Saga de
_ Mis hijos hackearon al CEO
"Me entregué a un monstruo y me devolvió el desprecio. Ahora, que no se atreva a tocar a mi hijo."
Hace tres años, Damián me juró amor y me dejó hundida en la deshonra, sola y con un hijo en el vientre. Mi familia rica me echó a la calle, pero aprendí a ser una leona para proteger a mi pequeño Eithan. Ya no soy la niña ingenua que él rompió; ahora soy una guerrera que no se deja humillar por nadie.
Pero el pasado ha vuelto. El mafioso que me abandonó aparece reclamando lo que es suyo, sin saber que este Heredero del Pecado solo tiene una dueña.
Él quiere poder. Yo solo quiero que se mantenga lejos de mi sangre. ¿Podrá el deseo ganarle al odio o terminaremos destruyéndolo todo?
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Capitulo 11: El sabor de la traición
Tres años antes...
El olor del café por la mañana siempre había sido mi despertador favorito, una caricia amarga que me ayudaba a enfrentar el día. Pero esa mañana, el aroma que subía desde la cocina del loft se sintió como una bofetada de azufre. Me desperté con el estómago dando vueltas, una sensación de mareo que me hizo sentir que la cama de Damián se convertía en un barco en medio de una tormenta.
Corrí al baño tropezando con mis propios pies, apenas llegando a tiempo antes de que mi cuerpo decidiera expulsar hasta el último recuerdo de la cena de lujo de la noche anterior. Me quedé de rodillas sobre el mármol frío, temblando, con el sudor perlado en mi frente y un sabor amargo en la boca que ninguna cantidad de agua parecía poder borrar.
—¿Alessandra? —la voz de Damián, profunda y cargada de una sospecha inmediata, sonó desde el umbral de la puerta.
Me limpié la boca con el dorso de la mano, tratando de recuperar el aliento. Me sentía débil, como si mis huesos se hubieran vuelto de cristal.
—Es… es solo el estrés, Damián. No he dormido bien con todo lo que ha pasado con mi padre.
Damián se acercó y se puso en cuclillas frente a mí. No había lástima en su rostro, solo una intensidad que me hizo querer encogerme. Me tomó el pulso en la muñeca, apretando un poco más de lo necesario. Sus ojos negros recorrieron mi rostro pálido, analizando cada detalle como si fuera una escena del crimen.
—Estás blanca como el papel, nena. Y este es el tercer día que te escucho correr al baño —murmuró, y por un segundo, vi una sombra de algo desconocido cruzar su mirada. ¿Miedo? No, Damián Smirnov no conocía el miedo. Era algo más... posesivo—. Quedate acá. No te muevas.
Se levantó y salió del baño, pero no fue a buscar medicina. Lo escuché hablar por teléfono en el salón, su voz era un murmullo bajo y peligroso. Yo me quedé ahí, apoyada contra la bañera, sintiendo cómo una idea empezaba a formarse en mi mente, una idea que me aterraba más que cualquier amenaza de mi padre. No puede ser. Ahora no.
Media hora después, Damián regresó. Pero no venía solo. Igor y otro de sus hombres estaban con él, y sus rostros estaban tensos, como si estuvieran listos para una guerra. Damián sostenía una carpeta de cuero negro en la mano.
—Olvidate de las náuseas por un momento, Alessandra —dijo, tirando la carpeta sobre el mármol del lavabo—. Tenemos problemas más grandes que un estómago revuelto.
Con dedos temblorosos, abrí la carpeta. Eran fotos. Fotos de Damián entrando al edificio, fotos mías saliendo al balcón, y lo más aterrador: capturas de pantalla de mensajes de texto.
—¿Qué es esto? —susurré.
—Es el plan de rescate de tu padre —escupió Damián, y el sonido de su nombre en su boca sonó como un disparo—. El viejo no se rinde. Ha contratado a un grupo de mercenarios, ex-operativos de la inteligencia estatal. No vienen por vos para traerte a casa con un abrazo, Alessandra.
—¿Qué querés decir?
