En las calles de Maipú, una promesa sellada con el corazón se convierte en un vínculo que ni siquiera la muerte puede vencer
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CAPÍTULO 4: Nuestros días en el colegio
Así pasaban las semanas sin que nada alterara nuestra paz.
Nuestra rutina era sencilla, pero para nosotros era lo más hermoso que podíamos desear.
Cada día tenía su orden, sus momentos compartidos y esa sensación de seguridad que nos hacía sentir que estábamos en el lugar correcto, junto a la persona indicada.
Nos levantábamos temprano, cuando el sol apenas empezaba a asomarse sobre la cordillera que se veía desde las ventanas de nuestra casa.
Nicole era la primera en moverse, y lo hacía con suavidad para no despertarme del todo.
Cuando abría los ojos, lo primero que veía era su cabello rubio brillando con la luz de la mañana y esos ojos verdes claros que me miraban ya con una sonrisa.
En la cocina, que olía a café recién hecho y a pan que nos traían fresco cada mañana, desayunábamos juntos en el comedor amplio, hablando de lo que haríamos durante el día.
Para ir al colegio no teníamos que apurarnos ni caminar bajo el sol fuerte.
Las familias nos habían facilitado un vehículo cómodo, y a veces nos llevaba el chofer, otras veces lo hacía yo mismo, aunque todavía fuera joven para conducir con toda libertad; pero en el barrio nos conocían y sabían que éramos responsables.
El colegio quedaba en una zona tranquila de Maipú, un lugar de buena reputación donde estudiaban chicos de familias como las nuestras, y nos sentíamos bien recibidos allí.
Entrábamos siempre juntos, caminando por los pasillos sin separarnos casi nunca.
Nicole llevaba su uniforme impecable, y siempre le agregaba algún detalle que la hiciera reconocible: un lazo de color rosa en el pelo, una pulsera del mismo tono o una carpeta con bordes en ese color que tanto le gustaba.
Yo, en cambio, vestía mi uniforme con seriedad, y cuando tenía oportunidad usaba prendas complementarias de color negro, que me hacían sentir más seguro y a gusto.
En las clases nos sentábamos cerca, casi siempre en las filas del medio, donde podíamos mirarnos de vez en cuando sin que los profesores nos llamaran la atención.
Si alguno de los dos tenía dificultades con alguna materia, el otro ayudaba sin dudar: yo le explicaba matemáticas o historia, y ella me enseñaba con más facilidad las lenguas o el dibujo, que se le daban mejor.
En los recreos nos sentábamos en un banco bajo los árboles más grandes del patio, compartíamos lo que nos habían preparado para comer y hablábamos de todo: de lo que queríamos estudiar más adelante, de las casas que soñábamos tener en el futuro, de los viajes que haríamos cuando fuéramos mayores.
Todos en el colegio sabían que éramos pareja.
Nadie nos molestaba, al contrario: muchos nos miraban con respeto y otros con cierta envidia, porque se notaba que lo que teníamos no era un simple capricho de adolescentes, sino algo profundo y sincero.
Los profesores también nos trataban bien, porque éramos alumnos aplicados, no dábamos problemas y siempre cumplíamos con nuestras tareas.
Nunca nos regañaban por hablar demasiado o por distraernos, porque sabían que cuando estábamos juntos también nos ayudábamos a progresar.
Al salir de clases, volvíamos a casa de la misma forma tranquila.
A veces nos detenemos un rato en la plaza del barrio, caminábamos despacio o nos sentábamos a observar cómo jugaban los niños más pequeños, mientras planeábamos lo que haríamos en la tarde.
Al llegar a nuestra casa, el escritorio amplio nos esperaba para hacer las tareas, y luego venían los momentos de descanso: mirar un rato la televisión, preparar algo rico en la cocina o simplemente estar sentados en el jardín, tomados de la mano, sin necesidad de hablar mucho.
Por las noches, después de cenar, nos gustaba relajarnos en el baño con el jacuzzi, dejando que el agua tibia nos quitara el cansancio del día.
Allí, entre la calma y el silencio, nos repetimos lo mucho que nos queríamos, nos prometimos que siempre estaríamos el uno para el otro y que nada ni nadie podría romper lo que habíamos construido.
En ese momento, con catorce años cumplidos, vivíamos en una burbuja perfecta: teníamos una casa hermosa, el apoyo de nuestras familias, estudios, comodidades y un amor que nos parecía invencible.
No sabíamos que, mientras nosotros vivíamos tan tranquilos, fuera de nuestro mundo había miradas que nos observaban con malicia, y personas que ya empezaban a tejer mentiras para destruir todo lo que nos hacía felices.
Pero por ahora, en esas hojas de nuestra historia, solo existía nuestra realidad: la de dos jóvenes que tenían todo lo que podían desear, y que vivían cada día como si fuera el más bonito de sus vidas.