Hay personas que llegan a tu vida haciendo ruido, otras que lo cambian todo en el silencio.
Libra nunca imaginó que una conversación sobre Saturno pudiera convertirse en el comienzo de la historia más importante de su vida. Entre recreos, paseos después de clase, chocolates calientes, bancos de madera y amaneceres compartidos, conocerá a Acuario, un chico que tiene la extraña habilidad de encontrar belleza en los pequeños detalles y de hacer sentir especiales a quienes lo rodean.
Mientras el tiempo avanza y el final del curso se acerca, ambos descubrirán que crecer significa aprender a convivir con los cambios, con el miedo a perder lo que amas y con las palabras que, a veces, nunca llegan a decirse.
Porque algunas historias de amor no nacen con un beso.
Nacen con una conversación que parecía insignificante.
Con una fotografía tomada sin avisar.
Con una promesa hecha entre risas.
Con dos personas que, sin darse cuenta, empiezan a convertirse en el hogar del otro.
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Capítulo 5 - Cuando empiezas a buscar a alguien
Uno no se enamora de golpe.
Eso solo pasa en las películas.
En la vida real ocurre de otra manera.
Primero aprendes una voz.
Después una risa.
Luego una forma de caminar.
Empiezas a reconocer sus pasos entre decenas de personas.
Sabes dónde suele sentarse.
A qué hora aparece por un pasillo.
En qué momento se gira para saludar.
Y un día descubres que llevas varios minutos buscándolo con la mirada.
Sin darte cuenta.
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Aquella mañana Libra llegó antes de lo habitual.
El instituto todavía estaba medio dormido.
Algunos alumnos esperaban apoyados en la verja principal.
Otros desayunaban deprisa antes de entrar.
El cielo estaba cubierto de nubes grises que amenazaban lluvia.
—Hoy sí que hace frío... —dijo Capricornio frotándose las manos.
—Demasiado.
Entraron cuando sonó el primer timbre.
Mientras subían las escaleras, Libra miró de forma completamente involuntaria hacia el patio.
No estaba.
"No pasa nada."
Solo era una tontería.
No tenía por qué estar allí todos los días.
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Las primeras horas pasaron lentas.
Matemáticas.
Lengua.
Biología.
El reloj parecía haberse olvidado de avanzar.
Cuando por fin sonó el recreo, el grupo salió casi corriendo.
Como siempre.
El mismo camino.
El mismo rincón.
Las mismas bromas.
Pero faltaba alguien.
—¿Y Acuario? —preguntó Leo.
—Ni idea.
—A lo mejor tiene examen.
—O estará castigado otra vez —rió Escorpio.
Todos siguieron hablando.
Todos menos Libra.
No dijo absolutamente nada.
Se limitó a abrir su bocadillo.
A escuchar.
A mirar de vez en cuando hacia la entrada del patio.
Cinco minutos.
Diez.
Quince.
No apareció.
Qué raro.
Le molestó pensar eso.
¿Por qué iba a parecerle raro?
Solo era un amigo.
O eso seguía diciéndose.
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El resto del día pasó con una extraña sensación de vacío.
No era tristeza.
Ni preocupación.
Solo notaba que faltaba una pieza.
Y eso hacía que todo pareciera un poco más silencioso.
Al salir del instituto volvió a mirar, casi por costumbre, hacia la puerta principal.
Nada.
Ni rastro.
Capricornio la observó de reojo.
—¿Buscas a alguien?
Libra reaccionó inmediatamente.
—No.
—¿Segura?
—Estoy buscando a mi dignidad después del examen de Biología.
Las dos terminaron riéndose.
Pero Capricornio no era tonta.
Había visto esa mirada demasiadas veces.
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Al día siguiente todo volvió a la normalidad.
O casi.
Mientras el grupo hablaba en el recreo, una voz apareció detrás de ellos.
—¿Me habéis echado de menos?
Libra levantó la cabeza antes incluso de darse cuenta.
Ahí estaba.
Con esa sonrisa de siempre.
Como si nunca hubiera faltado.
—Mira quién ha decidido aparecer... —dijo Leo.
—Tenía cosas que hacer.
—¿Más importantes que nosotros?
—Imposible.
Acuario dejó la mochila en el suelo.
Se acercó al banco.
Y, sin pedir permiso, se sentó justo al lado de Libra.
Había sitio de sobra.
