Sangre y Cenizas
"Te mataría si pudiera dejar de amarte"
Maya es cazadora de vampiros. Lucien es el vampiro que debería haber
muerto hace años.
Entre encuentros clandestinos y besos prohibidos, descubren que existe
un amor más peligroso que cualquier arma: uno que te envenena desde
adentro, que te hace traicionar todo lo que eres, y que solo termina
de una manera.
En la oscuridad, donde el bien y el mal se desdibujan, dos almas
rotas aprenderán que algunos fuegos nunca deberían encenderse.
Pero algunos ya arden.
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CAPÍTULO 21: La Trampa Perfecta
Maya intentó correr hacia la puerta, pero Adrian se movió, bloqueando su camino. Los otros cuatro vampiros se acercaron lentamente, formando un círculo a su alrededor.
—¿Qué quieren? —preguntó Maya, sacando sus cuchillos de plata.
—Queremos lo mismo que siempre hemos querido —respondió Adrian—. Queremos que Lucien componga la sinfonía. Queremos que cree la música que controlará a todos los vampiros del mundo.
—Lucien nunca hará eso —dijo Maya—. Él eligió ser libre.
—¿Libre? —rió Adrian—. Lucien nunca será libre, pequeña cazadora. Porque mientras existas, mientras estés viva, tendremos algo con lo que controlarlo. Tendremos la amenaza de tu muerte.
Se acercó más.
—Así que aquí está el plan —continuó—. Lucien va a componer la sinfonía. Y cuando la haya completado, vamos a permitir que vivas. Vamos a permitir que ambos vivan. Juntos. En paz. Como recompensa por su obediencia.
—Eso es una mentira —dijo Maya.
—Sí —estuvo de acuerdo Adrian—. Es una mentira. Pero es una mentira que Lucien creerá. Es una mentira que lo mantendrá trabajando. Es una mentira que nos permitirá lograr lo que queremos.
Levantó su mano, y Maya fue lanzada contra la pared. Sintió que sus costillas se rompían, que el aire salía de sus pulmones.
—Ahora, vamos a comenzar —dijo Adrian—. Lucien, despierta.
Los ojos de Lucien se abrieron completamente. Miró a Maya, y en sus ojos rojos vio horror, dolor, desesperación.
—¿Maya? —susurró—. ¿Qué estás haciendo aquí?
—Es una trampa —respondió Maya, intentando levantarse—. Es una trampa, Lucien. No creas lo que te dicen.
—Calla —dijo Adrian, y Maya fue silenciada por un hechizo que le cerró la garganta.
Se acercó a Lucien.
—Tienes una opción —dijo—. Puedes componer la sinfonía voluntariamente, y tu amada vivirá. O puedes rehusarte, y la torturaremos lentamente hasta que cambies de opinión. Puedes verla sufrir. Puedes escuchar sus gritos. Y al final, morirá de todas formas.
—¿Cuánto tiempo tengo? —preguntó Lucien, su voz temblando.
—Una semana —respondió Adrian—. Tienes una semana para componer una sinfonía que sea lo suficientemente poderosa para controlar a todos los vampiros del mundo. Una semana para crear tu obra maestra. Una semana para convertirte en lo que siempre debiste haber sido.
Los siguientes siete días fueron el infierno.
Lucien fue llevado a una habitación donde había un piano. Le fue permitido tocar, le fue permitido componer, pero bajo vigilancia constante. Adrian y los otros vampiros antiguos lo observaban, asegurándose de que no intentara nada estúpido.
Maya fue mantenida en una celda cercana. Podía escuchar la música que Lucien estaba componiendo. Podía escuchar la agonía en cada nota. Podía sentir su dolor, su frustración, su desesperación.
Una vez al día, Adrian la visitaba.
—¿Cómo estás, pequeña cazadora? —preguntaba, sonriendo.
Y una vez al día, Maya escupía sangre, se negaba a responder, se negaba a darle la satisfacción de verla sufrir.
Pero por dentro, estaba siendo destrozada. Porque sabía que Lucien estaba siendo destrozado también. Sabía que estaba siendo forzado a crear la cosa que más odiaba. Sabía que estaba siendo forzado a convertirse en lo que Seraphine, lo que Evangeline, lo que todos los que lo habían querido controlar, habían querido que fuera.
En la noche del séptimo día, Adrian entró en su celda.
—La sinfonía está completa —dijo—. Lucien ha terminado. Ha creado una obra maestra. Una obra maestra que controlará a todos los vampiros del mundo.
Levantó su mano, y la puerta de la celda se abrió.
