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Deseada por mi esposo y su enemigo

Deseada por mi esposo y su enemigo

Status: Terminada
Genre:Poli amor / Triángulo amoroso / Romance oscuro / Harén Inverso / Ella Mayor Que Él / Completas
Popularitas:793
Nilai: 5
nombre de autor: Bella



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Capítulo 20

Capítulo 20: Contenten a mi esposa

Media hora antes, Jenny todavía estaba en la cama de Lucas.

La luz del atardecer entraba oblicua por la persiana y le rayaba la espalda desnuda de tibio y de sombra. Lucas dormía con la nariz hundida en su nuca, el brazo cruzado sobre su cintura como si temiera que se lo arrancaran mientras dormía. La fiebre que lo había tirado sobre el escritorio del estudio se había disuelto —si es que alguna vez fue de verdad— en el calor de las sábanas revueltas. Había sido la segunda vez. Y esta vez Jenny no podía echarle la culpa al alcohol.

Se lo repitió con los ojos abiertos en el techo: no estaba borracha. Estaba consciente. Lo había dejado quitarle la ropa, lo había abrazado de vuelta, había respondido con la misma hambre que él. La certeza le pesaba en el pecho como una piedra fría.

Había subido a ese departamento con la excusa de cuidarle la fiebre. Le había buscado la medicina en el botiquín, le había servido agua caliente, y Lucas, con las mejillas encendidas y los ojos vidriosos, se había ido quitando la ropa por el calor hasta quedarse con el torso desnudo, frágil y tentador a la vez, mirándola desde abajo con esa cara de niño perdido que ella ya debía haber aprendido a desconfiar. Y ella había vuelto a caer. Como en el hotel. Como si dos años de matrimonio no le hubieran enseñado nada sobre lo que cuesta un desliz.

Fue el celular el que rompió el encanto turbio de la tarde. Vibró contra la mesita, insistente, con el nombre de su casa en la pantalla. La casa de los Fonseca.

—No contestes —murmuró Lucas contra su hombro, medio dormido, jalándola de vuelta—. Quédate.

Pero Jenny ya se estaba incorporando, buscando la ropa a tientas por el piso. La voz de Marlene al otro lado salió disparada, aguda, atropellada, y Jenny tuvo que apartar el teléfono de la oreja.

—¡Renata! ¡Renata, tu hermano! ¡Damián está en Las Vegas, lo tienen retenido, debe tres millones y esa gente no lo suelta hasta que pague! ¡Vente para acá ahora mismo!

Jenny se quedó helada con el vestido a medio subir.

Tres millones.

El número le cayó encima con un eco que reconoció al instante. Tres millones era exactamente lo que debía Gonzalo Ochoa, el marido de Fernanda, en un casino de esa misma ciudad. La misma cantidad, el mismo lugar, el mismo tipo de trampa: unos "amigos" que aparecen de la nada, un viaje que no cuesta nada, una mesa de juego donde de repente ya se debe una fortuna.

Dos deudas gemelas, con semanas de diferencia, en la misma familia política. Eso no era mala suerte. Eso era una mano moviendo las piezas. Y Jenny solo conocía a una persona con motivos para arrastrar a los Fonseca al mismo pozo que a los Ochoa: alguien que quería exprimir a Sebastián por dos frentes a la vez, apretándole todas las lealtades hasta que soltara el dinero. Fernanda. Tenía que ser Fernanda.

Se vistió a los tumbos. Lucas la miró recoger sus cosas desde la cama, con esa quietud suya de gato que calcula, pero no dijo nada más que un "avísame cuando llegues" que Jenny apenas oyó.

En el coche, camino a la casa de su padre, le sonó otra llamada. Un número que no tenía guardado.

—¿Jenny? Soy Mateo, del Sushi Matsu —la voz cálida, con esos hoyuelos que se le oían hasta en el teléfono—. Perdona que te moleste. Subí al estudio a devolverte la caja bento, pero estaba cerrado, a oscuras. Y me crucé en el elevador con un señor de traje que iba para allá, muy serio. Pensé que a lo mejor te buscaba y no te encontró, por eso te aviso.

Jenny cerró los ojos un segundo. Un hombre de traje, serio, subiendo al estudio a oscuras donde ella había dejado la bolsa. Sebastián. Sebastián había ido a buscarla y no la había hallado.

—Gracias, Mateo —alcanzó a decir—. Gracias de verdad.

Colgó con las manos frías. Marcó el número de su esposo antes de perder el valor.

