Muchos hombres en un Harén. Un trono y un corazón que no sabe a quién elegir. En el Reino del Sol Naciente, las mujeres gobiernan y los hombres sirven. Aiko es una princesa destinada a convertirse en emperatriz (Jotei) y, como manda la tradición, recibirá a tres consortes para empezar a formar su futuro harén.
Cada uno es diferente. Cada uno tiene sus propios secretos. Y cada uno podría ocupar un lugar distinto en el corazón de la futura emperatriz.
Pero Aiko pronto descubrirá que elegir a quién amar puede ser mucho más difícil que elegir a un compañero con quién gobernar.
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Terreno perdido, o no tanto
Terreno perdido
El jardín privado de Aiko olía a jazmín esa mañana, con el sol ya alto pero todavía soportable bajo la sombrilla de papel encerado que un sirviente sostenía sobre su cabeza, un paso detrás de ella, siguiendo cada uno de sus movimientos sin que se lo pidiera.
Otro sirviente, arrodillado detrás del asiento de bambú, le masajeaba los hombros con las manos firmes, mientras Sakura, sentada a su lado, le limaba las uñas con una concentración silenciosa que no le impedía escuchar cada palabra que se decía alrededor.
Aiko tenía la mirada puesta en el estanque, donde el koi de bigotes largos —el que le había regalado a Kaito apenas el día anterior— nadaba cerca de la orilla. Estiró una mano para rozarle el lomo cuando emergió a la superficie, justo cuando Ren apareció por el sendero, todavía con la túnica de su clase de protocolo y comportamiento para consortes puesta.
—Aiko, te estuve buscando —dijo, con su tono dulce y agradable que tanto le gustaba a la princesa.
—Ren —dijo Aiko, y la aspereza que había tenido un segundo antes se disolvió de golpe, sin que pudiera evitarlo, dando paso a una calidez que no le ofrecía a nadie más—. Ven, siéntate conmigo. ¿Qué sucede?
Ren se acercó, todavía tenso, aunque algo en la voz de Aiko pareció aflojarle un poco los hombros.
—Ayer te vi en este mismo jardín, Con Kaito.
Aiko levantó la vista, notando la tensión en la mandíbula de Ren, y esa manera suya de apretar los puños que solo aparecía cuando algo no me gustaba. Aiko sentía que ya lo conocía mucho, a pesar de llevar solo una semana viéndolo.
—Fue un paseo. Nada más, Ren.
—No dije que fuera algo más —replicó él, demasiado rápido, demasiado a la defensiva.
Sakura, sin levantar la vista de las uñas de Aiko, disimuló apenas una sonrisa maliciosa.
—No es que me moleste lo del harén —continuó Ren, bajando la voz, aunque sin lograr esconder del todo la amargura—. Sé cómo funciona esto. Sé que hay noches, que hay reglas, fui educado para eso. Pero un paseo es distinto. Un paseo es algo que elegiste hacer. No estaba en ningún calendario, en ninguna obligación.
Aiko se quedó callada un momento, sorprendida de lo acertado que sonaba el reclamo, aunque nunca lo hubiese pensado en esos términos, después de todo, ella era quien tenía el poder.
—Ren, no es una competencia. Osea lo es, pero no los voy a involucrar en esa locura de ver a quien favorezco más, como querría mi madre.
—Lo sé, es que me dan celos, se que no debería pero así es—admitió él, con una honestidad que pareció costarle—. Cada vez que te veo elegir algo que no tiene que ver con lo que se supone que debes hacer, siento que estoy perdiendo terreno. Que Kaito tiene algo que yo no tengo.
Fue en ese momento que Hiroshi apareció entre los arbustos recortados, con su paso silencioso de siempre.
—Mi señora, Aiko-sama. Un recordatorio: en algún momento de esta semana debe visitar al nuevo consorte. Ryu lleva ya un día esperando.
Aiko apenas giró la cabeza hacia él.
—No lo olvidé, Hiroshi. Ahora estoy ocupada. No puedo dividir me en cuatro claramente y hay muchas otras cuestiones que tratar.
