Sofía siempre ha obedecido a sus padres por miedo a decepcionarlos. Su vida cambia cuando su padre y el mejor amigo de este,, deciden obligarlos a casarse para unir a sus familias y sus empresas.
Adrián, el heredero de una de las empresas más poderosas de Rusia, tampoco desea ese matrimonio. Obligados a compartir una vida que ninguno eligió, ambos descubrirán que el destino puede cambiarlo todo.
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capitulo 21
Sofía
Minutos después, tocaron la puerta. Adrián bajó a buscar la comida para que cenáramos en la habitación. Intentó distraerme sugiriendo que viéramos una película, pero yo no tenía la cabeza para eso; el simple pensamiento de mi padre y su traición me revolvía el estómago de pura decepción. Aun así, dejé que la pusiera solo para ahogar el silencio.
Cuando terminamos de comer, nos metimos juntos a la ducha. Necesitaba el calor del agua y el contacto de su cuerpo para apagar el frío que sentía por dentro. Al salir, nos pusimos ropa cómoda y nos metimos a la cama. Él me rodeó la cintura con fuerza y yo me acurruqué contra su pecho, buscando un refugio que ya no se sentía del todo seguro.
No sé cuánto tiempo llevábamos así cuando el zumbido de un celular comenzó a romper la calma de la madrugada. Me desperté de golpe, estiré el brazo y tomé el aparato de la mesita de noche. Adrián se incorporó conmigo al instante.
—¿Hola, Daría? —contesté con la voz todavía ronca de sueño.
—Te estoy llamando desde hace rato, Sofía. Perdona la hora, pero ya aterrizué. ¿Puedes venir por mí al aeropuerto?
Miré Adrián pidiéndole ayuda en silencio. Él asintió de inmediato. ya voy por ti —le dije todavía con la voz un poco ronca
Me puse un abrigo grueso sobre la pijama, Adrián se tiró una camisa por encima y salimos de la casa hacia el auto. Eran casi las seis de la mañana, y el cansancio me pesaba en los párpados como plomo.
El trayecto duró una hora entera en completo silencio. Cuando por fin llegué al estacionamiento del aeropuerto, le mandé un mensaje rápido y, un par de minutos después, la vi salir por las puertas automáticas.
No aguanté más. Salí corriendo y me lancé a sus brazos, dejando que las lágrimas que había aguantado toda la noche finalmente se rompieran.
—No debí dejarte sola, Sofía... lo siento tanto —me susurró Daría, apretándome con fuerza contra su pecho.
Me aparté un poco para secarme la cara y empezamos a caminar hacia el vehículo.
—Es mejor que subamos al auto, hace mucho frío aquí fuera.
Una vez adentro, señalé al asiento del piloto.
—Daria... él es mi esposo, Adrián.
Mi hermana lo miró con una fijeza que me hizo dudar.
—Estuve presente el día de tu boda, me senté en la última banca —dijo ella, con una frialdad gélida en la voz—. Te veías hermosa, Sofía, pero... ¿nuestros padres te obligaron a casarte? Dime la verdad.
—Cuando lleguemos a casa hablamos de eso, por favor —pedí, apretando las manos en mi regazo.
Otra hora de camino de vuelta. Al llegar a la casa, me quité el abrigo y dejé al descubierto mi pijama. Nos instalamos en la sala y Adrián fue inmediatamente a buscar a uno de los sirvientes para que le prepararan la habitación de invitados a mi hermana.
Pero en cuanto adrian se fue, Daría se inclinó hacia mí, tomándome de las manos con desesperación.
—Sofía, quiero que hagas maletas y te vengas conmigo. Cometí un error al dejarte aquí sola con estos monstruos, perdóname. No pensé que, al irme, las cosas se pondrían así de feas. Te vas a divorciar y nos vamos a ir a vivir a mi ciudad. Estoy a punto de casarme, pero a mi prometido no le importará que te lleves un tiempo con nosotros.
Me quedé helada. Sus palabras resonaron en mi cabeza como una promesa de libertad. Quería un nuevo aire, empezar de cero... pero las cadenas de mi vida actual eran pesadas.
—No puedo divorciarme tan fácil, Daría... —murmuré, sintiéndome acorralada.
Unos pasos pesados en la entrada del pasillo nos interrumpieron. Adrián venía caminando hacia nosotras, con la mandíbula apretada y una furia contenida que le quemaba en los ojos.
—Ella no se va a divorciar de mí, nos amamos —espetó Adrián, plantándose frente a nosotras con una intensidad que bordeaba la amenaza—. Le prometí que la iba a apoyar en todo. Al principio el matrimonio fue por obligación de nuestros padres, sí, pero conforme la fui conociendo... me enamoré perdidamente de ella.
Miré a mi hermana y luego a Adrián, sintiendo un remolino en el pecho.
—Daría, sé que quieres lo mejor para mí, y sé que Adrián también... —dije, con la voz temblando por la confusión—. Sí necesito un nuevo aire, necesito concentrarme en lo que me gusta, en lo que quiero... Ya no quiero saber nada de la empresa de mi padre. Pero estoy perdida. No sé qué hacer. Déjame pensarlo, por favor.
La expresión de Adrián cambió de la furia a una desesperación calculada. Se acercó más, mirándome directo a los ojos.
—¿En serio te quieres divorciar de mí después de todo lo que hemos pasado, Sofía? —su voz sonó rota, casi suplicante—. ¿Me vas a dejar así como si nada?
Sin esperar respuesta, dio media vuelta y subió las escaleras a zancadas, perdiéndose en el piso de arriba y dejando un silencio denso y cortante en la sala.
Me quedé ahí, temblando en el sillón, mientras miraba a mi hermana.
—Daría... —le dije en un susurro—, dile a uno de los sirvientes que te muestre la habitación de invitados. Voy hablar con el