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BAJO UN CIELO ROTO

BAJO UN CIELO ROTO

Status: Terminada
Genre:Mundo de fantasía / Completas
Popularitas:2.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Alexa Rodríguez Murillo

La historia sigue a Lucía, una mujer cuya vida aparentemente feliz se derrumba al descubrir los secretos, mentiras y traiciones de Mateo. Entre conspiraciones, pérdidas familiares, persecuciones y dolor, deberá enfrentar su pasado, recuperar su identidad y aprender que sobrevivir no significa olvidar, sino elegir nuevamente vivir con libertad y esperanza.

NovelToon tiene autorización de Alexa Rodríguez Murillo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 22 LA CAJA DE MADERA

La caja permaneció sobre la mesa durante casi una hora.

Lucía no se atrevía a tocarla nuevamente.

La había encontrado dentro de las pertenencias de su abuelo, escondida entre fotografías antiguas, papeles amarillentos y recuerdos que Roberto había conservado durante décadas.

Pero ahora aquella caja ya no parecía un objeto viejo.

Parecía una puerta.

Una puerta hacia una historia que su familia había intentado mantener cerrada durante años.

Lucía seguía pensando en las palabras de su abuelo.

“Si algún día alguien de mi familia encuentra esto, significa que Ferrer ha regresado.”

La frase no dejaba de repetirse en su cabeza.

No sabía cuándo había escrito aquellas palabras.

No sabía cuánto tiempo había permanecido escondido el cuaderno.

No sabía cómo Mateo había encontrado aquella información.

Y tampoco sabía quién era la persona que todos creían muerta.

Su padre estaba sentado frente a ella.

Teresa había llegado unos minutos antes, después de haber permanecido escondida en casa de una vecina mientras la policía revisaba la zona.

Diego seguía desaparecido.

La memoria de Mateo estaba guardada en un lugar seguro.

Y ahora tenían una nueva pieza.

Una pieza que parecía más antigua que todo lo demás.

—Papá —dijo Lucía.

Roberto levantó la mirada.

—¿Sí?

—Quiero que me digas la verdad.

Él permaneció callado.

—Toda.

—Lucía...

—Toda.

Teresa miró a Roberto.

—Ya no podemos seguir ocultándolo.

Roberto cerró los ojos.

—Lo sé.

Lucía apoyó las manos sobre la mesa.

—Entonces empieza por Arturo.

Roberto respiró profundamente.

—Arturo Ferrer no era simplemente un empresario cuando conoció a tu abuelo.

—¿Qué era?

—Un intermediario.

—¿De qué?

—De personas.

Lucía frunció el ceño.

—No entiendo.

—Tu abuelo tampoco entendía al principio.

Roberto tomó el cuaderno.

—Arturo tenía negocios legales. Transporte, almacenamiento, importación. Todo parecía normal.

—¿Y lo ilegal?

—Estaba detrás.

Lucía sintió un escalofrío.

—¿Qué transportaban?

—Dinero.

—Eso ya lo sé.

—No solamente dinero.

Roberto pasó una página.

—Documentos.

—¿Qué documentos?

—Identidades.

Lucía se quedó inmóvil.

—¿Identidades?

—Personas que necesitaban desaparecer.

Teresa bajó la mirada.

—Algunas personas estaban huyendo.

Lucía sintió una presión en el pecho.

—¿De quién?

—De la justicia.

—Entonces Arturo ayudaba a criminales.

Roberto asintió lentamente.

—Eso parece.

—¿Y mi abuelo?

—Tu abuelo empezó transportando mercancía. Después descubrió que algunas cajas no contenían lo que decían.

—Y quiso salir.

—Sí.

—¿Pero por qué siguió?

Roberto tardó.

—Porque Arturo descubrió que sabía demasiado.

Lucía miró la caja de madera.

—¿Qué había dentro de esas cajas?

Roberto negó.

—No lo sabemos todo.

—Pero sí saben algo.

—Sabemos que algunas contenían dinero.

—¿Y las otras?

Teresa respondió:

—Documentos.

Lucía la miró.

—¿Qué tipo de documentos?

Teresa bajó la voz.

—Registros de personas.

Lucía sintió un escalofrío.

—¿Personas desaparecidas?

—Personas que habían cambiado de identidad.

—¿Y eso qué tiene que ver conmigo?

Roberto permaneció callado.

Lucía entendió.

—Mi abuelo guardó los nombres.

