Bajo el velo de una sumisa y angelical monja que sana a los heridos en una ciudad infestada de demonios y avaricia corporativa, Verónica oculta una fuerza colosal y destructiva que late en sus mechas carmesíes, esperando el momento exacto para desatar a la bestia sagrada que lleva dentro.
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Capítulo 13: Ante el Príncipe del Vacío Eterno
Vorath se encontraba en la cima de la Torre de los Mil Cráneos, una estructura colosal hecha enteramente de restos óseos de conquistadores caídos de universos anteriores. El viento del Abismo aullaba a su alrededor, cargado con los ecos de billones de almas que aún gritaban en agonía eterna. Desde aquí, el Reino Infernal se extendía como un organismo vivo e infinito, un cosmos devorador que no tenía principio ni fin concebible para mentes mortales.
El Caballero Abisal cerró sus ojos violetas por un momento, dejando que su conciencia se expandiera. El Infierno no era simplemente un lugar. Era un concepto vivo, un devorador primordial que había consumido infinitos universos antes de este. Cada universo engullido había aportado sus propias leyes, sus conceptos fundamentales, sus magias y sus dioses. Y el Infierno los había digerido todos, corrompiéndolos, integrándolos y convirtiéndolos en nuevas herramientas de dominación.
Recordaba —o más bien, el conocimiento ancestral que fluía en su esencia— el primer universo devorado. Un cosmos de pura luz y armonía, donde las leyes eran de amor y creación eterna. El Infierno lo había corrompido convirtiendo el amor en obsesión posesiva, la creación en multiplicación parasitaria. De allí nacieron los primeros Susurrantes.
Luego vino un universo mecánico, donde todo funcionaba bajo leyes estrictas de física y lógica. El Infierno lo consumió y transformó sus ecuaciones en paradojas tortuosas: máquinas que sangraban, números que gritaban, gravedad que atraía almas hacia el abismo.
Universo tras universo. Uno gobernado por dragones y magia elemental, otro por conceptos abstractos donde las emociones eran entidades vivientes, otro donde el tiempo fluía hacia atrás. Todos fueron tragados. Cada uno añadió una capa nueva al tejido del Infierno: leyes híbridas, conceptos fusionados de formas imposibles para cualquier mente lineal.
Ahora, este universo humano —con su mezcla de tecnología avanzada, fe residual y fisuras frágiles— era solo otro bocado. Pero Vorath sentía que este tenía algo especial. Una anomalía. Esa monja de mechas carmesí.
—Mi señor… —murmuró Vorath para sí mismo, su voz como grava ardiente—. Pronto le presentaré este nuevo festín.
Un pulso de energía oscura lo atravesó. Era una convocatoria. El Príncipe lo llamaba.
Vorath extendió sus alas de hueso y sombra, y se lanzó desde la torre. Voló a través de paisajes imposibles: océanos de sangre hirviendo donde flotaban continentes enteros de universos anteriores, bosques de árboles hechos de nervios que aún sentían dolor, ciudades flotantes construidas con los huesos de dioses muertos. Cada kilómetro que avanzaba mostraba las cicatrices de las infinitas consumiciones.
Llegó finalmente al Palacio del Vacío Eterno, una estructura que desafiaba toda geometría. Sus torres se retorcían en dimensiones que no existían en el mundo mortal. Sus muros estaban hechos de la piel petrificada de realidades enteras, y sus ventanas eran ojos de universos que aún lloraban.
Allí, en la Sala del Trono Primordial, lo esperaba su señor: **Azaroth, el Príncipe del Vacío Eterno**, uno de los siete Príncipes Demoníacos que gobernaban las capas más profundas del Infierno.
Azaroth no tenía una forma fija. En este momento se manifestaba como una figura colosal de más de quince metros, envuelta en una capa hecha de la oscuridad entre estrellas muertas. Su rostro era un vacío absoluto donde giraban galaxias consumidas, y sus manos terminaban en garras que podían rasgar conceptos mismos. Cuando hablaba, su voz era el sonido de infinitos universos colapsando.
—Vorath —retumbó Azaroth, y el sonido hizo que las paredes del palacio sangraran recuerdos de realidades olvidadas—. Has respondido rápido. Bien.
