Traicionada por su propia hermana y sacrificada como moneda de cambio por su familia, Selena Sanches vio cómo sus sueños de amor se derrumbaban cuando Ingrid falsificó sus exámenes prenupciales.
Considerada “estéril”, Selena fue descartada por Cássio Álvarez, el hombre que juró amarla y con quien iba a casarse… pero él decidió casarse con Ingrid sin dudarlo.
Humillada y sin apoyo, Selena creyó que nada podía empeorar, hasta que su padre la ofreció como esposa al misterioso y temido Henrico Garcês, un mafioso al que nadie jamás se atrevía a mirar a los ojos. Un hombre que vive en las sombras, rodeado de rumores, poder… y peligro.
Ahora, unida a un desconocido que inspira tanto miedo como fascinación, Selena deberá descubrir si este matrimonio forzado será su ruina…
o su salvación.
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Capítulo 15
Henrico volvió a casa ya de noche.
La puerta se abrió y, al entrar, encontró la sala iluminada solo por las luces suaves de las lámparas. La casa estaba silenciosa, acogedora… pareciendo un hogar de verdad.
Hermínia informó con una sonrisa discreta:
— Su esposa está esperando para la cena, Don Henrico.
Él asintió, acomodando el saco, y caminó hasta el comedor.
Selena estaba allí.
Usaba un vestido ligero, de tejido fino, que destacaba su piel suave. Había arreglado el cabello de lado, y el brillo en sus ojos era sereno — pero también había nerviosismo, uno que Henrico reconoció inmediatamente.
— Llegué, querida — dijo él.
Selena alzó la mirada y sonrió.
— Te estaba esperando.
La cena fue tranquila.
Conversaron más de lo que de costumbre.
Selena rió dos veces, y Henrico percibió que le gustaba oír ese sonido.
Él contaba pequeñas historias de la infancia, y ella hablaba de las cosas simples que le gustaban.
Cuando la cena terminó, Henrico colocó la servilleta sobre la mesa y observó a Selena por algunos segundos.
Ella sintió el corazón acelerar.
— ¿Subimos? — preguntó él, la voz baja, aunque no impositiva.
— Vamos… — respondió ella, casi en un susurro.
Subieron las escaleras lado a lado.
Cuando entraron en el cuarto, Henrico cerró la puerta despacio, sin prisa, sin tensión.
Selena estaba nerviosa, y él lo percibió.
Se aproximó con calma, tocando la barbilla de ella con delicadeza.
— No me tengas miedo, más con tu permiso quiero finalizar lo que comenzamos ayer.
— No tengo miedo… — respondió ella, sincera. — Solo… no sé cómo va a ser.
Henrico sonrió de lado.
— Va a ser a nuestro tiempo. A tu tiempo, Selena, te confieso que generalmente no consigo ser muy gentil, a la hora del sexo, más sabiendo que aún eres virgen, prometo ser cariñoso y paciente, a pesar de ser difícil, pues te he deseado mucho.
Él se aproximó más, despacio, como si esperara permiso a cada paso.
Selena respiró hondo, reuniendo coraje, y colocó la mano en el pecho de él.
El toque leve despertó algo profundo en Henrico.
Él sujetó la cintura de ella con suavidad, atrayendo su cuerpo para más cerca, y entonces la besó.
Un beso lento.
Profundo.
Respetuoso.
Que decía más que cualquier promesa.
Selena respondió al beso con vacilación al inicio, pero luego sus labios encontraron el ritmo de los de él.
Henrico la abrazó por la cintura, sintiendo el temblor leve que ella intentó disimular.
— Está todo bien… — murmuró él contra sus labios.
Ella asintió.
Henrico pasó la mano por detrás de la cabeza de ella, entrelazando los dedos en su cabello largo. El toque era suave, cuidadoso, como si él tuviera miedo de lastimarla.
Selena colocó la palma de la mano en la nuca de él y profundizó el beso.
Henrico sonrió durante el beso, admirado con la entrega de ella.
— Eres linda, Selena, te deseo tanto.— susurró él, apoyando la frente en la de ella.
Selena sintió el rostro calentarse, sabía que aquellas palabras no eran un "te amo" más estaba feliz por despertar el deseo de Henrico.
— Y tú… — ella respiró hondo, sin coraje de terminar.
— ¿Yo…? — él provocó, con una sonrisa suave.
— Eres bonito… de más. — confesó finalmente.
Henrico deslizó los dedos por la mejilla de ella.
— Qué bien que pienses eso… porque no imaginas cuánto te encuentro perfecta.
El corazón de Selena latió fuerte.
Henrico la condujo hasta la cama con calma, sin prisa, sin urgencia.
La ayudó a sentarse, arrodillándose delante de ella, sujetando sus manos.
— Selena… — dijo él, mirando en los ojos de ella. — Si quieres que pare, en cualquier momento… paro. Está en tus manos.
Los ojos de ella brillaron.
— Yo… no quiero que pares, yo también quiero vivir este momento contigo.
Henrico se levantó despacio, aún sujetando las manos de ella, y se acostó al lado.
Selena sintió el calor del cuerpo de él, la respiración, la presencia fuerte — pero no amenazadora.
Henrico besó su hombro, el cuello, la comisura de la boca… siempre controlado, siempre atento a la reacción de ella.
Despacio ellos se desvistieron, y las caricias fueron quedando cada vez más osadas.
Henrico besó y acarició cada parte del cuerpo de Selena.
Al percibir que ella estaba bien excitada, entonces comenzó a penetrarla, con calma, no paró de acariciarla, besarla todo el tiempo.
El dolor era intenso, más el placer de pertenecer a Henrico, también era inmenso.
Selena soltó un gemido de dolor, lo que hizo Henrico preguntar.
— ¿Está todo bien, quieres que pare?
— No, quiero que continúes, está doliendo mucho, más es soportable.
— Estás muy apretada, más luego te acostumbrarás, y el dolor dará lugar solamente al placer, ahí vas a conocer a Don Henrico en la cama, mi querida Selena.
Y entonces, como dos almas que finalmente se encontraban, ellos se entregaron uno al otro.
No hubo prisa.
No hubo miedo.
Solo cariño.
Solo deseo envuelto en respeto.
Solo dos desconocidos que, por una noche, finalmente comenzaron a reconocerse como marido y esposa.
En aquella noche, Henrico no fue el Don de las Tinieblas.
Él fue apenas Henrico.
Y Selena no fue la novia vendida — fue la mujer que él eligió.
Cuando todo terminó, Henrico atrajo a Selena para sus brazos, protegiéndola en el pecho de él.
Ella se durmió allí, envuelta en la seguridad que nunca tuvo.
Él besó la coronilla de la cabeza de ella y murmuró, casi sin percibir:
— ¡Mi vida! Tengo miedo de lo que estoy comenzando a sentir por ti.
Selena no oyó.
Pero aquella palabra marcaría el destino de los dos.