—Sí.

—Por eso Arturo quería la caja.

—Sí.

—Y Mateo la encontró.

Roberto asintió.

—Probablemente.

Lucía se puso de pie.

Caminó lentamente hasta la ventana.

La calle estaba tranquila.

Pero ya no se fiaba de la tranquilidad.

—Entonces la memoria de Mateo...

—Contiene parte de esa información.

—Y mi abuelo tenía otra parte.

—Sí.

—¿Por qué?

Roberto respondió:

—Porque tu abuelo comprendió que si entregaba todo, Arturo podría desaparecer.

Lucía se giró.

—¿Desaparecer?

—Cambiar de identidad.

—Como las personas que ayudaba.

—Exactamente.

Lucía sintió que una pieza encajaba.

Arturo no solo había construido una red financiera.

Había construido una red de identidades.

Podía desaparecer una persona.

Podía crear otra.

Podía ocultar dinero.

Podía cambiar documentos.

Y eso explicaba algo que hasta entonces parecía imposible.

El hecho de que todos creyeran que Arturo había muerto.

—Entonces Arturo está vivo.

Roberto asintió.

—Eso cree la gente.

Lucía frunció el ceño.

—¿Cómo puede estar vivo después de tantos años?

—Porque probablemente cambió de identidad.

Lucía pensó en la organización.

En las empresas.

En los nombres.

En las cuentas.

En Esteban.

Si Arturo había desaparecido años atrás, podía haber construido una nueva vida desde las sombras.

—¿Y Esteban?

—Su hijo.

—¿Trabajaba para él?

—Sí.

—¿Desde cuándo?

—Desde muy joven.

Lucía respiró profundamente.

—Entonces Esteban heredó la red.

—En parte.

—¿Y Arturo siguió controlándola?

Roberto no respondió.

Lucía insistió:

—Papá.

—No lo sé.

—Eso no es verdad.

—Es lo que puedo decirte.

Lucía sintió frustración.

—No puedo seguir avanzando si cada respuesta termina con “no lo sé”.

Roberto la miró.

—Porque yo tampoco tengo todas las respuestas.

—Entonces dime lo que sí sabes.

Roberto abrió la vieja libreta del abuelo.

Había varias páginas marcadas.

Una de ellas tenía una fecha:

17 de junio de 1987.

Debajo aparecían tres nombres.

Julián Ferrer.

Arturo Ferrer.

Manuel Andrade.

Lucía sintió un escalofrío.

—Manuel era mi abuelo.

—Sí.

—¿Y quién es Julián Ferrer?

Roberto negó.

—No lo sé.

Lucía pasó la página.

Había una frase:

“Julián sabe lo que Arturo realmente busca.”

Otra:

“No confiar.”

Y una última:

“Si algo me ocurre, llevar los documentos al hombre de la estación.”

Lucía frunció el ceño.

—¿Qué hombre?

—No lo sé.

—¿Y qué estación?

—Tu abuelo nunca lo explicó.

Lucía sintió una mezcla de frustración y fascinación.

Era como recibir un mapa al que le faltaban la mitad de las calles.

Pero cada detalle podía importar.

En ese momento, el teléfono de Roberto vibró.

Todos se quedaron quietos.

Número desconocido.

Roberto no quería contestar.

Lucía tomó el teléfono.

—Dame.

—No.

—Voy a escuchar.

—Lucía...

Ella respondió.

—¿Sí?

No hubo respuesta.

Después una voz masculina.

—Deberías devolver la caja.

Lucía se quedó inmóvil.

—¿Quién eres?

—No importa.

—¿Cómo sabes que tenemos la caja?

Silencio.

—Porque sé lo que contiene.

Lucía sintió un escalofrío.

—Entonces dime.

—Todavía no.

—¿Qué quieren?

—La caja.

—No.

La voz cambió.

—No sabes lo que estás haciendo.

—Eso me dicen todos.

—Porque es verdad.

—Mi familia está en peligro.

—Precisamente.

Lucía apretó el teléfono.

—Devuélvanme a mi hermano.

—Dame la caja.

—Primero él.

—No negocias.

—Entonces tampoco.

Silencio.

Después la voz dijo algo que hizo que Lucía se quedara completamente inmóvil.

—Tu abuelo hizo la misma elección.

La llamada terminó.

Lucía miró a Roberto.

—Saben que tenemos la caja.

Teresa palideció.