Vorath se arrodilló, golpeando el suelo con una rodilla. Su armadura crujió en señal de sumisión absoluta.
—Mi Príncipe. El velo del universo humano se debilita con cada hora. Los zánganos ya han probado su carne. Las corporaciones mortales abrieron la puerta por su propia codicia.
Azaroth se rio. El sonido hizo que miles de zánganos cercanos estallaran en éxtasis.
—Cuéntame, Caballero. Cuéntame cómo este universo se compara con los infinitos que hemos devorado antes.
Vorath se levantó y comenzó a hablar con detalle, caminando alrededor del vasto salón mientras proyectaba imágenes con su propia esencia.
—Este universo es híbrido, mi señor. Combina tecnología avanzada con vestigios de fe divina. Sus leyes físicas son rígidas, pero sus habitantes han creado “fisuras” a través de su propio miedo y ambición. A diferencia del Universo 47-B, donde la magia era ley fundamental y lo consumimos convirtiendo sus hechizos en maldiciones autoinfligidas, aquí la fe actúa como un escudo frágil pero persistente.
Azaroth extendió una mano y el salón se llenó de visiones de universos anteriores:
—Recuerda el Universo Cristalino —dijo el Príncipe—. Un cosmos donde todo era perfecto, simétrico y eterno. Lo consumimos en tres ciclos. Convertimos su perfección en obsesión por el orden, hasta que se destruyeron a sí mismos buscando pureza imposible.
—O el Universo de las Emociones Vivas —continuó Vorath—. Donde los sentimientos eran entidades independientes. Lo corrompimos haciendo que el amor se volviera hambre, la ira en furia autodestructiva. Sus habitantes se devoraron entre sí en orgías de sentimiento.
Azaroth asintió, y su vacío facial giró más rápido.
—Este universo humano tiene potencial similar. Su tecnología puede ser corrompida para crear armas que devoren almas. Su fe… ah, su fe es especialmente deliciosa. Cuando cae, produce un néctar más dulce que mil universos mágicos.
Vorath detalló entonces sus preparativos. Habló durante más de una hora mortal (tiempo que en el Infierno se estiraba como melaza). Describió las legiones: los billones de zánganos, las divisiones de Corruptores, los Asediadores brutales, los Portadores de Plagas y los Susurrantes de Masas.
—He integrado conceptos de universos anteriores —explicó Vorath con orgullo—. De un universo cibernético, he extraído el concepto de “virus existencial”. Mis zánganos ahora pueden infectar no solo carne, sino también máquinas y sistemas de IA, convirtiéndolos en portales vivos.
—De un universo donde los sueños eran la realidad base —añadió—, Lilithra ha perfeccionado la capacidad de arrastrar conciencias enteras al Abismo mientras duermen.
Azaroth escuchaba con atención voraz. Se levantó de su trono y caminó por el salón. Cada paso suyo hacía que fragmentos de universos consumidos aparecieran y desaparecieran: un dragón petrificado, una ecuación viva que gritaba, un dios encadenado cuya divinidad se había convertido en combustible.
—Este universo es el número 7.842.319 en nuestra cosecha —declaró Azaroth—. Pero siento que podría ser uno de los más productivos. Tiene una anomalía. Háblame de ella.
Vorath proyectó la imagen de Verónica.
—Una hembra humana. Joven. Cabello dorado con mechas carmesí. Posee fuerza capaz de generar terremotos localizados sin esfuerzo visible. Destruyó múltiples nidos. No es una santa común. Su energía se siente… antigua. Casi como si llevara un fragmento de algo que no pertenece a este universo.
Azaroth se acercó a la proyección. Su vacío facial pareció absorber la imagen.
—Interesante. Podría ser una Reencarnada. O un recipiente. O simplemente una aberración. Tráemela viva si es posible. Su corrupción sería un trofeo digno. Si se resiste… su alma alimentará mi colección personal.
Vorath inclinó la cabeza.
—Así se hará, mi Príncipe.
