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Será Porque Te Amo

Será Porque Te Amo

Status: En proceso
Genre:Romance / Malentendidos / Amor eterno
Popularitas:1.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Lisi A. A

Marco Vivaldi solo conoce dos colores en su vida, blanco o negro. Para él no hay quizás, no hay colores intermedios. El peso del pasado está sobre sus hombros haciendo estragos en su vida hasta que conoce a Isabella quien llega a convertirse en su arcoiris. Con ella descubre que hay una gama amplia de colores en la vida, de sentimientos y emociones...¿Pero que tendrán que enfrentar para disfrutar de ellos?

NovelToon tiene autorización de Lisi A. A para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 9 Lo imposible

El cielo de la Toscana amaneció despejado.

El aire olía a tierra húmeda y a uvas maduras, anunciando que la próxima vendimia sería generosa.

Desde muy temprano, la mansión Vivaldi quedó casi vacía.

Marco había salido con los capataces para supervisar una nueva plantación situada al otro extremo de sus tierras.

Antes de marcharse, como hacía cada mañana, dio instrucciones precisas a Lucía.

—Regresaré al anochecer.

La mujer asintió.

—Que tenga un buen día, señor.

Marco montó en su todoterreno y desapareció entre los caminos del viñedo.

Lucía observó el reloj.

Después sonrió para sí.

La mañana transcurrió entre risas y trabajo.

Isabella ayudó a su madre a limpiar el comedor principal, ordenó la biblioteca y luego colaboró en la cocina preparando pan recién horneado.

Al mediodía, mientras secaban unos platos, Lucía la miró con complicidad.

—Ya terminaste por hoy.

Isabella sonrió.

—Sí.

—Entonces ve.

La joven frunció el ceño.

—¿Ir?

Lucía señaló hacia el jardín.

—La piscina te está esperando.

Los ojos de Isabella brillaron como los de una niña.

—¿Está segura?

—Completamente.

El señor Vivaldi no volverá hasta la noche.

Disfrútala.

Isabella abrazó a la ama de llaves con espontaneidad.

—¡Gracias!

Lucía rió.

—Ve antes de que cambie de opinión.

Minutos después, Isabella corría descalza por el sendero de piedra que conducía a la piscina.

Llevaba un sencillo bañador azul celeste que había conservado desde la adolescencia.

No era elegante.

Ni costoso.

Pero era suyo.

Y la hacía sentir libre.

El agua brillaba bajo el sol.

Sin pensarlo dos veces, se lanzó de cabeza.

El chapoteo rompió el silencio de la mansión.

Durante largos minutos nadó de un extremo al otro.

Reía sola.

Flotaba mirando el cielo.

Cerraba los ojos dejando que el agua acariciara su cuerpo.

Hacía años que no experimentaba una sensación semejante.

Por un instante olvidó a Darío.

Olvidó la decepción.

Olvidó incluso al hombre serio que parecía perseguir sus pensamientos desde hacía días.

Solo existían el agua...

y la felicidad.

Desde una ventana del segundo piso, Lucía la observó sonriendo.

—Esta casa necesitaba volver a escuchar risas...

murmuró.

Sin embargo, el destino tenía otros planes.

A media tarde, una fuerte avería en una de las máquinas obligó a suspender el trabajo en el viñedo.

Marco decidió regresar a la mansión mucho antes de lo previsto.

Durante el trayecto iba pensando en los informes que debía revisar.

No esperaba encontrar nada fuera de lo habitual.

Entró por la puerta principal.

Todo estaba en calma.

Demasiado en calma.

Fue entonces cuando escuchó un sonido.

Risas.

Venían del jardín.

Frunció ligeramente el ceño.

Caminó hacia la terraza.

Y se detuvo.

Allí estaba Isabella.

Nadaba ajena por completo a su presencia.

El sol iluminaba las gotas de agua que resbalaban por su piel.

Su cabello oscuro flotaba detrás de ella mientras avanzaba con movimientos elegantes.

Marco permaneció inmóvil.

No porque quisiera observarla.

Sino porque algo dentro de él dejó de responder.

Su respiración cambió.

Su pecho se tensó.

Y, por primera vez en muchos años...

su cuerpo reaccionó.

Una sensación olvidada recorrió cada uno de sus músculos.

Retrocedió un paso.

Confundido.

Asustado.

—No...

susurró.

Aquello era imposible.

Los médicos habían sido claros.

Habían sido contundentes.

Jamás volvería a ocurrir.

Desvió la mirada de inmediato y entró de nuevo en la casa.

Necesitaba convencerse de que solo había sido una ilusión.

Unos minutos después, Isabella salió de la piscina.

Se envolvió en una toalla blanca mientras secaba su cabello con otra más pequeña.

Entró por la puerta de la cocina sin imaginar que alguien había regresado.

—¡Lucía! —llamó entre risas—. El agua está deliciosa.

Pero quien respondió no fue la ama de llaves.

Fue un profundo silencio.

Isabella levantó la vista.

Y el mundo pareció detenerse.

Marco Vivaldi estaba de pie al otro lado de la cocina.

La observaba.

No con dureza.

No con enojo.

Sino con una expresión completamente desconocida.

Ella abrió mucho los ojos.

La toalla resbaló ligeramente sobre uno de sus hombros.

La sujetó de inmediato.

—¡Señor Vivaldi!

No sabía dónde esconderse.

—Yo...

Pensé que usted...

Marco desvió la mirada un instante, como si estuviera luchando contra sí mismo.

En ese momento entraron Elisa y Lucía.

Al ver la escena, Elisa palideció.

—¡Señor!

Perdón...

Fue culpa mía.

No debí permitir que Isabella...

Lucía dio un paso al frente.

—No.

La responsabilidad es mía.

Yo le di permiso.

Marco permaneció en silencio.

Su respiración seguía siendo irregular.

No estaba molesto.

Estaba completamente desconcertado.

Volvió a mirar a Isabella.

Ella permanecía inmóvil, abrazando la toalla contra su pecho, con las mejillas completamente sonrojadas.

Durante unos segundos ninguno habló.

Hasta que Marco formuló una única pregunta.

—¿Desde cuándo viene aquí?

Lucía respondió enseguida.

—Solo algunos días para ayudar a su madre.

Marco asintió lentamente.

No dijo nada más.

Simplemente dio media vuelta y abandonó la cocina.

Su paso era firme.

Pero por dentro todo se había derrumbado.

Cuando llegó a su dormitorio cerró la puerta con llave.

Apoyó ambas manos sobre el escritorio.

Respiraba con dificultad.

Su corazón golpeaba con fuerza contra el pecho.

Bajó lentamente la mirada.

Y entonces lo comprobó.

Era real.

Su cuerpo había reaccionado como no lo hacía desde antes del accidente.

Como no lo hacía desde hacía dieciocho largos años.

Marco dejó escapar una risa incrédula.

Una risa cargada de miedo.

De alivio.

Y de confusión.

—¿Qué me está pasando...?

No había respuesta.

Solo un nombre.

El mismo que llevaba días negándose a pronunciar.

Isabella.

Y por primera vez desde que perdió a su familia...

Marco Vivaldi sintió que el muro que había construido alrededor de su corazón acababa de agrietarse.

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