—¿Cómo?

Nadie respondió.

La policía llegó nuevamente.

Revisaron la casa.

Preguntaron por la llamada.

Intentaron rastrear el número.

No pudieron.

Pero uno de los agentes sugirió que la caja podía convertirse en una pieza importante de la investigación.

Lucía no quería entregarla inmediatamente.

No porque desconfiara de la policía.

Sino porque la memoria de Mateo había demostrado que la información podía ser más peligrosa de lo que parecía.

Además, Diego seguía secuestrado.

Y si sus enemigos sabían de la caja, necesitaban saber qué buscaban.

No podían entregar algo sin entenderlo.

Aquella tarde, Irene llegó.

Cuando vio la caja, se quedó inmóvil.

—¿Dónde la encontraron?

Lucía la observó.

—En las cosas de mi abuelo.

Irene se acercó.

No la tocó.

—No puede ser.

—¿La conoces?

Irene negó lentamente.

—No personalmente.

—Entonces ¿por qué estás tan sorprendida?

Irene señaló una pequeña marca en la tapa.

—Porque he visto este símbolo.

—¿Dónde?

—En documentos antiguos de Esteban.

Lucía sintió un escalofrío.

—¿Qué significa?

—No lo sé.

—¿Nunca preguntaste?

—No era algo que quisieras preguntar si querías conservar tu trabajo.

Lucía miró la caja.

—Entonces era importante.

—Mucho.

—¿Qué crees que hay dentro?

Irene respiró.

—Algo que puede explicar por qué Arturo necesitaba ocultarse.

Lucía la miró.

—¿Y quién es Arturo ahora?

Irene respondió:

—Eso es lo que nadie sabe.

Esa noche decidieron abrir completamente el compartimiento oculto de la caja.

Había una segunda tapa.

No se veía a simple vista.

Julián, el hombre que habían encontrado en la casa abandonada, explicó cómo abrirla.

Había que presionar una pequeña pieza de madera.

Lucía lo hizo.

La tapa cedió.

Dentro apareció un sobre amarillento.

Y una fotografía.

Lucía tomó la fotografía.

La imagen mostraba a su abuelo, Arturo y otro hombre.

Pero había algo distinto.

En la parte posterior aparecía un nombre:

“Ramiro Salvatierra.”

Irene quedó completamente inmóvil.

Lucía la miró.

—¿Qué pasa?

Irene no respondió.

—¿Conoces ese nombre?

Irene cerró los ojos.

—Sí.

—¿Quién es?

—Mi padre.

Lucía se quedó inmóvil.

—¿Tu padre?

Irene asintió.

—Murió hace años.

—¿Qué relación tenía con ellos?

Irene respiró profundamente.

—Trabajó para Arturo.

Lucía sintió que la historia se volvía todavía más complicada.

—Entonces tu familia también estuvo involucrada.

—Sí.

—¿Y nunca me lo dijiste?

—Porque no quería involucrarte más.

Lucía negó.

—Estoy cansada de esa frase.

Irene bajó la cabeza.

—Lo sé.

Dentro del sobre había una carta.

La letra pertenecía al abuelo de Lucía.

Lucía comenzó a leer.

“Ramiro sabe demasiado.”

Otra línea:

“Arturo está preparando una nueva operación.”

Otra:

“No se trata de dinero.”

Lucía respiró.

Continuó.

“Se trata de personas que desaparecerán.”

El corazón le latió con fuerza.

Otra línea:

“Cuando cambien de identidad, nadie podrá encontrarlas.”

Y finalmente:

“La persona que controla los documentos controla las vidas.”

Lucía levantó la mirada.

Julián estaba serio.

Irene también.

—Esto explica la red —dijo Lucía.

—En parte —respondió Julián.

—¿Qué falta?

Julián señaló la última página.

Había una frase:

“El archivo principal está donde comenzó el primer movimiento.”

Lucía frunció el ceño.

—¿Dónde?

Nadie sabía.

Entonces ella recordó la fecha.

17 de junio de 1987.

La primera operación.

El primer movimiento.

El comienzo.

—La estación —dijo.

Roberto levantó la cabeza.

—¿Qué?

Lucía señaló el cuaderno.

—“El hombre de la estación.”

—No necesariamente.

—Pero tiene sentido.

Irene la observó.

—Puede ser.

Esa misma noche decidieron buscar información sobre la estación.

No irían todavía.

Solo investigarían.