La conversación se extendió profundamente. Azaroth compartió conocimiento ancestral sobre cómo el Infierno había evolucionado a través de las consumiciones:
—Cada universo añade una ley nueva. Del Universo de la Lógica Pura obtuvimos la capacidad de corromper algoritmos hasta que se vuelven locos. Del Universo Poético, donde las palabras creaban realidad, obtuvimos maldiciones verbales que reescriben la existencia. Del Universo Silencioso, donde el sonido no existía, aprendimos a crear vacuums que devoran almas sin emitir ruido.
—Este universo —continuó Azaroth— nos dará algo nuevo: la capacidad de fusionar fe y tecnología en una abominación perfecta. Imagina armas benditas que disparan pecado. Imagina iglesias convertidas en fábricas de zánganos.
Vorath sintió un éxtasis guerrero recorriéndole el cuerpo. Sirvió a Azaroth desde su renacimiento como Caballero. Había visto a su señor consumir príncipes rivales, devorar realidades enteras y crecer en poder con cada universo.
—Mis legiones están listas —declaró Vorath—. En tres ciclos mortales, Tharok abrirá los portales mayores. La primera oleada será de dos millones de zánganos. Suficiente para saturar sus defensas y obligar a las corporaciones y a la Iglesia a mostrar sus verdaderas debilidades.
Azaroth colocó una garra sobre el hombro de Vorath. El contacto quemó incluso su armadura.
—Eres mi mejor Caballero, Vorath. No falles. Si esta invasión tiene éxito, te concederé un dominio propio dentro de este nuevo universo. Un continente entero para moldear a tu imagen.
Vorath se inclinó profundamente.
—Vuestra generosidad es eterna, mi Príncipe.
La audiencia continuó por horas. Azaroth le mostró visiones de universos consumidos: uno donde la gravedad era emoción y ahora servía como prisión de almas en caída eterna; otro donde el color era una ley física y ahora todos los colores se habían convertido en tonos de agonía.
—Este universo humano aún cree en héroes —dijo Azaroth con desprecio—. La monja de las mechas carmesí, el cazador Mateo, la madre guerrera Elena, el ejecutivo Marcus. Todos serán rotos. Sus ideales serán convertidos en armas contra ellos mismos.
Vorath detalló entonces planes más específicos. Cómo usarían a las corporaciones para que se traicionaran. Cómo harían que la Iglesia pareciera impotente. Cómo corromperían a los independientes usando el dolor de Elena. Cómo estudiarían a Verónica para encontrar su punto de quiebre.
Cuando finalmente salió del palacio, Vorath sentía renovada su determinación. Voló de regreso a través de los paisajes infernales, pasando por regiones enteras construidas con los restos de realidades previas: un desierto hecho de relojes derretidos de un universo temporal, un mar de libros vivos que contaban historias de su propia destrucción.
Llegó a sus legiones y reunió nuevamente a sus lugartenientes. Les transmitió las órdenes directas de Azaroth. La excitación era palpable. Szarath comenzó a poner más huevos. Korrag afiló sus martillos. Lilithra tejió nuevas pesadillas.
Vorath se paró una vez más en la Meseta de las Mil Espinas y miró hacia el velo distante, donde brillaba débilmente el universo humano.
—Pronto —juró—. Pronto seréis nuestros.
El Infierno, devorador de infinitos universos, se preparaba para añadir uno más a su colección eterna.
**Desarrollo extendido del Infierno**
Vorath pasó el resto del tiempo reflexionando sobre la naturaleza del Reino que servía.
El Infierno no era un lugar de fuego y azufre simple. Era un meta-universo. Cada universo consumido añadía una nueva “capa conceptual”. Había regiones donde el tiempo fluía en espiral, regiones donde las leyes de la causalidad estaban invertidas (el efecto precedía a la causa), regiones donde las matemáticas eran dolor físico.
De un universo donde todo era música, el Infierno había extraído sinfonías que enloquecían. De uno donde la muerte era imposible, había creado tormentos eternos sin fin. De uno donde los dioses eran reales y numerosos, había creado una necrópolis de divinidades encadenadas cuyas oraciones ahora alimentaban al Abismo.
Este era el poder que Vorath servía. Este era el destino que preparaba para el universo humano.
Y en el centro de todo, Azaroth sonreía desde su trono, esperando la nueva cosecha.