El eunuco inclinó la cabeza y se retiró sin insistir, tan silencioso como había llegado. Apenas se quedaron solos de nuevo, Aiko se puso de pie, dejando que el sirviente con la sombrilla se reacomodara para seguir cubriéndola, y se acercó a Ren.
—Vamos a salir —dijo, con una decisión repentina—. No solo del harén. Del palacio entero. Al mercado.
Ren la miró, desconcertado.
—¿Al mercado?
—Con escolta, por supuesto. No puedo salir sin guardia. Pero vas a tener el privilegio de acompañarme —Aiko sonrió, con algo travieso asomándole en la mirada—. Y te voy a comprar algo. Lo que quieras, o mejor lo que yo decida para ti.
La tensión en los hombros de Ren pareció aflojarse de golpe, aunque todavía quedaba un resto de orgullo herido que no se disolvió del todo.
—No necesito que me compres nada, Hime.
—Lo sé —respondió Aiko, tomándole la mano—. Por eso quiero hacerlo.
Sakura, todavía sentada con el frasco de esmalte entre las manos, observó la escena entera sin decir una palabra, aunque algo en su expresión dejaba claro que había tomado nota de exactamente cuánto terreno, en realidad, tenía Ren sobre los demás.
El mercado resultó ser mucho más de lo que Aiko había imaginado. Quedaba a las afueras del distrito noble, en una plaza abierta donde los puestos se apretaban unos contra otros bajo toldos de colores desteñidos por el sol, ofreciendo especias de olores intensos, sedas traídas de rutas lejanas, y objetos que parecían haber viajado desde regiones que Aiko apenas conocía por los mapas de sus lecciones.
Apenas cruzaron la entrada, con la escolta formando un perímetro discreto pero innegable a su alrededor, un murmullo se extendió entre los puestos.
—¡Es la princesa! —exclamó alguien, y el murmullo se convirtió rápidamente en revuelo: comerciantes que se apresuraban a ordenar sus mercancías, niños que se asomaban entre las piernas de los adultos para verla mejor, un par de ancianas que se inclinaron con una devoción que a Aiko todavía la incomodaba un poco.
—Nunca vine a un lugar así —admitió Ren, caminando a su lado, con una mezcla de fascinación y nerviosismo que Aiko encontró entrañable.
—Entonces hoy es un día de primeras veces —respondió ella, tomándolo del brazo sin pensarlo demasiado, ignorando las miradas que ese gesto atraía.
Recorrieron los puestos despacio, deteniéndose en uno donde un comerciante de piel curtida por el sol exhibía objetos que, según explicó con orgullo, venían de tierras lejanas al oeste, cruzando desiertos que Aiko solo había visto dibujados en pergaminos. Entre telas bordadas y frascos de vidrio soplado, algo llamó su atención: un amuleto pequeño, tallado en una piedra azul veteada, con la forma de un escarabajo alado, colgado de una fina cadena de bronce.
—Es de Egipto, princesa —explicó el comerciante, notando su interés—. Dicen que protege a quien lo lleva puesto. Un símbolo de renacimiento, de protección eterna.
Aiko lo tomó entre los dedos, sintiendo el peso frío de la piedra, y sin dudarlo demasiado se giró hacia Ren.
—Este —decidió—. Es perfecto para ti.
—Aiko, no hace falta...
—Dije que te iba a regalar algo, y esto es justo lo que quiero regalarte —lo cortó ella, ya entregándole las monedas al comerciante antes de que Ren pudiera protestar más.
Se acercó a él y le colgó el amuleto del cuello con sus propias manos, ajustando la cadena con cuidado, mientras Ren se quedaba quieto, dejándose hacer, con una expresión que oscilaba entre la incomodidad de tanta atención pública y algo mucho más cálido por debajo.
—Ahora tienes protección eterna —dijo Aiko, sonriendo, y dando un paso atrás para admirar cómo le quedaba la piedra azul contra su piel—. Nadie va a poder decir que no tienes nada que Kaito no tenga.
Ren se llevó una mano al amuleto, cerrando los dedos alrededor de la piedra con una firmeza que decía mucho más de lo que estaba dispuesto a admitir en voz alta, y por primera vez en todo el día, la tensión de sus hombros pareció desaparecer por completo.