Elena San Román es la esposa abnegada de Julián Ferrara, el heredero de un imperio hotelero. Ella lo dio todo: dejó su carrera como arquitecta para apoyarlo y cuidó de su madre enferma. Sin embargo, el día de su tercer aniversario, Elena descubre que Julián nunca la amó. Él solo se casó con ella para cumplir una cláusula del testamento de su abuelo y así obtener la presidencia.
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Una cena pasiva-agresiva
Punto de vista de Julián
La estupidez cometida por Sofía al ir a la oficina de Valenzuela y el escándalo de la auditoría eran dos golpes que debía frenar antes de que terminaran de hundirme. Sofía debía disculparse por intentar crear discordia en el matrimonio de mis enemigos, y yo debía recuperar su confianza, o al menos ganar el tiempo suficiente para que el banco desbloqueara mis fondos.
La noche de la cena finalmente llegó. Mientras esperaba en el gran salón, observé a Sofía bajar las escaleras. Lucía, como siempre, "vulgar y corriente". Su vestido era demasiado ajustado, sus joyas demasiado ruidosas; en ese aspecto, Elena era mucho más elegante y sutil. Sacudí esos pensamientos con irritación. Elena estaba muerta y nada la devolvería; yo mismo me había encargado de que su rastro se perdiera en el fondo del lago. Ahora mi problema era Alix Thorne, una mujer que no se dejaba intimidar y que parecía disfrutar viéndome arder. Aún no terminaba de entender su actitud hacia mi, pero esta noche estaba dispuesto a descubrirlo.
El timbre sonó. Mis nervios, usualmente de acero, vibraron por un segundo.
Cuando entraron, el aire de la casa pareció cambiar. Adrián Valenzuela caminaba con la arrogancia de quien sabe que es dueño de la ciudad, pero era ella quien acaparaba toda la luz. Alix llevaba un vestido de seda color perla, sencillo pero de un corte impecable que hacía que Sofía pareciera una imitación barata de una dama.
—Bienvenidos a nuestra casa —dije, extendiendo la mano con mi mejor sonrisa de anfitrión—. Adrián, Alix... es un honor tenerlos aquí.
—Gracias por la invitación, señor Ferrara —respondió Alix, su voz era pura miel con espinas. Paseó la mirada por el salón, deteniéndose en un cuadro que Sofía había colgado donde antes estaba el retrato de la familia San Román—. Tienen una casa... interesante. Aunque noto que el gusto decorativo no es el mas idoneo para una arquitectura tan impecable. Es una lástima cuando se pierde la esencia de un lugar por intentar modernizarlo a la fuerza, ¿no creen?
Sofía apretó su copa de vino hasta que sus nudillos se pusieron blancos.
—Queríamos darle un aire más fresco, más "vivo" —replicó Sofía con una sonrisa forzada.
—Entiendo —dijo Alix, rozando con sus dedos un jarrón de porcelana que yo sabía que pertenecía a la madre de Elena—. A veces lo "vivo" resulta ser simplemente... ruidoso. Pero supongo que cada quien se rodea de lo que siente que merece.
Su respuesta fue mordaz, aunque sutil. Alix era una mujer de gustos impecables y a decir verdad Sofía habia transformado la casa en un circo de opilencia desmedida.
Nos dirigimos al comedor. La mesa estaba servida con la mejor platería, pero la tensión era el plato principal.
Rosa el ama de llaves entro a la habitación, pero su reacción llamo mi atención, ella se quedó mirando a mi invitada de manera inusual, podia decir que era un manojo de nervios.
—Espero que esta cena sirva para limar asperezas —comenté mientras el servicio servía el primer tiempo, desviando mi atención de el ama de llaves —. Lo de las fotos fue un malentendido de Sofía. Ella es algo impulsiva cuando se trata de proteger lo que considera suyo.
—No se preocupe, Julián —intervino Adrián, cruzando los cubiertos con una tranquilidad aterradora—. Mi esposa y yo no nos guiamos por impulsos. Nosotros preferimos los hechos. Y los hechos dicen que su administración de las tierras de la zona norte ha sido, por decir lo menos, creativa.