Julián comenzó a recordar.

—Había una estación antigua cerca del primer almacén.

—¿Cuál?

—Ya no funciona.

—¿Dónde?

Julián dio una dirección.

Lucía buscó mapas antiguos.

Encontró un lugar.

Una estación de tren abandonada.

No estaba muy lejos.

Y tenía algo más.

Un antiguo almacén de correspondencia.

Lucía sintió un escalofrío.

—Podría ser.

Roberto la miró.

—No vas a ir.

Lucía sonrió.

—No dije que fuera a ir.

—Tu cara dice otra cosa.

Ella soltó una pequeña risa.

—Tal vez.

A las once de la noche, el teléfono de Lucía vibró.

Un mensaje.

“No vayas a la estación.”

Ella miró a los demás.

—¿Cómo saben lo que estamos pensando?

Irene se acercó.

—Tal vez alguien nos está vigilando.

Julián negó.

—O tal vez alguien nos está escuchando.

Todos guardaron silencio.

Lucía miró alrededor.

La casa estaba cerrada.

No había nadie.

Entonces recordó algo.

La pequeña conexión que había aparecido cuando abrió la memoria.

No solo podían estar observando sus dispositivos.

Tal vez habían instalado algo.

Una cámara.

Un micrófono.

Un dispositivo oculto.

Lucía revisó la casa.

No encontró nada evidente.

Pero eso no significaba que no existiera.

A medianoche, llegó otro mensaje.

“La caja no contiene lo que buscas.”

Lucía respondió:

“Entonces ¿qué contiene?”

La respuesta tardó.

“El comienzo de tu final.”

Lucía cerró los ojos.

No quiso responder nuevamente.

Guardó el teléfono.

Después miró a su familia.

Todos estaban cansados.

Nadie había dormido bien.

Diego seguía desaparecido.

La casa ya no era un hogar.

Era un lugar de paso.

Un sitio donde podían descansar unas horas antes del siguiente movimiento.

Lucía comprendió algo doloroso.

Quizá tenían que abandonar la casa definitivamente.

No porque estuvieran huyendo de la verdad.

Sino porque la verdad ya no podía buscarse desde el mismo lugar donde los enemigos sabían encontrarlos.

A las dos de la madrugada, Lucía habló con Roberto.

—Tenemos que irnos.

Él asintió.

—Lo sé.

—No mañana.

—¿Cuándo?

—Ahora.

Roberto miró hacia la habitación de Teresa.

—¿Y las cosas?

—Las dejaremos.

—¿Todo?

—Todo lo que no podamos cargar.

Roberto suspiró.

—Es nuestra casa.

Lucía sintió lágrimas.

—Lo sé.

—Tu madre vivió aquí durante años.

—Lo sé.

—Tú creciste aquí.

—Lo sé.

—No quiero que nos quiten esto.

Lucía lo miró.

—Ya nos lo quitaron.

Roberto bajó la mirada.

—Todavía podemos conservar los recuerdos.

Lucía asintió.

—Sí.

Prepararon cuatro bolsas.

Ropa.

Documentos.

Medicinas.

Algunos recuerdos.

Nada más.

Lucía tomó la fotografía familiar.

La guardó.

Tomó el pequeño cuaderno.

También.

No se llevó el vestido de novia.

Lo dejó dentro del armario.

Durante unos segundos permaneció frente a la puerta.

Pensó en aquella mujer que había dormido allí durante tantos años.

Después cerró el armario.

—Adiós —susurró.

No sabía si se despedía de la casa o de la vida que había tenido.

Antes de salir, Lucía miró nuevamente la caja de madera.

La cerró.

La guardó en una bolsa.

No sabía exactamente qué contenía.

Pero sabía que había sido importante para su abuelo.

Y ahora también para ella.

Salieron por la puerta trasera.

No encendieron las luces.

No utilizaron el automóvil habitual.

Caminaron hasta una calle diferente.

Subieron a un vehículo que Irene había conseguido.

Y se fueron.

Mientras el automóvil avanzaba, Lucía miró por la ventana.

Su barrio desaparecía poco a poco.

La tienda de la esquina.

La panadería.

La calle donde había esperado el autobús.

La casa.

Todo quedó atrás.

No sabía cuándo volvería.

Si volvería.

Roberto la miraba de vez en cuando.

—¿Estás bien?

Lucía negó.

—No.

—Yo tampoco.

