Hay amores que duelen más que cualquier golpe. Leo lo sabe bien: ama a una madre que lo abandonó, que lo eligió última vez, que lo cambió por un monstruo. Sobre el escenario aprende a llorar y reír bajo comando, pero fuera de él sigue siendo ese niño que espera en la puerta a que ella regrese. Cuando finalmente vuelve, Leo está dispuesto a perdonarlo todo. Pero el pasado no miente, y las heridas mal cerradas siempre sangran de nuevo. Esta es la historia de un hijo que aprendió a soltar, aunque le arrancaran el alma en el intento.
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Capítulo 10: El peso de la verdad a medias
Tres días después de la discusión con Héctor, Leo recibió una llamada de Valeria. Su voz sonaba alterada, entrecortada, como si hubiera estado llorando.
—Leo, por favor, necesito verte —dijo—. Fabián se enteró de que nos estamos viendo. Vino a mi casa. Me pegó. Tengo miedo.
—¿Dónde estás? —preguntó Leo, con el instinto protector despertando como un animal dormido.
—En una gasolinera. No sé a dónde ir. No tengo a nadie más.
—Quédate ahí. Voy por ti.
Colgó y salió disparado de la mansión. No le dijo nada a Héctor, no pidió permiso, no pensó. Solo actuó. Condujo como un loco por las calles de la ciudad, esquivando coches y semáforos, hasta que llegó a la gasolinera indicada. Allí estaba Valeria, sentada en una acera, con el rostro amoratado y el vestido roto. Llevaba una maleta pequeña y un morral.
—Mamá —dijo, y la palabra salió sin esfuerzo—. Sube al coche.
Ella obedeció. No hablaron durante el trayecto. Leo la llevó a un hotel discreto, de esos donde nadie pregunta nada, y le alquiló una habitación. Cuando estuvieron a solas, Valeria rompió a llorar.
—No sé qué hacer, Leo. Fabián me amenazó con matarme si seguía viéndote. Dijo que no permitiría que su esposa tuviera contacto con "ese actor engreído". También dijo que iba a arruinar tu carrera. Tiene contactos, Leo. Gente peligrosa.
—No le tengo miedo —respondió él, aunque por dentro sí lo tenía—. Y tú tampoco deberías. Denúncialo. Vete a un refugio. Yo te ayudo.
—¿Y si viene por ti? —preguntó ella, con genuina preocupación.
—Entonces me defenderé. Ya no soy un niño, mamá. Puedo cuidarme.
Valeria lo abrazó. Un abrazo largo, cálido, de esos que Leo había soñado durante años. Y en ese momento, todas las sospechas, todas las advertencias de Héctor, se desvanecieron. Solo quedó el amor filial, ciego y desesperado.
—Quédate conmigo esta noche —pidió ella—. No quiero estar sola.
—Está bien —cedió Leo—. Me quedo.
Durmió en un sofá de la habitación, con un ojo abierto y el otro cerrado. A la mañana siguiente, desayunaron juntos y comenzaron a hacer planes. Leo le ofreció dinero para que se instalara en otro lugar, lejos de Fabián. Ella aceptó, pero con una condición:
—Quiero que me presentes a tu tutor. Quiero agradecerle personalmente por haber cuidado de ti.
—No es buena idea —dijo Leo, recordando el conflicto—. Él no confía en ti.
—No me importa. Quiero conocerlo. Quiero mirarlo a los ojos y decirle gracias. Y quizás así, él pueda entender que no soy la mala de esta historia.
Leo dudó. Pero finalmente accedió. Acordaron una cena en su casa, la mansión de Héctor, para la noche siguiente.
Cuando Leo regresó a la mansión, el ambiente era tenso. Héctor lo esperaba en el comedor, con las manos cruzadas sobre la mesa.
—¿Puedo saber por qué invitaste a tu madre a mi casa? —preguntó con calma, pero con un filo helado.
—Porque quiero que la conozcas. Como persona. No como el fantasma de mi pasado.
—Ya la conozco, Leo. La conocí desde el primer día que me hablaste de ella. Y sé que no ha cambiado.
—¿Cómo puede saberlo si ni siquiera ha hablado con ella?
Héctor se levantó. Caminó hacia una gaveta y extrajo un sobre de papel manila.
—Porque tengo esto. Una foto que me envió un amigo periodista. La tomaron ayer en el aeropuerto.
Leo tomó la foto. En ella aparecía Valeria, sí. Pero no sola. Estaba con Fabián, riendo, besándolo en la mejilla. Y llevaba la misma ropa rota que había usado para fingir la golpiza.
—Es un montaje —dijo Leo, negando con la cabeza—. La foto es falsa.
—No lo es. Y lo sabes.
—¡Usted siempre encuentra algo malo! —gritó Leo, desgarrando la foto—. ¡No soporta que alguien pueda ser buena persona! ¡No soporta que yo pueda tener una familia!
Héctor no respondió. Solo se quedó quieto, con los brazos caídos, mirando a su pupilo como quien mira a un barco que se aleja.
—Vete —dijo al fin—. Pero recuerda que esta casa siempre tendrá una puerta abierta para ti. Siempre. Cuando quieras volver.
Leo salió corriendo. No miró atrás. Esa noche, durmió en el hotel con su madre, sin saber que, a solo unos metros, en la habitación contigua, Fabián esperaba la señal para poner en marcha su plan.
Una señal que llegaría al día siguiente, cuando Valeria, con lágrimas en los ojos, le pidiera a Leo que firmara unos papeles "para su seguridad".
—Son documentos que me permitirán heredar tus bienes si algo te pasa —dijo ella—. No quiero que Fabián se quede con nada.
Leo, ciego de confianza, firmó sin leer.
Y el mundo comenzó a desmoronarse.