Josué Elian Morel solo quería empezar de nuevo.
Mudarse al Residencial Horizonte 9 parecía una buena idea... hasta que sus vecinos decidieron convertirlo en el principal sospechoso de absolutamente todo.
Una señora con demasiado tiempo libre, un anciano filósofo, un millonario excéntrico y una ilustradora que siempre aparece en sus peores momentos están convencidos de que oculta algo.
El problema es que Josué no es un villano.
Tiene muy mala suerte.
Aunque, siendo honestos...
ya está cansado de intentar explicarlo.
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Capítulo 19: Los Chismosos
A la mañana siguiente...
el Residencial Horizonte 9 despertó con una noticia.
Y, sorprendentemente...
no la había iniciado Doña Milagros.
La había iniciado Tomás.
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A las siete en punto...
el grupo de WhatsApp recibió un mensaje.
> Tomás: "Tengo pruebas de que el apartamento 507 y el 908 esconden un secreto."
En menos de un minuto...
el grupo explotó.
> "¿Qué pasó?"
> "¡Cuenta!"
> "¿Otra investigación?"
> "¡No nos dejes con la duda!"
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Tomás respondió con una sola frase.
> "Todavía no puedo revelar los detalles."
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Eso fue peor.
Ahora todos querían saber.
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Mientras tanto...
Josué salía rumbo a la tienda.
Llevaba audífonos y una lista de compras.
No tenía idea de que medio edificio hablaba de él.
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En el quinto piso...
Aileen respiró aliviada.
—Qué bueno que Tomás no dijo nada más...
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Cinco segundos después...
sonó su celular.
Era Clara.
—¿Ya viste el grupo?
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—No...
¿Pasó algo?
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—Digamos que Tomás heredó el talento de Doña Milagros.
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Aileen abrió el grupo.
Leyó los mensajes.
Y se llevó una mano a la frente.
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—Ay, no...
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En la recepción...
Doña Milagros caminaba de un lado a otro.
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—Marta...
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—¿Qué ocurre ahora?
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—Tomás sabe algo.
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—Pues pregúntale.
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—Ya lo hice.
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—¿Y?
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—Me dijo que la información es confidencial.
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Marta no pudo contener la risa.
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—Te aplicaron la misma estrategia que tú usas.
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Doña Milagros cruzó los brazos.
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—Ese niño aprende demasiado rápido.
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Esa tarde...
Tomás jugaba con un balón en el patio.
Todos los vecinos que pasaban intentaban sacarle información.
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—¿Qué viste?
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—No puedo decirlo.
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—Solo una pista.
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—No puedo.
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—Te doy un helado.
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Tomás lo pensó.
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—Dos helados.
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—¡Hecho!
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Cuando estaba a punto de hablar...
apareció Don Aurelio.
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—Muchacho.
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—¿Sí?
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—Los secretos ajenos no se venden por helados.
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Tomás bajó la cabeza.
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—Tiene razón.
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Le devolvió el dinero al vecino.
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—Lo siento.
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Don Aurelio sonrió.
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—Muy bien.
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A unos metros...
Josué regresaba con las bolsas del supermercado.
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Al verlo...
Tomás corrió hacia él.
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—¡Josué!
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—¿Qué pasa?
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—Quería pedirte perdón.
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Josué frunció el ceño.
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—¿Por qué?
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—Porque creo que hablé de más.
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Josué sonrió.
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—No te preocupes.
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Le revolvió el cabello.
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—Todos nos equivocamos alguna vez.
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Tomás sonrió aliviado.
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Desde una banca cercana...
Aileen observó la escena.
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Pensó en el retrato.
En el festival.
En la exposición.
Y ahora...
en la paciencia con la que Josué trataba al niño.
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Sin darse cuenta...
volvió a sonreír.
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Doña Milagros la vio desde la ventana.
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—Marta...
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—¿Qué?
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—La señorita Nakamura volvió a sonreír cuando miró al 908.
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Marta soltó un largo suspiro.
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—Milagros...
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—¿Sí?
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—Prométeme que no vas a crear otra teoría.
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Doña Milagros guardó silencio unos segundos.
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Luego respondió con una sonrisa.
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—No será una teoría.
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—¿Entonces?
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—Creo...
que esta vez es una certeza.
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Esa noche...
cuando el edificio finalmente quedó en silencio...
alguien dejó un pequeño sobre frente al apartamento de Josué.
Sin nombre.
Sin remitente.
Solo una nota escrita a mano.
> "Gracias por creer en mí cuando yo no lo hacía."
Josué abrió el sobre lentamente.
Reconoció la letra de inmediato.
Era de Aileen.
Sonrió sin darse cuenta.
Y, por primera vez desde que llegó al Residencial Horizonte 9...
sintió que aquel edificio empezaba a parecerse...
a un hogar.
Muy bueno!