—Estoy en casa de los Fonseca —soltó, sin darle tiempo a preguntar dónde había estado—. Damián también se fue a Las Vegas. Perdió tres millones.

Del otro lado hubo un silencio. Unos segundos largos. Jenny casi podía oír a Sebastián atando cabos: la deuda de Gonzalo, la deuda de Damián, el mismo monto exacto, Fernanda que llevaba días sin contestarle a nadie.

—Espérame en casa de tus papás —dijo por fin, y su voz había cambiado; ya no era el hombre gélido del "Sal."—. Voy para allá.

Llegó en poco más de diez minutos un camino que en tráfico normal toma media hora.

La sala de los Fonseca olía a humedad y a los cigarros de Óscar. Marlene tenía los ojos hinchados de tanto llorar y se abalanzó sobre Sebastián en cuanto lo vio cruzar la puerta.

—¡Yerno, gracias a Dios! Tú eres el único que puede sacar a mi Damián de ese lugar. El niño no sabía en lo que se metía, unos amigos lo invitaron, lo emborracharon...

—A Las Vegas se llega pasando por varias aduanas —cortó Jenny, seca—. Nadie lo llevó con pistola en la nuca. Nadie lo obligó a sentarse a jugar tres millones. El que no sirve, no sirve, Marlene. Y Damián nunca ha servido.

—¡Óyela! —Marlene se volvió hacia su marido, teatral—. ¡Se casa con un buen hombre y ya desprecia a su propia sangre! Óscar, dile algo a tu hija. Es tu hija, ¿o ya se te olvidó?

Óscar carraspeó desde su sillón, sin levantar los ojos del piso.

—Renata, hija. Sangre es sangre. Damián es tu hermano.

—Medio hermano —dijo Jenny, con una calma que le raspaba la garganta—. Y ustedes se acuerdan de eso solo cuando hay una cuenta que pagar. ¿Dónde estaban ustedes cuando yo no tenía ni para el metro? ¿Cuándo se preocuparon por mí antes de que me casara con un apellido?

Óscar abrió la boca. Sebastián dio una sola palmada, seca, contra el respaldo del sillón, y la sala entera se calló.

—Yo me encargo de lo de Damián —dijo, sin levantar la voz—. Esperen noticias. No hagan nada, no le hablen a nadie, no manden dinero a ningún número que les pasen. Déjenmelo a mí.

Pasó el brazo por los hombros de Jenny y la giró hacia la puerta con la naturalidad de quien recoge lo suyo. Óscar y Marlene los siguieron hasta el zaguán, deshaciéndose en gracias y en ruegos de que "por la cara de Renata" ayudara a la familia una vez más, de que a lo mejor Damián podía entrar a trabajar a Grupo Alcántara, que un puesto pequeño, que...

Sebastián se detuvo en el umbral. Se volvió a mirarlos, y por primera vez esa tarde su voz salió afilada.

—Renata ahora es mi esposa —dijo—. El que no tiene derecho a levantarme la voz a mí, tampoco lo tiene para levantársela a ella. Así que en vez de andar pensando cómo meter a Damián a Grupo Alcántara, piensen mejor cómo contentar a mi esposa. —Hizo una pausa que cayó como escarcha sobre los dos viejos—. Si Renata está contenta, a los Fonseca les va a ir bien. Si no lo está... —No terminó la frase. No hacía falta.

Metió a Jenny al coche y cerró la puerta.

Adentro, ella miraba por la ventanilla las luces de la ciudad encenderse una a una, con el corazón partido en dos mitades imposibles. En una, la culpa espesa de haber estado media hora antes en la cama de otro hombre mientras su esposo la buscaba a oscuras en un estudio vacío. En la otra, algo que llevaba dos años esperando sin saber que lo esperaba: un hombre que la ponía por delante de todos, que le hacía sombra con el cuerpo, que decía mi esposa como quien planta una bandera.

Sebastián sacó el teléfono y marcó a su hermana. Sonó, sonó, sonó. Fernanda no contestó. Cruzó una mirada con Jenny en la penumbra del coche, y los dos supieron, sin decirlo, que estaban pensando en lo mismo. Dos deudas idénticas. Dos maridos arrastrados. Una sola mano moviendo los hilos desde atrás para exprimir al hombre que ahora los llevaba a casa.

—Fernanda —dijo Sebastián en voz baja, guardando el teléfono— tiene mucho que explicar.

Afuera, la noche caía sobre la ciudad. Y en algún cajón del estudio a oscuras, la bolsa de Jenny seguía olvidada, esperando a que alguien preguntara por qué la habían dejado ahí.

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