio la abandonó de la peor manera, dejándola sola y señalada. Si no hubiera sido por el amor incondicional de su abuelo Walter, Maya no habría sabido cómo salir adelante.
Tres años después, el Destino los volvió a unir
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Capítulo 13: El encuentro en la recepción
Maya no miró atrás. Aprovechó el espacio libre que Demian le había dejado al abrir la puerta y caminó a paso rápido por el pasillo de la alta gerencia, sintiendo que el aire regresaba a sus pulmones de manera entrecortada. Los tacones de sus zapatos repicaban contra el suelo de mármol con una prisa que delataba el pánico absoluto que llevaba por dentro. Al llegar al distribuidor de los ascensores, presionó el botón de descenso tres veces seguidas, con los dedos rígidos por la adrenalina.
Cuando las puertas metálicas se abrieron, se deslizó al interior del cubículo de inmediato y presionó el botón del piso inferior, el lobby principal. Necesitaba salir de esa planta, alejarse del magnetismo asfixiante de ese hombre y, sobre todo, recuperar a su hija.
Justo cuando las puertas de acero inoxidable comenzaban a cerrarse para sellar su escape, una mano grande y de dedos firmes se interpuso entre ellas, obligando al sistema de seguridad a abrirlas de golpe con un pitido electrónico.
Demian entró al ascensor.
No venía corriendo; caminaba con esa parsimonia imponente y peligrosa que lo caracterizaba, con la chaqueta de su traje oscuro perfectamente entallada y los puños cerrados a los costados. Sus ojos miel, fijos en ella, brillaban con una insatisfacción evidente. El rechazo de Maya en la sala de juntas no había hecho más que avivar el fuego de su fijación. Las puertas se cerraron finalmente, atrapándolos a ambos en el pequeño espacio cuadrado mientras el elevador iniciaba su descenso vertical.
—¿Hasta cuándo piensas seguir huyendo de mí, Maya? —preguntó Demian con una voz grave, baja y rítmica que rebotó en las paredes del ascensor—. Puedes ponerme las pantallas corporativas que quieras y amenazarme con cancelar los contratos, pero sabes perfectamente que tú y yo tenemos cuentas pendientes que los abogados no van a resolver.
Maya apretó las carpetas contra su pecho, clavando la vista en el indicador digital de los pisos, ignorando la proximidad de su cuerpo.
—No hay ninguna cuenta pendiente, señor Demian —respondió ella, forzando una frialdad matemática en su tono, aunque sentía que el cubículo se volvía cada vez más pequeño—. Lo que pasó en el Caribe fue un acuerdo mutuo que caducó en el momento en que usted dejó esa nota. Ahora manténgase al margen. No tiene ningún derecho a seguirme.
—Tengo todo el derecho del mundo a reclamar lo que considero mío —replicó él con una posesividad implacable, acortando la distancia entre ambos—. Pasé tres años buscando a la mujer que me descolocó la vida entera. No voy a dar la vuelta e irme solo porque ahora decidiste usar un traje sastre y un tono de voz ejecutivo. Te conozco, sé cómo tiemblas cuando te toco y no voy a parar hasta tenerte de regreso en mi cama.
El indicador digital marcó el número cero con un timbre sonoro y las puertas del ascensor se deslizaron hacia los lados, abriéndose de par en par hacia el lobby principal de la empresa.
Maya no esperó a que él terminara la frase. Salió del cubículo casi a zancadas, buscando con la mirada el área de la recepción, un espacio amplio con sillones de cuero blanco y grandes ventanales que daban a la avenida principal. Su único objetivo era tomar a su pequeña y salir huyendo de ahí antes de que el peligro fuera irreversible.
Fue entonces cuando el mundo se detuvo para Maya.
Desde la zona de espera, la niñera que cuidaba a la niña por las tardes se levantó al ver aparecer a su jefa. Venía empujando una carriola de pasear de color gris claro. En el interior del cochecito, una preciosa bebé de dos años, vestida con un mameluco rosa pálido y con el cabello castaño alborotado en pequeños rizos, se enderezó de inmediato en su asiento al reconocer la figura de su madre.
—¡Ma-má! —balbuceó la pequeña Cielo con una vocecita clara y alegre, estirando sus bracitos regordetes hacia el frente, moviendo las manos con entusiasmo, feliz por el reencuentro tras las largas horas de junta.
A Maya se le cayó el alma al piso. Un frío helado, destructivo y absoluto le recorrió la espina dorsal, paralizándole las piernas a mitad del pasillo de la recepción. Su peor pesadilla se estaba materializando frente a sus ojos.
Demian, que venía caminando justo detrás de ella con la intención de tomarla del brazo para obligarla a escucharlo, se detuvo en seco en medio del vestíbulo.
Su mirada felina se desvió de la espalda de Maya hacia la carriola que avanzaba hacia ellos. Sus pupilas se dilataron por completo y la mandíbula se le tensó de una manera tan violenta que los músculos de su rostro parecieron de piedra. El imponente CEO internacional, el hombre de treinta y tres años que manejaba imperios con mano de hierro y que nunca se inmutaba ante nada, quedó petrificado en su lugar, con la respiración suspendida en los pulmones.
Sus ojos miel fijos en la pequeña Cielo se oscurecieron por completo, atrapados por una revelación que amenazaba con hacer volar por los aires toda la estructura de su realidad. El silencio regresó a la recepción con la fuerza de un impacto, y Maya supo, por la fijeza de su mirada, que el secreto que tanto había protegido estaba a un milímetro de ser descubierto.
amor! Gracias por no extender los dramas!!!