LUCIAN SANTOS , un hombre guapo y libre de ataduras ,no vive así por alguna decepción o algo que se le parezca ,no ,es el estilo de vida que el prefiere, pero todo da un giro inesperado; cuando una mañana aparece una bebe en su puerta y solo necesita la ayuda de la mujer que siempre está a su disposición ,para ayudarlo en esta nueva travesía (su secretaria) ,sin imaginar el gran secreto que ella guarda...
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Esta es mi hija
La Sala de Juntas de la Corporación Santos era conocida en el mundo financiero como "El Matadero". Era un espacio de trescientos metros cuadrados con paredes de cristal reforzado, una mesa de obsidiana pulida que parecía un espejo negro y una iluminación fría que resaltaba cada gota de sudor en la frente de los negociadores más experimentados. Allí, Lucian Santos había forjado su imperio, destruyendo egos y absorbiendo empresas con la misma indiferencia con la que uno tacha una tarea de una lista.
Esa tarde, el ambiente estaba cargado de una tensión eléctrica. Los nuevos socios del Consorcio Europeo, un grupo de hombres y mujeres de rostros severos y trajes a medida, esperaban sentados con sus tablets listas. Conocían la reputación de Lucian: un playboy cínico, un hombre que descartaba modelos de pasarela con la misma rapidez con la que cerraba sucursales poco rentables. Para ellos, Lucian era el epítome de la frialdad moderna.
Sin embargo, cuando las puertas automáticas se abrieron con un siseo metálico, la imagen que proyectó el CEO de la compañía dejó a los presentes en un estado de parálisis colectiva.
Lucian entró con su paso firme de siempre, pero no traía consigo el maletín de cuero de avestruz.
En su lugar, llevaba un portabebés ergonómico sujeto al pecho. Mikeila, despierta y curiosa, movía sus pequeñas piernas, vestida con un conjunto de algodón blanco que contrastaba violentamente con el negro riguroso del traje de Lucian. Detrás de él, Elena Rivas caminaba como una sombra protectora, cargando una mochila que, en lugar de documentos confidenciales, contenía biberones, toallitas húmedas y un mordedor con forma de jirafa.
—Buenas tardes, señores —dijo Lucian, tomando asiento en la cabecera de la mesa. Mikeila emitió un pequeño balbuceo que resonó en la acústica perfecta de la sala—. Lamento el retraso. La logística de mi nueva prioridad es algo más compleja que el tráfico de la Quinta Avenida.
El representante de los socios europeos, un hombre llamado Hans Müller, conocido por ser tan rígido como un bloque de granito, ajustó sus gafas y miró a la bebé como si fuera un error en una hoja de cálculo.
—Señor Santos... —comenzó Müller, con la voz cargada de una incredulidad apenas contenida—. Sabíamos de los rumores en la prensa, pero no esperábamos que trajera sus... asuntos personales a una mesa donde estamos a punto de discutir una inversión de ochocientos millones de euros. ¿Es esto algún tipo de broma de poder o una táctica de distracción?
Lucian se inclinó hacia delante, y por un momento, la mirada letal que solía aterrar a sus competidores regresó a sus ojos. Pero esta vez, su mano derecha estaba ocupada acariciando suavemente la coronilla de la bebé.
—No es una broma, Müller. Es un hecho —respondió Lucian, su voz vibrando con una autoridad que no admitía réplicas—. Esta es mi hija, Mikeila Santos. Y si consideran que su presencia es una distracción, quizás no tengan la capacidad de concentración que busco en mis socios. Empecemos con el análisis de los activos en el mercado alemán. Rivas, las proyecciones, por favor.
Elena se adelantó, sintiendo los ojos de todos los presentes clavados en ella. Podía sentir el juicio en el aire. Sabía que muchos de esos hombres habían compartido fiestas con Lucian meses atrás, donde él se jactaba de no recordar los nombres de las mujeres con las que salía. Para ellos, Mikeila era probablemente el "error" de una noche, y Elena, la secretaria que tenía que limpiar el desastre. El dolor de esa percepción errónea le quemó el pecho, pero mantuvo la frente en alto.
Mientras Elena exponía los gráficos y las cifras, ocurrió algo que rompió el protocolo por completo. Mikeila, aburrida de la voz monótona de la secretaria, extendió su manita y agarró con fuerza la corbata de seda de su padre, tirando de ella con un entusiasmo desbordante. Lucian, lejos de molestarse o apartar a la niña con brusquedad, soltó una carcajada baja y genuina que dejó a los socios boquiabiertos.
