Sinopsis: Él pensó que se casaba con un monstruo. Ella pensó que compraba un peón. Ninguno imaginó que el verdadero peligro no vendría de sus enemigos en las calles de Sicilia, sino de la irresistible tensión de compartir la misma cama. Una viuda poderosa, un esposo indomable y una mano derecha celosa dispuesta a todo por destruirlos.
¿Estás lista para conocer a La Reina de la Mafia? Una nueva y adictiva historia de la escritora Rocío Duque.
NovelToon tiene autorización de Rocío Duque para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
El susurro de la bestia
La noche en vela le había servido a Alex para recomponer sus piezas. El shock de la noche anterior se había disipado, reemplazado por la agudeza mental que lo caracterizaba. Si Victoria creía que podía desarmarlo y dejarlo fuera de juego tan fácilmente, no conocía el calibre del hombre con el que se había casado.
A la mañana siguiente, Victoria bajó al gran comedor vistiendo un impecable traje sastre de color gris perla, con el cabello rubio perfectamente recogido y su habitual expresión de soberana inalcanzable. Sin embargo, al entrar, se encontró con una escena que no esperaba. Alex ya estaba sentado a la mesa, luciendo impecable con una camisa negra de mangas remangadas que dejaba a la vista sus tatuajes y la venda de su ceja.
En cuanto la vio entrar, Alex se puso en pie con una galantería exagerada y una sonrisa ladina, perezosa y cargada de magnetismo.
—Buenos días, mi Reina —dijo con su voz grave, totalmente recuperada de los titubeos nocturnos.
Antes de que los sirvientes pudieran moverse, Alex se adelantó, le retiró la silla a Victoria y, cuando ella se sentó, él se inclinó sutilmente. Su respiración rozó la oreja de ella, inundándola con el aroma a sándalo que ahora ella asociaba inevitablemente al peligro. Con una lentitud calculada, Alex estiró su mano grande y tomó la cafetera de plata, sirviendo la taza de Victoria. Al retirar la mano, rozó intencionalmente sus dedos con los de ella, sosteniéndole la mirada clara, fija y desafiante.
Era un contraataque en toda regla. Su mirada le decía: «Buen intento el de anoche, pero ya estoy de vuelta en el juego».
Victoria no apartó la mano de inmediato; hacerlo habría sido admitir que su toque la afectaba. Le sostuvo la mirada con unos ojos felinos que eran puro hielo, aunque por dentro su corazón dio un vuelco traicionero ante la cercanía de esos labios carnosos que tantas ganas había tenido de probar pocas horas antes.
—Parece que has amanecido con energía, esposo —comentó Victoria con una frialdad cortante, llevando la taza a sus labios—. Espero que esa disposición te sirva para revisar los informes de los muelles hoy. Estarás ocupado en la biblioteca toda la tarde.
—Todo lo que sea por complacerte, Victoria —respondió él, dándole un sorbo a su café sin dejar de sonreír como un lobo que acaba de descubrir la estrategia de su cazador. La tensión en la mesa era tan densa, un duelo de voluntades tan afilado, que el aire parecía vibrar entre los dos.
Aprovechando que Alex estaba encerrado en la biblioteca bajo su estricta orden de revisar los informes de los muelles, Victoria ejecutó la segunda parte de su estrategia. Subió a la suite a paso rápido, asegurándose de que ningún sirviente la viera, y se deslizó en el vestidor de Alex.
Su corazón latía con una mezcla de adrenalina y rabia. Detestaba tener que rebajarse a registrar las pertenencias de un subordinado, pero la frase «el plan va en marcha» seguía taladrándole el cerebro. Con manos rápidas y enguantadas, registró los cajones, los bolsillos de sus chaquetas de sastre y el doble fondo de su maletín de cuero. Nada. Ni un documento falso, ni un arma no registrada, ni una pista.
Entonces vio el teléfono secundario de Alex sobre la mesa de noche; lo había dejado cargando. Usando un dispositivo de clonación portátil que manejaba a la perfección, Victoria vulneró la seguridad del aparato en menos de dos minutos. Con los ojos fijos en la pantalla, navegó por los mensajes encriptados, las cuentas bancarias y el historial de localización.
El resultado la dejó fría, pero de pura frustración.
No había nada incriminatorio. No había mensajes con bandas rivales, ni desvíos de dinero, ni rastros de una traición al clan Lombardi. Lo único que confirmaba sus sospechas eran las llamadas recientes a un número guardado simplemente como "Papá". Al parecer, Alex realmente no tenía nada que esconder en los negocios.