—Ven —dijo—. Ven a escucharla.
La habitación donde estaba el piano estaba llena de vampiros antiguos.
Todos los cinco que habían capturado a Maya estaban allí. Y había otros también. Había vampiros que Maya no había visto antes. Había vampiros que parecían ser tan antiguos como el mundo mismo.
Lucien estaba sentado al piano, sus ojos rojos vacíos, como si su alma hubiera sido removida.
Cuando vio a Maya, algo en sus ojos se iluminó. Pero fue solo por un momento. Luego, volvió a la oscuridad.
—¿Está lista? —preguntó Adrian.
Lucien asintió lentamente.
Luego comenzó a tocar.
La música que salió del piano fue la cosa más hermosa y terrible que Maya había escuchado jamás. Fue música que hacía que el aire vibrara. Música que hacía que la realidad misma se doblara. Música que era puro poder, puro control, pura esclavitud.
Mientras tocaba, los vampiros antiguos en la habitación comenzaron a cambiar. Sus ojos se volvieron más rojos. Sus cuerpos se contorsionaron. Y luego, lentamente, sus expresiones se volvieron vacías. Se volvieron esclavas.
Lucien había hecho exactamente lo que le habían pedido. Había creado una sinfonía que controlaba a otros vampiros.
Cuando terminó de tocar, se desmoronó.
Adrian se acercó a Maya.
—Bueno, pequeña cazadora —dijo—. Hemos logrado lo que queremos. Lucien ha creado la sinfonía. Los dieciocho vampiros antiguos están bajo nuestro control. Ahora, el mundo es nuestro.
—¿Y yo? —preguntó Maya—. ¿Qué pasará conmigo?
Adrian sonrió.
—Tú vas a morir —dijo simplemente—. Porque ya no te necesitamos. Porque Lucien está completamente bajo nuestro control ahora. Porque tu existencia es un riesgo.
Levantó su mano.
Pero antes de que pudiera atacar, la puerta de la habitación se abrió de golpe.
Viktor entró, seguido por Thomas, seguido por una docena de cazadores y vampiros aliados.
—¡Detente ahí! —gritó Thomas, sus cuchillos de plata brillando.
Adrian se giró, furioso.
—¿Cómo encontraron este lugar?
—Porque Lucien nos envió un mensaje —respondió Viktor—. Un mensaje que fue codificado en la música. Un mensaje que solo yo podía entender.
Se acercó a Lucien.
—¿Estás bien, amigo?
Lucien levantó la vista, y en sus ojos rojos vio algo que no era esclavitud. Vio rebelión. Vio esperanza.
—La sinfonía no es lo que creen que es —dijo Lucien, su voz débil—. La sinfonía que compuse no controla a los vampiros antiguos. La sinfonía que compuse es una trampa. Es una sinfonía que los ata a mí. Que me permite sentir sus mentes. Que me permite saber dónde están en todo momento.
Adrian gritó, un sonido de pura rabia.
—¡Mátalo! —gritó a los vampiros que estaban bajo su control.
Pero los vampiros no se movieron. Estaban atrapados en la sinfonía de Lucien, incapaces de actuar sin su permiso.
La batalla estalló.
Los cazadores atacaron a los vampiros antiguos. Viktor se lanzó contra Adrian, sus colmillos brillando. Thomas corrió hacia Maya, ayudándola a levantarse.
Lucien se desmoronó, exhausto por el esfuerzo de mantener la sinfonía.
Maya corrió hacia él, abrazándolo.
—¿Estás bien? —preguntó.
—No —respondió Lucien—. Pero lo estaré. Ahora que estás aquí, lo estaré.
Cuando la batalla terminó, tres de los cinco vampiros antiguos estaban muertos. Adrian había logrado escapar, desapareciendo en la noche.
Los cazadores y vampiros aliados llevaron a Lucien y Maya a un lugar seguro. Un hospital donde Lucien pudo recuperarse de sus heridas, donde Maya pudo recuperarse de sus torturas.
Pero mientras estaban en el hospital, recibieron una noticia que los heló la sangre.
La sinfonía que Lucien había creado, la sinfonía que estaba siendo transmitida a través de ondas de radio, a través de internet, a través de cada medio de comunicación disponible, estaba siendo escuchada por todos los vampiros del mundo.
Y aunque la sinfonía no los controlaba, les estaba mostrando algo. Les estaba mostrando dónde estaban los otros vampiros. Les estaba mostrando una mapa de poder. Les estaba mostrando el futuro de su especie.
Y ese futuro era guerra.