—Hablando de las tierras —dijo Alix, clavando sus ojos en los míos—, hoy revisé los planos originales de la hacienda San Román. Es curioso cómo los límites parecen haberse movido a su favor en los últimos documentos. Me pregunto si la antigua dueña era tan generosa o si usted es simplemente un hombre con mucha suerte para los accidentes legales.
El silencio que siguió fue sepulcral. Podía sentir el sudor frío bajando por mi nuca. Ella no estaba allí para negociar; estaba allí para diseccionar mi crimen frente a mis propios ojos, usando una elegancia que me recordaba a un fantasma que se negaba a descansar.
—La suerte no tiene nada que ver con los negocios, Alix —respondí, tratando de mantener la voz firme.
—Oh, estoy de acuerdo —sonrió ella, dando un sorbo a su vino—. Por eso estoy aquí. Porque la suerte siempre se acaba, y cuando eso pasa, solo quedan las deudas. Y yo he venido a cobrar todas las que me corresponden.
Sus palabras flotaron en el aire como una sentencia. Adrián, a su lado, no decía nada; se limitaba a observarme con esa mirada de quien espera que su presa dé el paso en falso definitivo.
Para romper el silencio asfixiante, hice un gesto a Rosa para que trajera la siguiente botella. El ama de llaves volvió a entrar, pero sus manos temblaban tanto que el cristal de la botella chocó contra la copa de Alix.
—¡Cuidado, Rosa! —le espeté, descargando mi frustración en ella.
—Lo siento, señor... es que... —Rosa miró a Alix, y por un segundo vi terror en sus ojos antes de que bajara la cabeza y se retirara casi huyendo.
Alix no se inmutó. Al contrario, dedicó una mirada fugaz a la puerta por donde salió Rosa, una mirada que me pareció cargada de una extraña melancolía que se desvaneció en un pestañeo.
—No sea duro con ella, Julián —dijo Alix, retomando el hilo de la conversación—. A veces los fantasmas del pasado son más difíciles de ignorar para unos que para otros.
—No sé de qué fantasmas habla —intervino Sofía, forzando una risa chillona—. En esta casa no hay nada más que nosotros.
Alix abrió su bolso de mano, un diseño exclusivo que combinaba perfectamente con su vestido, y sacó una pequeña caja de terciopelo azul. La deslizó por la mesa hacia Sofía.
—Como muestra de mi "agradecimiento" por la hospitalidad de esta noche, y para sellar esta tregua, les traje un pequeño obsequio —dijo Alix.
Sofía, movida por la codicia, abrió la caja de inmediato. Sus ojos se abrieron de par en par. Dentro había un broche de plata en forma de orquídea, con una pequeña esmeralda en el centro.
Sentí que el corazón se me detenía. Ese broche... yo se lo había regalado a Elena en nuestro primer aniversario. Estaba seguro de que ella lo llevaba puesto el día del accidente. Debería estar en el fondo del lago, retorcido entre los restos del auto.
—Es... es precioso —balbuceó Sofía, sin saber qué decir.
—Lo encontré en una subasta de antigüedades en Nueva York —explico Alix, aunque sus ojos me decían que sabía exactamente de dónde venía—. Me dijeron que pertenecía a una familia de la región que sufrió una gran tragedia. Pensé que, dado su interés por renovar esta casa, le gustaría conservar algo con... historia.
Miré a Alix con puro horror. Ella sostenía mi mirada con una sonrisa triunfal, una sonrisa que por un segundo dejó de ser la de una inversionista extranjera y se convirtió en el reflejo de algo mas aterrador.
—¿Te pasa algo, Julián? —preguntó Adrián, apoyando los codos en la mesa, disfrutando de mi colapso—. Pareces haber visto un muerto.
—No es nada —logré articular, aunque sentía que el aire me faltaba—. Solo... el vino. Es un vino muy fuerte.
—Entonces brindemos por eso —dijo Alix, levantando su copa—. Por las cosas que regresan de las profundidades, y por las deudas que, tarde o temprano, siempre encuentran a su dueño.