Podía haberse sentado en cualquier otro lugar.
Pero eligió ese.
Ella notó el roce de su hombro.
Apenas un segundo.
Lo suficiente para que el corazón le diera un pequeño vuelco.
Intentó que nadie lo notara.
Siguió mordiendo el bocadillo como si nada hubiera pasado.
—¿Qué? —preguntó él.
—¿Qué de qué?
—Llevas dos minutos mirándome raro.
—No te estaba mirando.
—Claro que sí.
—Tienes mucho ego.
Él sonrió.
—¿Entonces no me echaste de menos ayer?
Libra levantó una ceja.
—¿Tenía que hacerlo?
—No sé...
—Pues no.
Mintió.
Y los dos lo supieron.
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La conversación continuó como cualquier otro día.
Pero había cambiado algo.
Muy poco.
Casi imperceptible.
Ya no existía esa pequeña distancia incómoda del principio.
Ahora se interrumpían.
Se corregían.
Se quitaban el bocadillo.
Se empujaban ligeramente mientras discutían sobre cualquier tontería.
Era la confianza.
Había llegado sin pedir permiso.
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—Tengo una teoría —anunció Acuario de repente.
Todos lo miraron.
—Eso nunca acaba bien... —murmuró Escorpio.
—Las personas pueden dividirse en dos grupos.
Leo suspiró.
—A ver...
—Las que comen el bocadillo empezando por un lado...
...y los psicópatas que empiezan por el centro.
Capricornio soltó una carcajada.
—¿En serio?
—Es ciencia.
—¿Y tú qué sabes de ciencia?
—Muchísimo.
Libra levantó lentamente su bocadillo.
Le dio un mordisco exactamente por el centro.
Sin apartar la vista de él.
Silencio.
Cinco segundos.
Después Acuario abrió mucho los ojos.
—¡No puede ser!
—¿Qué pasa?
—Eres una psicópata.
—Puede.
—¿Lo has hecho solo para llevarme la contraria?
Ella sonrió.
Esa sonrisa pequeña que cada vez aparecía con más frecuencia.
—Puede.
Todos comenzaron a reír.
Acuario negó con la cabeza.
—Cada día me caes peor.
—Y aun así sigues viniendo.
Él bajó la mirada un instante.
Una sonrisa escapó de sus labios.
—Tienes razón.
No dejó de venir.
Ni ese día.
Ni el siguiente.
Ni el otro.
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Aquella tarde empezó a llover cuando salían del instituto.
Una lluvia fina.
Persistente.
De esas que parecen inofensivas hasta que descubres que estás completamente empapado.
Los alumnos comenzaron a abrir paraguas.
Otros echaron a correr.
Libra rebuscó en su mochila.
—No puede ser...
Se lo había olvidado.
—¿Problemas?
Levantó la cabeza.
Acuario sostenía un paraguas negro.
—Un poco.
Él miró el cielo.
Luego volvió a mirarla.
—Ven.
—No hace falta.
—Vas a llegar a casa calada.
—No pasa nada.
—Libra.
Había algo en su voz que no sonó a broma.
Ni a vacile.
Solo a preocupación.
Ella dudó unos segundos.
Después dio un paso.
Los dos quedaron bajo el mismo paraguas.
Era pequeño.
Demasiado pequeño.
Tenían que caminar muy cerca para no mojarse.
Los hombros se rozaban cada pocos pasos.
Ninguno decía nada.
Por primera vez desde que se conocían...
El silencio no resultaba incómodo.
Al contrario.
Parecía suficiente.
—¿Sabes una cosa? —preguntó él sin dejar de caminar.
—¿Qué?
—Cuando no viniste tú pensé que el recreo sería aburrido.
Libra giró la cabeza lentamente.
—El que faltó fuiste tú.
—Ya...
—Y fue aburrido.
Acuario sonrió sin mirarla.
No respondió.
Porque, por primera vez en mucho tiempo, sintió que una frase sencilla le había llegado mucho más adentro de lo que esperaba.
La lluvia siguió cayendo sobre la ciudad.
Pero debajo de aquel paraguas acababa de ocurrir algo que ninguno de los dos supo nombrar.
No era una confesión.
No era un comienzo.
Todavía no.
Era simplemente la primera vez que ambos admitían, aunque fuera sin decirlo del todo, que la ausencia del otro empezaba a notarse demasiado.