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SIN QUERER, TERMINE COMO LA AMANTE DEL MAFIOSO

SIN QUERER, TERMINE COMO LA AMANTE DEL MAFIOSO

Status: En proceso
Genre:Mafia / Posesivo
Popularitas:5k
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

Lía Castillo solo quería convertirse en una estrella.

Como vocalista de Lumina Hearts, su grupo de idols empieza a conquistar seguidores y cumplir sus primeros sueños. Pero una noche de celebración, unas copas de más y un tropiezo cambian su vida para siempre.

Lía termina frente a un hombre demasiado atractivo para ser real. Sin saber quién es, lo llama guapo, lo besa y pasa la noche con él.

Al despertar, huye convencida de que todo quedó atrás.

Hasta que Dante Varela aparece.

Él es el líder de la familia criminal más poderosa y temida de la región. Y no está dispuesto a olvidar a la mujer que se atrevió a besarlo sin miedo.

Cuando Dante amenaza con destruir la carrera de Lumina Hearts, Lía se ve obligada a elegir entre su sueño y convertirse en la amante del mafioso.

Pero Dante pronto descubrirá que retenerla será mucho más fácil que hacerla enamorarse de él.

NovelToon tiene autorización de EspirituCreativo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

La farsa perfecta

Me senté a su derecha, con la espalda recta y las manos entrelazadas sobre el regazo, intentando que nadie notara que me temblaban los dedos. La mesa era larga, de madera oscura y brillante, y alrededor se sentaban otros seis hombres, todos con trajes impecables, anillos pesados en los dedos y miradas que parecían escrutarme cada respiración. Dante se acomodó en su silla con una calma absoluta, como si estuviera en su propia casa, y puso una mano sobre la mía, apretándola levemente. No era un gesto de cariño. Era una advertencia: no te muevas, no hables de más, sé perfecta.

—Caballeros —dijo él, con voz tranquila pero que acalló todas las conversaciones—. Les presento a Lía.

Los hombres asintieron, algunos con una sonrisa que no llegó a sus ojos, otros simplemente me miraron sin decir nada. El que estaba al frente, un hombre mayor con el cabello totalmente blanco y una cicatriz que le cruzaba la ceja, inclinó la cabeza hacia mí.

—Es un placer conocerla, señorita Lía. Dante nos había dicho que tenía una acompañante… pero no mencionó que era tan hermosa.

—Gracias —respondí, con voz más firme de lo que esperaba.

—¿A qué se dedica, señorita? —preguntó otro, de voz rasposa, sin dejar de mirarme—. ¿Es del mismo medio que Dante? ¿O es modelo?

—Es cantante —respondió Dante por mí, antes de que pudiera abrir la boca—. Está empezando. Tiene talento. Mucho talento.

—¿Cantante? —repitió el hombre de la cicatriz—. Qué interesante. Y… ¿cómo se conocieron?

Sentí que el corazón se me iba a salir del pecho. ¿Qué iba a decir? ¿Que tropecé con él en una fiesta? ¿Que me emborraché y le dije que era guapo? ¿Que desperté en su cama sin saber quién era? Pero Dante respondió sin dudar, con una naturalidad que me dejó helada:

—El destino. La vi una vez y supe que tenía que conocerla. No hay mucho más que contar.

—Romántico —dijo una voz al final de la mesa, con tono burlón—. No sabía que tenías ese lado, Valero. Creí que para ti las mujeres eran… bienes de consumo.

El silencio cayó de golpe. Todos miraron a Dante, esperando su reacción. Yo contuve el aliento, sintiendo cómo su mano se cerraba con fuerza sobre la mía. Pero él solo sonrió, levantó su copa y dijo con calma:

—Algunas son más valiosas que otras. Y esta… esta es especial.

Sentí un vuelco en el estómago. ¿Especial? ¿Lo decía en serio o era solo parte del guion? No sabía qué pensar. No sabía si odiarlo o si… si una parte de mí quería creerle.