Victoria desconectó el dispositivo y se cruzó de brazos, mirando fijamente el teléfono de su esposo mientras una intensa tormenta de dudas la envolvía.
«¿Qué demonios significa esto?», se preguntó, apretando la mandíbula. Si no había trampa corporativa ni mafia rival de por medio, ¿a qué maldito plan se refería? ¿Qué era lo que estaba saliendo "según lo previsto"? ¿Acaso el plan era simplemente enamorarla, ablandar a la Reina de la mafia para controlarla a través del corazón?
Una sospecha aún más peligrosa se instaló en su mente. Su orgullo aristocrático no iba a soportar ser el juguete de nadie.
—Tengo que averiguarlo —susurró para sí misma, con los ojos felinos brillando con una luz letal—. Y si tengo que quemar el tablero para obligarte a mostrar tus cartas, lo haré.
La frustración la estaba carcomiendo. Por un segundo, un pensamiento desesperado y oscuro cruzó su mente: «Matías». Él llevaba años manejando la red de espionaje del clan; si alguien tenía los contactos y la falta de escrúpulos necesaria para escarbar en el pasado de Alex hasta encontrar sus secretos más ocultos, era él. Pensó en llamarlo a su despacho, en ordenarle que pusiera a sus mejores hombres a rastrear la vida de su esposo antes de llegar a Sicilia.
Sin embargo, en cuanto el nombre de Matías tomó fuerza en su cabeza, un frío rechazo la hizo reaccionar de golpe.
«No. Sería una estupidez», se recriminó internamente, arrepintiéndose de inmediato.
Recordó la bofetada que le había plantado el día anterior, la furia letal con la que lo había amenazado por haber enviado a los matones a emboscar a Alex en Catania, y la mirada de odio reprimido que el ejecutor le había devuelto antes de marcharse. Matías odiaba a Alex, pero la odiaba aún más a ella por haber preferido a un extranjero para compartir el trono. Darle a Matías la más mínima pista de que había problemas en su matrimonio, o de que ella desconfiaba de su esposo, sería entregarle el arma perfecta para destruirlos a ambos y quedarse con el imperio Lombardi.
Victoria sacudió la cabeza, descartando la idea por completo. No podía confiar en una víbora. Estaba sola en esto, y si quería descubrir a Alex, tendría que obligarlo a confesar por sus propios medios.
Una sonrisa fría y calculadora volvió a dibujarse en sus labios rubíes mientras trazaba el plan para la noche. Era hora de organizar esa cena de negocios de última hora y traer al tercer jugador al tablero y ver qué tan fuerte era el control que Alex presumía tener.
La noche cayó sobre Palermo trayendo consigo una atmósfera cargada de elegancia y peligro. Para la cena de negocios de última hora, Victoria había convocado a Enzo Barone, el joven, atractivo y ambicioso heredero de una de las familias aliadas más influyentes de la isla.
Pero el verdadero espectáculo comenzó antes de que el invitado cruzara el umbral.
Cuando Victoria bajó la gran escalinata de la mansión, el tiempo pareció detenerse. Llevaba un vestido rojo impresionante, de seda italiana, que se ceñía a sus curvas con una precisión pecaminosa. El diseño, de un carmín encendido, dejaba al descubierto su espalda perfecta y caía con una abertura lateral que revelaba sus piernas esbeltas a cada paso. Su cabello rubio caía en ondas perfectas y sus labios, pintados del mismo tono que el vestido, remataban una imagen de soberano esplendor. Era una declaración de guerra vestida de alta couture.
Alex, que la esperaba en el vestíbulo luciendo un impecable traje oscuro, se quedó mudo. Sus ojos claros recorrieron el cuerpo de su esposa y la mandíbula se le tensó al instante. El aroma a sándalo que desprendía parecía quemar en el aire, pero la admiración en su rostro se transformó rápidamente en una sombra oscura cuando Enzo Barone entró por la puerta.
Enzo, un hombre de facciones aristocráticas y sonrisa magnética, no tardó en morder el anzuelo.
—Signora Lombardi... estás absolutamente deslumbrante —dijo Enzo, tomándole la mano a Victoria y estampando un beso demasiado prolongado en sus nudillos, mientras sus ojos devoraban el escote del vestido rojo—. El imperio Lombardi nunca ha tenido una joya tan preciosa a la cabeza.
—Gracias, Enzo. Es un placer tenerte aquí —respondió Victoria con una sonrisa encantadora, cargada de una sensualidad que jamás le había mostrado a Alex.
