El destino trajo de vuelta a quien el corazón nunca había dejado de esperar.
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Capítulo 17 Una fiesta para mi princesa
Faltaban apenas tres días para que cumpliera cuatro años.
Una tarde, mientras jugábamos en el suelo, me abrazó fuerte y me dijo bajito al oído:
—Mamá, quiero que todo sea de Minnie.
Es lo que más me gusta en todo el mundo.
—Así será —le respondí besando su cabecita—. Será el cumpleaños más lindo que te puedas imaginar.
Cuando llegó Nicolás, comentó con voz insegura.
—No sé muy bien qué preparar.
Sé que le gusta mucho esa muñequita, pero no tengo claro qué le haría más ilusión.
—Todo lo que tenga que ver con Minnie le encantará —dije con naturalidad—.
Podemos basar todo en ella.
—¿De verdad?
—preguntó aliviado—.
Entonces ya empecemos.
Desde ese momento nos pusimos manos a la obra.
Cuando él estaba en la oficina, lo hacíamos con toda la alegría del mundo; cuando regresaba, seguíamos con cuidado, cuidando siempre nuestro secreto.
Compramos manteles rosados con lunares blancos, guirnaldas con sus orejetas y unos globos preciosos: solo rosados, blancos y un poquito de negro, tal como viste Minnie.
La niña no cabía en sí de gozo, señalando cada cosa.
—¡Mira mamá, es igual a ella!
—decía bajito, y yo me sentía emocionada.
Elegimos la torta con forma de carita, con el lazo más grande y rosado en la cabeza.
Relleno de dulce de leche y frambuesa, que es lo que más le gusta.
Encargamos platos, vasitos y hasta servilletas con su dibujo.
Preparamos bolsitas de regalo con dulces y una pequeña figura para cada amiguito que viniera.
—¿Te parece mucho?
—preguntó Nicolás al ver todo—.
Solo sé que la quiero ver sonreír así de grande.
—Es justo lo que le hará más feliz —le aseguré—.
Será un cumpleaños divino.
También le confeccionamos su vestido: tela suave rosada, lunares blancos, un lazo enorme en la espalda y otros pequeños en el dobladillo.
Cuando se lo probó, dio vueltas en el aire gritando bajito:
—¡Parezco a su amiga!
¡Soy la princesa Minnie!
Nicolás la miraba maravillado:
—No sabía que le gustara tanto…
Y, sin embargo, tú lo has sabido dar justo en el corazón.
—Solo traté de imaginar lo que ella soñaría —respondí con suavidad.
Por la noche, cuando nos quedamos solas, la niña se acercó y me dijo muy emocionada:
—Mamá, es el mejor cumpleaños.
Lo siento como si lo hubiéramos planeado las dos desde antes.
—Porque lo llevábamos aquí adentro —le dije tocando su pecho y luego el mío—.
Aunque no estuve todo este tiempo, nunca dejé de imaginar este momento.
Arreglamos el jardín: quitamos todo lo demás y dejamos solo las rosas rosadas, rodeadas de luces tenues que parecían estrellas.
Colgamos un cartel grande que decía: ¡Feliz cumpleaños, princesa! con su nombre y el dibujo de Minnie saludando.
El día anterior, Nicolás suspiró mirando todo listo.
—Parece un sueño.
No sé cómo lo hemos logrado tan bonito. Gracias por estar aquí y saber tanto de ella.
—Es un placer —respondí bajito—.
Solo quiero verla brillar.
Esa noche la acosté cansada pero sonriente.
Antes de dormir me susurró.
—Mañana cuando lleguen todos, me pararé junto a ti.
Aunque diga Valeria, yo sabré que eres mi mamá verdadera.
Y eso es lo más bonito de todo.
—Así es —le dije besando su frente—.
Y algún día papá también lo sabrá y seremos los tres tan felices como ahora te sientes tú.
Al salir de su cuarto miré todo lo preparado: cada detalle pensado con amor, cada cosa elegida sabiendo exactamente quién era mi niña.
El corazón me latía fuerte, lleno de esperanza y gratitud.
Por fin, después de tanto tiempo, podría verla celebrar su vida, crecer, reír sin miedo, y yo estaría allí, cerca, cuidando cada paso suyo.
Sería sin duda un cumpleaños divino.
El primero de muchos que compartiríamos, hasta que pudiéramos decirlo todo en voz muy alta y sin secretos.