En un reino donde las leyendas nunca mueren, una joven noble comienza a tener sueños con una vida que no recuerda y una tragedia que aún no ha ocurrido. Mientras la sombra de una antigua profecía vuelve a extenderse sobre el imperio, su destino se entrelaza con el del príncipe heredero, un hombre marcado para morir antes de reclamar el trono.
Cada recuerdo la acerca a una verdad capaz de cambiar el curso de la historia, pero también despierta a quienes han esperado siglos para impedir que el pasado se repita. En un mundo donde nadie es completamente inocente y cada decisión tiene un precio, proteger al príncipe podría significar condenarse a sí misma una vez más.
Porque algunas promesas sobreviven a la muerte... y hay destinos de los que ni siquiera una nueva vida puede escapar.
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Capitulo 11 —Una invitación imposible de rechazar
Mi mano no dejó de rozar el pequeño bolsillo oculto de mi vestido durante todo el camino, la llave seguía allí, no sabía por qué aquello me tranquilizaba.
Tal vez porque era el único secreto que, por una vez, me pertenecía solo a mí.
Albert caminaba unos pasos por delante de nosotros con la elegancia de siempre. Ni siquiera el sonido de sus zapatos rompía el silencio de los largos pasillos de la residencia. Cassian iba a mi lado, aunque esta vez no intentaba hacerme tropezar ni despeinarme. Tampoco me llamaba renacuaja.
Eso me preocupaba más que cualquier otra cosa, le di un pequeño codazo, no reaccionó, le di otro, giró apenas la cabeza.
—¿Qué?
—¿Estás enfermo?
Frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Llevas muchísimo rato sin molestarme.
Por primera vez desde que salimos del jardín, sonrió.
—Todavía puedo empezar.
—Entonces ya te sientes mejor.
Resopló divertido.
—Eres muy rara.
—Padre dice que ser diferente no es malo.
—Eso lo dice porque eres su hija favorita.
Abrí mucho los ojos.
—¡No soy su favorita!
Cassian soltó una risa.
—Claro que sí.
—No.
—Sí.
—No.
—¿Quieres que le pregunte?
Lo pensé unos segundos.
—...No.
—Eso imaginaba.
Albert carraspeó discretamente sin darse la vuelta.
—Joven señor.
—¿Sí, Albert?
—Le agradecería que no iniciara otra discusión justo antes de entrar al despacho del señor duque.
—No era una discusión.
Lo miré indignada.
—¡Sí era!
—Solo estábamos intercambiando opiniones.
—Me llamaste favorita.
—Porque lo eres.
—¡No lo soy!
Albert dejó escapar un suspiro casi imperceptible.
—Ahora sí es una discusión.
Cassian me guiñó un ojo, lo le saqué la lengua y, por un instante, el peso que había caído sobre la residencia desde la llegada del mensajero imperial pareció desaparecer.
Llegamos frente a la enorme puerta de roble del despacho, era la habitación más misteriosa de toda la casa.
Yo solo había entrado una vez, hacía varios años, cuando era tan pequeña que apenas alcanzaba a ver por encima del escritorio.
Recordaba estanterías interminables llenas de libros, mapas antiguos colgados de las paredes y una enorme ventana desde la que podía verse casi todo el ducado.
También recordaba que mi padre cerraba aquella puerta con llave siempre que salía.
Albert llamó con tres suaves golpes.
—Mi señor.
La voz de mi padre llegó desde el interior.
—Adelante.
El mayordomo abrió la puerta, entré despacio, lo primero que noté fue el olor.
El despacho siempre olía a cuero, madera antigua y tinta fresca.
Mi padre permanecía de pie junto a la ventana, con las manos entrelazadas detrás de la espalda. El sol de la tarde iluminaba parcialmente su figura, haciendo que por un momento pareciera incluso más alto de lo habitual, sobre el escritorio descansaba el estuche negro que había traído el mensajero imperial.
La carta seguía dentro.
Mi padre esperó a que Albert cerrara la puerta antes de girarse hacia nosotros, su expresión era tranquila, pero sus ojos seguían mostrando el mismo cansancio que había visto cuando leyó la carta.
—Acérquense.
Cassian y yo obedecimos, ninguno de los dos habló. Mi padre apoyó ambas manos sobre el escritorio. Nos observó durante unos segundos, como si estuviera buscando las palabras adecuadas.
—Lo que voy a contarles debe permanecer dentro de esta habitación.
Miró primero a Cassian, después a mí.
—¿Lo han entendido?
Asentimos al mismo tiempo.
Él respiró hondo.
—Esta mañana recibimos una invitación oficial del Palacio Imperial.
Sentí que mis ojos se abrían de par en par. ¿Una invitación? Eso sonaba mucho menos aterrador de lo que había imaginado.
Miré a Cassian.
Él tampoco parecía comprender por qué aquello había preocupado tanto a nuestro padre.
—Dentro de tres semanas —continuó el duque—, la familia imperial celebrará el séptimo cumpleaños del príncipe heredero.
Cassian habló primero.
—¿Y nosotros iremos?
—Sí.
Mi hermano sonrió con entusiasmo.
—¡Nunca he estado en el Palacio Imperial!
Yo levanté una mano como si estuviera en una clase.
—¿Yo también puedo ir?
Mi padre esbozó una pequeña sonrisa.
—Precisamente por eso los llamé.
Noté que el corazón comenzaba a latirme más deprisa.
—Toda la familia Valmont ha sido invitada.
No pude contener un pequeño grito de emoción.
—¡Voy a conocer el palacio!
Comencé a imaginar enormes salones, jardines infinitos, caballeros con armaduras relucientes y vestidos mucho más bonitos que cualquiera de los que tenía.
Cassian se rió al verme tan ilusionada.
—Seguro que lo primero que haces es perderte.
—No me perderé.
—¿Quieres apostar?
—Sí.
—Una bandeja de los bollos de Beatrice.
—Acepto.
Mi padre esperó pacientemente a que termináramos nuestra pequeña discusión, después volvió a hablar.
—Hay algo más.
Su tono cambió, la sonrisa desapareció lentamente de su rostro.
—Esta no es una invitación cualquiera.
El silencio volvió a llenar el despacho, mi padre tomó el estuche negro, lo abrió, sacó nuevamente la carta y la dejó sobre el escritorio para que nosotros pudiéramos verla.
En la parte inferior había una frase escrita con una caligrafía elegante. Cassian comenzó a leerla en voz alta.
—"Es deseo de Sus Majestades que los hijos de las Grandes Casas Nobles compartan esta celebración como símbolo de la nueva generación que algún día heredará el reino..."
Levantó la vista.
—¿Qué significa eso?
Mi padre sostuvo su mirada.
—Significa...
Hizo una breve pausa.
—Que este viaje no será solamente una celebración. Será la primera vez que ustedes conozcan al futuro emperador. Y también... A quienes algún día podrían convertirse en sus aliados. O en sus enemigos.