La cena comenzó. Los platos llegaron uno tras otro, manjares que yo ni siquiera conocía, vinos que costaban lo que yo ganaba en meses. Yo comí apenas lo necesario, con la mirada baja, siguiendo cada movimiento de Dante como si fuera mi reflejo. Cuando me sirvieron vino, recordé su advertencia y negué con una sonrisa: —No, gracias. No bebo. Nadie insistió. Nadie se atrevió.

Las conversaciones giraban alrededor de negocios, de cifras que yo no entendía, de territorios, de acuerdos que sonaban más a amenazas que a tratos. Y en medio de todo, yo era la decoración. La pieza que completaba el cuadro. De vez en cuando, alguien me hacía una pregunta cortés, y yo respondía lo justo y necesario, siguiendo las reglas no escritas que él me había impuesto sin palabras: sonríe, asiente, no hables de más, no reveles nada de nosotras.

—¿Y cuánto tiempo llevan juntos? —preguntó el hombre de la cicatriz, mirándome fijamente, como si supiera que algo no encajaba.

—Tiempo suficiente —respondió Dante, cortante, y cambió de tema de inmediato—. Volviendo al trato…

Pero esa pregunta se quedó flotando en el aire. Tiempo suficiente. ¿Suficiente para qué? Para ser suya? Para ser su amante? Para olvidar quién era yo antes de él?

En un momento de silencio, mientras servían el postre, él se inclinó hacia mí y me habló tan bajo que solo yo pude escuchar:

—Lo estás haciendo bien. No te pongas nerviosa. Ya casi termina.

—¿Por qué? —le susurré, sin levantar la vista—. ¿Por qué me trajiste?

—Porque así nadie se me acerca —respondió, sin rodeos—. Porque verte aquí, a mi lado, les dice a todos que estoy ocupado. Que no estoy disponible. Y porque… te ves hermosa. Y me gusta que todos vean a quién pertenezco.

Esas palabras me atravesaron el pecho. A quién pertenezco. No dijo "a quién amo". No dijo "mi pareja". Dijo "a quién pertenezco". Y dolió. Dolió más que cualquier insulto. Pero al mismo tiempo, sentí esa estúpida, terrible calidez en el pecho. Me estaba exhibiendo como un trofeo, sí… pero me estaba eligiendo a mí. Y aunque sabía que estaba mal, que estaba casado, que era solo un juego para él… una parte de mí no quería que terminara.

Cuando terminamos de cenar, los hombres se levantaron, se despidieron con amabilidad, me dieron la mano como si fuera una reina, y en sus miradas ya no había burla ni curiosidad. Había respeto. Por él, no por mí. Pero yo sabía que si no estuviera con él, no me habrían mirado ni dos segundos.

Al salir del restaurante, el aire frío de la noche me golpeó la cara y sentí que podía respirar de nuevo. Caminamos hacia el auto en silencio, y cuando llegamos, él abrió la puerta para mí. Antes de que subiera, me detuvo con una mano en mi cintura, me miró a los ojos y dijo suavemente:

—Hoy fuiste perfecta, Lía. Nadie sospechó nada. Nadie supo lo que eres para mí. Fuiste la mujer ideal.

Me quedé sin palabras. La mujer ideal. No la amada. No la esposa. La ideal para la farsa. Para que nadie supiera la verdad: que era su amante, su secreto, su juguete. Y mientras él me miraba con esa sonrisa satisfecha, supe que había ganado esa noche. Había ganado porque yo había actuado tan bien que hasta yo misma casi creí que era real.

Subí al auto y me senté mirando por la ventana, las luces de la ciudad pasando borrosas frente a mis ojos. Él arrancó el coche, puso su mano sobre mi pierna, y yo no la aparté. No tenía fuerzas para apartarla. Porque por unas horas, había sido suya en público, de una forma que no podía ser en la realidad. Y aunque todo era mentira… por un instante, se había sentido como amor.

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