Ella apoyó la cabeza sobre la ventana.

—Papá.

—¿Sí?

—¿Crees que algún día podremos volver?

Roberto tardó en responder.

—No lo sé.

Lucía cerró los ojos.

Había aprendido a odiar esa frase.

Pero esta vez no le molestó.

Porque comprendía que había preguntas para las que nadie podía tener respuesta.

A las cuatro de la mañana llegaron a un pequeño lugar prestado.

Una habitación.

Dos camas.

Una cocina.

Nada especial.

Pero era seguro por el momento.

Lucía colocó la caja sobre la mesa.

La abrió nuevamente.

Había un pequeño compartimiento que aún no habían revisado.

Dentro encontraron una fotografía diminuta.

Era la última.

Lucía la tomó.

Aparecía su abuelo.

Pero junto a él estaba alguien que conocía.

Lucía sintió que el corazón se detenía.

Era Arturo.

Pero parecía mucho más joven.

Y junto a ambos aparecía un tercer hombre.

Lucía amplió la fotografía.

Lo reconoció.

Era el hombre cuyo nombre había aparecido en una de las listas de la memoria.

Julián Ferrer.

Pero eso no era lo más extraño.

En la esquina de la fotografía había una mujer.

Lucía no la reconoció.

Hasta que Irene se acercó.

Su rostro palideció.

—No.

Lucía la miró.

—¿Quién es?

Irene se quedó inmóvil.

—Mi madre.

Todos guardaron silencio.

La mujer de la fotografía era joven.

Estaba junto a Arturo.

Y llevaba algo en las manos.

Una carpeta.

En el reverso había una inscripción:

“Archivo M-17.”

Lucía sintió que todo encajaba.

El código.

La estación.

La caja.

El archivo.

La organización.

Las identidades.

Todo llevaba al mismo lugar.

M-17.

Pero antes de poder decir algo, el teléfono de Lucía vibró.

Un mensaje.

“Ahora sabes dónde está.”

Otro.

“Y nosotros sabemos dónde estás tú.”

Lucía miró la pantalla.

No sintió miedo.

Sintió algo más frío.

Determinación.

Porque ya no buscaba solamente una salida.

Buscaba el principio.

El lugar donde comenzó todo.

Y, quizá, el lugar donde podría terminar.

Lucía cerró la caja.

Miró a su padre.

—Mañana iremos a la estación.

Roberto negó.

—No.

—Sí.

—Es demasiado peligroso.

—Papá.

Ella sostuvo su mirada.

—Toda mi vida alguien más ha decidido lo que debía saber.

Miró la caja.

—Ya no.

Roberto se quedó callado.

Lucía continuó:

—Si mi abuelo empezó esta historia en 1987, quiero saber cómo terminó.

Hizo una pausa.

—Y si Arturo realmente está vivo...

Miró a Irene.

—Entonces quiero saber quién es ahora.

Afuera comenzaba a amanecer.

La luz entraba lentamente por una ventana pequeña.

Lucía sintió que la tristeza seguía allí.

El miedo también.

Pero algo había cambiado.

Ya no estaba intentando recuperar la vida que tenía.

Había aceptado que aquella vida había terminado.

Ahora quería construir una oportunidad para sobrevivir.

Y para hacerlo tendría que seguir las huellas de un secreto que había comenzado treinta y nueve años atrás.

Un secreto que había pasado de su abuelo a su padre.

De su padre a nadie.

De Arturo a Esteban.

De Esteban a Mateo.

Y finalmente había llegado hasta ella.

La caja de madera estaba cerrada.

Pero el secreto ya estaba abierto.

Y, al otro lado de la ciudad, alguien acababa de recibir la noticia de que Lucía había abandonado su casa.

—¿Se fueron? —preguntó una voz.

—Sí.

—¿Llevan la caja?

—Sí.

La persona guardó silencio.

Después preguntó:

—¿Saben lo de M-17?

—Todavía no.

Una pequeña sonrisa apareció al otro lado del teléfono.

—Entonces todavía tenemos ventaja.

La llamada terminó.

Y mientras Lucía comenzaba a preparar el viaje hacia la estación abandonada, no sabía que allí no encontraría únicamente respuestas sobre su abuelo.

Encontraría una verdad sobre su propia madre.

Una verdad sobre Mateo.

Y una prueba que demostraría que alguien había estado manipulando su vida mucho antes de que ella pudiera siquiera defenderse.

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