En un reino donde las leyendas nunca mueren, una joven noble comienza a tener sueños con una vida que no recuerda y una tragedia que aún no ha ocurrido. Mientras la sombra de una antigua profecía vuelve a extenderse sobre el imperio, su destino se entrelaza con el del príncipe heredero, un hombre marcado para morir antes de reclamar el trono.
Cada recuerdo la acerca a una verdad capaz de cambiar el curso de la historia, pero también despierta a quienes han esperado siglos para impedir que el pasado se repita. En un mundo donde nadie es completamente inocente y cada decisión tiene un precio, proteger al príncipe podría significar condenarse a sí misma una vez más.
Porque algunas promesas sobreviven a la muerte... y hay destinos de los que ni siquiera una nueva vida puede escapar.
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Capitulo 9— el invitado del palacio imperial
Durante todo el camino de regreso no dejé de pensar en la llave.
La llevaba escondida en el pequeño bolsillo interior de mi vestido, tan cerca de mí que podía sentir su peso cada vez que daba un paso. No era pesada, ni mucho menos, pero era suficiente para recordarme que seguía allí. Varias veces estuve a punto de meter la mano para comprobar que no la había perdido, aunque me contuve. Cassian caminaba a mi lado y, aunque aparentaba estar tranquilo, me daba la impresión de que me observaba de reojo más de lo normal.
No había vuelto a llamarme renacuaja desde que salimos del invernadero y eso era muy raro.
Mi hermano era incapaz de permanecer cinco minutos sin burlarse de mí.
—¿Por qué estás tan callado? —pregunté finalmente.
Cassian tardó unos segundos en responder.
—¿Yo?
—Sí.
—Estoy caminando.
—También puedes caminar y hablar.
—Eso requiere mucho esfuerzo.
—Mentiroso.
Sonrió apenas un instante.
—Tal vez un poco.
Continuamos avanzando entre los senderos de piedra. El viento movía suavemente las copas de los árboles y el perfume de las rosas llegaba desde los jardines principales. Todo parecía exactamente igual que siempre, pero yo tenía la extraña sensación de que algo había cambiado. O, mejor dicho... Que alguien estaba cambiando.
—Cassian.
—¿Qué ocurre ahora?
Lo miré fijamente.
—Tú sabías que ese invernadero existía.
Él no respondió, solo siguió caminando.
—¿Verdad?
—...
—¿Por qué nadie me había hablado de ese lugar?
Mi hermano soltó un largo suspiro.
—Porque está abandonado.
—Eso no responde mi pregunta.
—No todas las preguntas tienen respuesta.
—Padre siempre dice que sí.
—Padre también dice que debo levantarme temprano y mírame.
No pude evitar reír.
Era imposible discutir con él cuando respondía de esa manera, sin embargo, esta vez no pensaba rendirme.
—Entonces dime otra cosa.
—¿Cuál?
—¿Quién es la mujer de la estatua?
Cassian volvió a quedarse en silencio.
Vi cómo apretaba ligeramente la mandíbula, aquello confirmó mis sospechas, sabía algo y mucho.
—No lo sé.
—Estás mintiendo.
Se detuvo de golpe, yo también. Durante unos segundos permanecimos frente a frente.
Él era mucho más alto que yo, pero nunca me había intimidado, al contrario. Siempre había sentido que, mientras él estuviera cerca, nada malo podía ocurrirme.
Cassian suspiró.
Después se agachó hasta quedar a mi altura.
—Escúchame bien, Sera.
Era una de las pocas veces que me llamaba por un diminutivo y no por "renacuaja". Eso hizo que prestara todavía más atención.
—Hay cosas que los adultos prefieren contarnos cuando llega el momento adecuado.
—¿Y cuándo será ese momento?
Sonrió con tristeza.
—Ojalá lo supiera.
Antes de que pudiera seguir preguntando, una voz resonó desde el otro extremo del jardín.
—¡Joven señor! ¡Lady Seraphine!
Era Thomas.
Venía caminando deprisa, limpiándose las manos con un viejo paño de lino. Al llegar hasta nosotros, hizo una pequeña reverencia.
—Llevo buscándolos por todas partes.
Cassian levantó una ceja.
—¿Qué ocurrió?
—Ha llegado un mensajero.
Mi hermano pareció no darle demasiada importancia.
—¿Del pueblo?
Thomas negó con la cabeza.
—No.
—¿De alguna familia noble?
Volvió a negar. Esta vez su expresión se volvió más seria.
—Viene del Palacio Imperial.
Sentí que Cassian se tensaba a mi lado, fue un cambio muy pequeño, pero suficiente para que yo lo notara.
—¿Qué quiere un mensajero imperial aquí? —preguntó.
—Trae una carta para el señor duque.
Thomas bajó un poco la voz.
—Y viene sellada con el emblema de la familia imperial.
Cassian intercambió una rápida mirada conmigo, no entendía por qué aquello parecía tan importante.
Al fin y al cabo... Solo era una carta.
—¿Podemos verla? —pregunté ilusionada.
Thomas sonrió con paciencia.
—Me temo que no, mi lady.
—¿Ni un poquito?
—Ni un poquito.
—¿Y si solo la miro de lejos?
—Tampoco.
Resoplé.
—Qué injusticia.
Cassian soltó una pequeña risa.
—Ven.
Me revolvió el cabello con una mano.
—Seguro que terminamos enterándonos de algo.
—¿Lo prometes?
—Lo intentaré.
Mientras regresábamos a la residencia, noté un movimiento cerca de la entrada principal. Dos caballos completamente blancos permanecían inmóviles junto a la escalinata, nunca había visto animales tan elegantes.
Sus monturas estaban adornadas con hilos dorados y el escudo del Imperio brillaba bajo la luz del mediodía.
Junto a ellos esperaba un hombre vestido con un uniforme azul oscuro y una larga capa bordada con hilos plateados.
Permanecía completamente inmóvil, como una estatua.
Cuando mi padre salió a recibirlo, todos los sirvientes que trabajaban cerca de la entrada inclinaron respetuosamente la cabeza, jamás los había visto actuar de aquella manera.
El mensajero entregó un pequeño estuche de madera negra.
Mi padre lo recibió con ambas manos, no habló, no sonrió. Solo observó durante unos segundos el sello de cera azul que cerraba la tapa.
Incluso desde la distancia pude distinguir el dibujo grabado sobre aquella cera, una luna, rodeada por una corona.
Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.
Era la segunda vez en menos de un día que la luna aparecía frente a mí de una forma que no lograba comprender.
Mi padre rompió el sello, abrió lentamente el estuche y, apenas comenzó a leer la carta que había en su interior... Su expresión cambió por completo.
Nunca... Jamás... Había visto a mi padre quedarse completamente pálido.