—Parece que mi heredera no está de acuerdo con los términos de la cláusula de rescisión —bromeó Lucian, desatando suavemente los dedos de la pequeña—. Continúe, Rivas.
Elena observó la escena desde el atril. El contraste era casi insoportable. Lucian, el hombre que ella había visto ignorar llamadas de mujeres llorando, el hombre que un año atrás la había despedido de su habitación de hotel con una fría cortesía después de haberla hecho sentir que el mundo se detenía, ahora estaba allí, permitiendo que una bebé arrugara su ropa más cara.
—Señor Santos —intervino una de las socias, la señora Dupont, con una sonrisa que mezclaba la burla con la curiosidad—, es sorprendente verlo así. Los que conocemos su trayectoria... sus aventuras... pensamos que los niños no figuraban en su contrato de vida. ¿Qué ocurrió con la frialdad que lo hacía famoso? ¿Es que una sola mujer ha logrado finalmente lo que tantas modelos no pudieron?
Elena sintió que el aire se escapaba de la sala. Sus dedos se apretaron contra el mando de las diapositivas. Esa era la pregunta que la perseguía: ¿Qué pensaría él si supiera que la madre estaba allí mismo, pasando las diapositivas, ocultando su identidad tras un disfraz de eficiencia gris?
Lucian se quedó callado un segundo, mirando a Mikeila. La bebé le devolvió una sonrisa babosa y un sonido gutural de felicidad.
—La vida tiene una forma extraña de recordarte que no eres el centro del universo —respondió Lucian, y por primera vez en toda la junta, su mirada se desvió por un instante hacia Elena, como si buscara algo en ella que no lograba definir—. Mikeila no es un "error" que deba ocultarse. Es el nuevo estándar por el cual mido mis decisiones. Si un negocio no es lo suficientemente bueno para el futuro de mi hija, no es lo suficientemente bueno para la Corporación Santos. Ahora, ¿vamos a hablar de dinero o van a seguir perdiendo el tiempo con mi biografía?
La junta continuó, pero el poder había cambiado de manos. Lucian ya no dominaba la sala solo por miedo, sino por un respeto nuevo y desconcertante. Elena, por su parte, se mantuvo en un estado de alerta constante. Ver a Lucian defender a su hija con esa ferocidad le daba esperanzas, pero también aumentaba su agonía.
Cada vez que él la miraba para pedirle un dato, ella sentía que el secreto le gritaba en la sangre.
Al terminar la reunión, los socios se retiraron, susurrando entre ellos sobre el "nuevo Lucian". En la sala solo quedaron ellos tres. Lucian soltó un suspiro largo y se recostó en su silla, liberando a Mikeila del portabebés para dejarla sobre la mesa de obsidiana. La niña gateó un poco, dejando huellas de sus manos sobre la superficie pulida.
—Lo hiciste bien, Rivas —dijo Lucian, sin mirarla
—. No solo con las cifras. Gracias por estar aquí. Sé que no es parte de tu descripción de trabajo ser la niñera en una sala de juntas.
—Es mi trabajo asegurar que todo salga bien, señor —respondió Elena, acercándose para recoger a la bebé—. Y Mikeila se portó de maravilla.
—¿Sabes qué es lo más gracioso? —Lucian levantó la vista y sus ojos café se clavaron en los de Elena con una intensidad que la hizo temblar
—. Esos idiotas creen que conozco a la madre. Creen que hay una mujer espectacular escondida en algún lugar de Europa a la que amo en secreto. No pueden concebir que alguien simplemente dejara a una niña así y desapareciera.
Elena sintió un nudo en la garganta.
—¿Y usted qué cree, señor?
Lucian se puso de pie, acortando la distancia entre ellos. Mikeila estaba ahora en brazos de Elena, sirviendo de puente y barrera al mismo tiempo.
—Creo que quienquiera que sea esa mujer, cometió el error de su vida al no quedarse a ver en qué se está convirtiendo esta pequeña. Pero también creo que, de no haber sido por ti, yo ya habría arruinado este proceso hace semanas.
Lucian extendió la mano y, por un segundo, Elena pensó que iba a tocarla a ella. Pero sus dedos se detuvieron en la mejilla de Mikeila.
—Vámonos a casa, Elena. Mañana será un día largo.
Mientras salían de la oficina, Elena se dio cuenta de que el peligro no era solo que Lucian descubriera la verdad. El verdadero peligro era que ella se estaba enamorando de nuevo del hombre que, por fin, estaba aprendiendo a amar, sin saber que la persona que más lo conocía era la que estaba a punto de destruir su confianza con la verdad más grande de todas.
La narración me hace morir de risa 😂😂😂😂😂