Durante toda la cena, Victoria desplegó su arsenal. Rió con las anécdotas de Enzo, se inclinó sutilmente hacia él al hablar de los nuevos tratados de las rutas comerciales y lo elogió deliberadamente, ignorando por completo la presencia de su esposo.
A su lado, Alex era una bomba de tiempo. No probó bocado. Su mirada gélida y fija en Enzo era la de un depredador a punto de saltar. La vena de su cuello palpitaba y sus puños cerrados bajo la mesa delataban una furia salvaje. Los celos lo estaban carcomiendo vivo, destrozando su habitual compostura. Ver a otro hombre admirar la piel que él había tenido entre sus brazos esa misma mañana lo estaba volviendo loco.
Cuando Enzo, envalentonado por el vino y la atención de la Reina, estiró la mano sobre la mesa para rozar con atrevimiento los dedos de Victoria, la atmósfera de la habitación cambió por completo.
No hubo gritos ni golpes. Alex simplemente dejó su copa sobre la mesa con una lentitud calculada, provocando un tintineo sordo que cortó el aire.
Con pasos felinos y silenciosos, se levantó de la silla y rodeó la mesa hasta colocarse justo detrás de Victoria. Sin pedir permiso, apoyó sus manos grandes y cálidas sobre los hombros descubiertos de ella. Sus pulgares acariciaron de forma lenta y pausada la piel expuesta por el vestido rojo, un gesto que parecía una caricia protectora pero que llevaba implícita una firmeza absoluta, obligando a Victoria a sentir el peso y el calor de su presencia.
Alex se inclinó sutilmente hacia el frente, lo suficiente para que su cuerpo robusto eclipsara la silueta de la Reina, y fijó sus ojos claros en un Enzo que, de pronto, dejó de sonreír.
—Barone —soltó Alex. Su voz no se elevó, fue un susurro grave, espeso y dotado de una vibración tan peligrosamente tranquila que helaba la sangre—. Te estás confundiendo de tablero. Los negocios del clan Lombardi se discuten manteniendo las manos sobre la mesa.
El silencio que siguió fue sepulcral. Alex deslizó una de sus manos desde el hombro de Victoria hasta rozar la línea de su cuello, inclinando la cabeza a un milímetro de la de ella, sin quitarle la mirada de encima al rival.
—Mi esposa es una mujer muy cortés —continuó Alex, con una suavidad letal que hizo que a Enzo se le tensara la mandíbula—, pero el tratado de las rutas se firmará mañana en el despacho, bajo mis condiciones. Y en este territorio... el único hombre que tiene derecho a tocar a la Reina soy yo. Disfruta el resto de tu noche.
Enzo Barone, captando la amenaza implícita en esa calma absoluta, tragó saliva. Comprendió de inmediato que un paso en falso significaría una guerra que no podría ganar. Se levantó con una tensa cortesía, se despidió con brevedad y abandonó el comedor a paso rápido.
Cuando la puerta principal se cerró, el silencio regresó a la estancia. Alex no retiró las manos de Victoria. Se inclinó un poco más, atrapándola contra su pecho, y su respiración profunda rozó su oído, revelando que toda esa sutil compostura exterior había sido un esfuerzo titánico por contener a la bestia. Victoria, sintiendo el corazón desbocado por la descarga de adrenalina, sonrió para sí misma con una frialdad triunfante en la penumbra. Alex había caído completo en su trampa.
¡Llegamos a uno de mis capítulos favoritos! Quería que sintieran esa mezcla de peligro, deseo y desconfianza absoluta que rodea a Victoria y Alexander. Llegar hasta aquí con ustedes, ver cómo reaccionan y cómo se sumergen en este romance oscuro está siendo un viaje increíble. Gracias por leer, por apoyar mis letras y por ser cómplices de este imperio. ¿Qué les pareció este encuentro? 🖤
Detrás de cada imperio hay secretos oscuros, y detrás de cada capítulo de La reina de la mafia, hay horas de entrega, pasión y un trozo de mi alma. Ya hemos dejado atrás 9 capítulos; hemos visto la frialdad, el poder, los conflictos internos y la tensión que rodea a nuestra reina y su entorno.
Solo quiero decirles: GRACIAS. Gracias por no dejarla sola en este camino tan peligroso, por morderse las uñas conmigo y por apasionarse con este universo tanto como yo. Su apoyo es el motor que me empuja a seguir escribiendo el destino de los Lombardi.
Prepárense, porque lo que viene va a sacudir los cimientos de todo lo que creen saber... Que tengan un día increíble. ☕🌹