Una carta, una vieja dirección y una pesada maleta de cuero cambian el destino de Borans para siempre. Esta es la historia de una pequeña que, con su dulce inocencia, transforma por completo la vida de su papá, obligándolo a dejar el mundo de la delincuencia para entregarlo todo por ella. ¿Podrá el amor de una hija salvar a un hombre de su propio pasado?
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Capitulo 7
Al día siguiente, la fiebre de Zerimar había cedido, pero el ambiente seguía tenso. Borans y Ogur caminaban a paso apresurado llevando a la pequeña hacia la escuela. En el transcurso del camino, creyendo que la niña estaba distraída, comenzaron a hablar en voz baja sobre los planes definitivos para robar las valiosas pinturas. Lo que no se imaginaban era que la pequeña escuchaba absolutamente todo.
—¿Qué planean ustedes dos? —interrumpió Zerimar, mirándolos con fijeza.
Ogur se tensó y se apresuró a responder con una sonrisa nerviosa:
—Nada, pequeña, cosas de adultos. No te preocupes por eso.
Zerimar, sabiendo perfectamente la situación y el tipo de vida que llevaban, se plantó con madurez:
—Yo no voy a dejar que le roben a nadie —sentenció con firmeza.
Borans y Ogur simplemente obviaron su comentario con una risa burlona y la dejaron en la entrada de la escuela. En cuanto la vieron cruzar la puerta, ambos se marcharon a toda prisa para cambiarse de ropa. Se vistieron con trajes elegantes, fingiendo ser hombres de alta sociedad, gente adinerada dispuesta a comprar arte de colección. Sin embargo, lo que ellos no sabían era que la pequeña Zerimar era sumamente astuta; nunca entró a clases, sino que dio la vuelta y comenzó a seguirlos a escondidas.
Los dos hombres lograron llegar a la mansión donde se custodiaban los cuadros. Al tocar la puerta, esta se abrió y apareció Seinec, una mujer de una belleza tan deslumbrante que Borans quedó completamente enamorado en el acto, perdiendo el aliento por un segundo. Aun así, haciendo un esfuerzo por concentrarse, siguió con el plan. Se hicieron pasar por refinados compradores de arte y Seinec, confiada, los invitó a pasar.
Estaban a punto de lograr su objetivo y apoderarse de los cuadros cuando, de repente, sonó el timbre de la casa. Seinec se disculpó y fue a abrir. Para sorpresa de todos, en el umbral estaba la pequeña Zerimar.
—¡Hola! ¿Qué haces aquí, pequeña? —saludó Seinec, extrañada.
Zerimar entró a la casa con determinación, dispuesta a confesarle a la mujer lo que ellos planeaban hacer. Al verla, Borans y Ogur casi se mueren del susto.
—¡Hijita! ¿Qué haces aquí? No deberías estar en la escuela —exclamó Borans con una sonrisa forzada que denotaba puro pánico.
Seinec miró a ambos y arqueó una ceja, confundida:
—¿Él es tu papá?
La pequeña se acercó y, mirando fijamente a Borans, respondió:
—Sí, él es mi papá.
Borans la abrazó por los hombros con fuerza excesiva y, pegando su rostro al de ella, le susurró entre dientes con voz amenazante:
—Si dices una sola palabra, te juro que te llevo directo al orfanato.
Seinec, notando la extraña tensión, dio un paso atrás:
—¿Qué está pasando aquí? ¿Quiénes son ustedes en realidad?
En un movimiento desesperado por salvarse a sí mismo, Borans echó de cabeza a su mejor amigo. Apuntó a Ogur y exclamó dramáticamente:
—¡Señora, este hombre es un peligroso ladrón! ¡Me tenía amenazado!
Mientras Seinec procesaba el impacto, Borans se acercó a Ogur y le susurró desesperado entre dientes:
—Pégame.
—¿Qué? —preguntó Ogur, desconcertado.
—¡Que me pegues y te vayas corriendo, muévete!
Ogur, sin pensarlo dos veces, le asentó un puñetazo que lo mandó al suelo y salió corriendo de la casa a toda velocidad. Seinec reaccionó de inmediato e iba a salir tras Ogur para atraparlo, pero Borans, muy astuto, fingió desmayarse por el golpe, quejándose dramáticamente en el suelo. Al ver esto, Seinec se compadeció y se quedó ayudando a Zerimar a atender a su papá. Mientras fingía recuperarse, Borans miraba de reojo a Zerimar con una profunda e intensa rabia. Su plan perfecto se había ido a la basura por culpa de ella.
Una vez que lograron salir de la mansión, Borans arrastró a la niña de regreso al apartamento, hirviendo de furia. Pero el destino les tenía preparada una peor sorpresa: al llegar al edificio, todas sus pertenencias estaban tiradas en la calle. El dueño, harto de no recibir el dinero de la renta, los había desalojado.
Esa fue la gota que derramó el vaso para Borans. Completamente fuera de sí, descargó toda su frustración contra la pequeña, agarrándola por los brazos.
—¡Todo esto es tu culpa! —le gritó con crueldad—. Desde el maldito día en que llegaste a mi vida, solo me has traído mala suerte. ¡Míranos! ¡No te quiero, nunca te quise!
Sin mirar atrás, Borans dio la vuelta y se marchó furioso, dejándola completamente sola y desamparada en medio de la calle. Zerimar rompió a llorar, sintiendo que su mundo se caía a pedazos.
Ogur, que observaba la escena escondido desde una esquina, sintió una profunda tristeza. Ver las lágrimas de la pequeña Zerimar le removió todo por dentro; ese hombre rudo sintió una tremenda compasión. Se acercó a ella lentamente, se agachó a su altura y le agarró la mano con ternura.
—Ven, pequeña, vamos a buscar a tu papá. Yo sé exactamente a dónde fue —le dijo con una sonrisa protectora para calmar su llanto.
Mientras caminaban de la mano por las calles, Ogur intentaba animarla, mirándola de reojo.
—¿Sabes? Te apuesto lo que quieras a que sí se parecen en algo. No le hagas caso a las tonterías que dice. Tu papá es un cabeza dura, pero en el fondo, muy en el fondo, él sí te quiere. Ya lo verás.