Damián se acercó tanto que pude sentir el calor de su cuerpo envolviéndome, pero esta vez se sentía como una jaula.
—El mensaje es claro: "Si no puede ser la heredera de los Valente, que no sea de nadie". Tu padre ha dado la orden de "extracción definitiva". Si los mercenarios no pueden sacarte de acá en cuarenta y ocho horas, tienen permiso para eliminar el "activo". O sea, a vos.
El mareo volvió con más fuerza. Sentí que el mundo desaparecía bajo mis pies. Mi propio padre... el hombre que me crió, el que me compraba muñecas de porcelana, ahora estaba pagando para que un profesional me pusiera una bala en la cabeza porque ya no le servía para sus negocios.
—Él no... él no llegaría tan lejos... —balbuceé, aunque en el fondo sabía que era verdad.
—Él ya llegó, nena. Creyó que podía usar a estos tipos para entrar en mi territorio —Damián soltó una risa seca, una que me hizo darme cuenta de que el diablo estaba de muy mal humor—. Pero cometió un error. Uno de esos mercenarios me debe la vida de su hermano. Me vendió el plan antes de que empezaran a cargar las armas.
Damián se giró hacia Igor.
—¿Están listos?
—Sí, jefe. Los tenemos ubicados en el hotel de la zona norte. Están esperando la señal del padre de la señorita.
Damián asintió y volvió a mirarme. Sus manos subieron a mis hombros, apretando con una fuerza que buscaba anclarme.
—Me voy a encargar de esto. Personalmente. Ninguno de esos perros va a llegar a tocarte ni un pelo. Pero quiero que entiendas algo, Alessandra: después de hoy, tu padre deja de existir. No importa cuánto llores o cuánto pidas clemencia. Voy a borrar su nombre de la faz de la tierra.
—Damián, por favor... es mi padre...
—Era el hombre que te dio la vida. Ahora es el hombre que quiere quitártela —me cortó, pegando su frente a la mía. Su aroma a sándalo y pólvora me inundó—. Y yo no comparto mis pertenencias con la muerte.
Me besó con una furia desesperada, una lengua que reclamaba cada rincón de mi boca mientras sus manos bajaban por mi espalda, apretándome contra él como si quisiera fundirme en su propia piel. A pesar del horror, a pesar de las náuseas que seguían latentes en mi garganta, mi cuerpo respondió a su toque. Me aferré a su camisa, buscando seguridad en el hombre que estaba a punto de cometer una masacre por mí.
Él me cargó y me llevó a la cama, pero no hubo tiempo para la lentitud. Necesitaba marcarme una vez más antes de salir a matar. Se deshizo de su ropa y de la mía con una urgencia violenta. Me poseyó con una fuerza que me dejó sin aliento, sus embestidas eran rítmicas y pesadas, como si cada golpe fuera una promesa de protección. Sus manos me sujetaban con tal firmeza que sabía que dejaría marcas, y por primera vez, no me importó. Prefería sus marcas que el frío de una bala.
Grité su nombre mientras el clímax me sacudía, un espasmo de placer mezclado con el puro terror de lo que vendría. Damián se quedó sobre mí un momento, su corazón martilleando contra mi pecho.
—Quedate en la cama. Igor se queda en la puerta. Si escuchás disparos, no salgas —ordenó mientras se vestía de nuevo, ajustando su arma y revisando el cargador con una frialdad mecánica.
Lo vi salir por la puerta del loft, una sombra de muerte lista para devorar a quienes se atrevieran a desafiarlo. Me quedé sola, envuelta en las sábanas que olían a nosotros, sintiendo una nueva oleada de náuseas. Pero esta vez, no era solo el asco por la traición de mi padre.
Llevé mi mano a mi vientre, todavía plano y suave.
—Por favor, que no salga igual a él—susurré en la oscuridad del cuarto—. Por favor, que no tenga su sangre.
Pero el destino ya estaba escrito. El heredero del pecado estaba en camino, y la guerra entre los Valente y los Smirnov apenas estaba empezando a teñirse de rojo.