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El Precio De Una Promesa

El Precio De Una Promesa

Status: Terminada
Genre:Amor de la infancia / Traiciones y engaños / Amor eterno / Completas
Popularitas:844
Nilai: 5
nombre de autor: Marion Cecilia Coloma Aguirre

En las calles de Maipú, una promesa sellada con el corazón se convierte en un vínculo que ni siquiera la muerte puede vencer

NovelToon tiene autorización de Marion Cecilia Coloma Aguirre para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 18 El lugar donde ya no está

A la mañana siguiente me desperté como si hubiera salido de una pesadilla interminable, pero en cuanto abrí los ojos y vi la habitación vacía, comprendí que no era un sueño: todo lo que había pasado era real.

Me levanté con el cuerpo pesado y la mente nublada, y me preparé para ir al colegio por inercia, sin ganas, sin propósito, solo porque era lo que siempre hacíamos.

En el fondo, quizás tenía la esperanza de que, al llegar allí, todo volviera a ser como antes, que ella estaría esperándome en la puerta con su uniforme impecable, su lazo rosa en el cabello y esa sonrisa que me alegraba cualquier día.

Recorrí el camino de Maipú hasta el colegio con el corazón apretado.

Antes ese trayecto se me hacía corto, lleno de conversaciones, risas y planes para el futuro.

Ahora cada paso se me hacía eterno, y el silencio a mi lado era más fuerte que cualquier ruido de la calle.

Cuando por fin llegué a la entrada, miré de inmediato hacia todos lados, buscando su figura entre los alumnos que entraban, pero no la vi.

Esperé unos minutos, pensando que quizás se había retrasado, pero pasaron los minutos y no apareció.

Entré a los pasillos y sentí que todo el mundo me miraba, como si supieran lo que había ocurrido.

Algunos apartaban la vista rápidamente, otros susurraban al pasar, y nadie se acercaba a saludarme con la confianza de antes.

Caminé hasta el aula y me senté en el mismo lugar de siempre, el que compartíamos: yo a un lado, ella al otro, con sus cuadernos de tonos claros y los míos oscuros, juntos como si nada pudiera separarnos.

Pero ese día, el asiento de al lado estaba vacío, y esa vacuidad se sentía en todo el salón.

Las clases comenzaron, pero yo no podía concentrarme en nada.

Las palabras de los profesores me llegaban como un murmullo lejano, y mi mente solo daba vueltas a lo mismo.

¿Dónde estará?

¿Estará bien?

¿Le dolerá todavía lo que le hice?

Cada vez que alguien abría la puerta, levantaba la cabeza esperando verla entrar, pero siempre era otra persona.

Cuando terminó la primera hora y sonó el timbre del recreo, salí al patio y recorrí todos los rincones: el banco bajo los árboles donde nos sentábamos siempre, la fuente, la entrada de la biblioteca… en ningún lugar estaba ella.

Un compañero que antes solía hablarnos se acercó con cautela y me preguntó en voz baja.

—Oye, ¿hoy no viene Nicole?

Es la primera vez que falta en todo el año.

No supe qué responder.

Me encogí de hombros y dije con voz apagada.

—No lo sé.

Pero en mi interior tenía la respuesta clara: no vendría, no quería verme, y yo no tenía derecho a esperar que apareciera como si nada hubiera pasado.

En ese momento comprendí que su ausencia en el colegio no era solo una falta más; era la confirmación de que nuestra vida en común había terminado.

Ya no compartiríamos las clases, ni los recreos, ni los caminos de vuelta a casa.

Todo lo que habíamos construido día a día en ese lugar se había desvanecido en cuestión de horas.

Durante el resto de la jornada, me sentí como un extraño en mi propio entorno.

Todo me recordaba a ella: en el pizarrón, en los libros que usábamos, en las conversaciones que antes teníamos en voz baja entre materia y materia.

Incluso el aire parecía más frío sin su presencia.

Mis compañeros notaban mi cambio: ya no hablaba, no participaba, solo miraba fijamente al frente con una expresión de dolor y culpa que no podía ocultar.

Cuando por fin terminaron las clases y todos salieron con prisa hacia sus casas, yo me quedé unos minutos más sentado en mi puesto, mirando el asiento vacío a mi lado.

Recordé cómo ella se reía cuando me equivocaba en un problema de matemáticas, cómo me ayudaba con las redacciones, cómo me pasaba una nota con dibujos cuando yo me distraía.

Todo eso ya no existía, y yo era el único culpable de que hubiera desaparecido.

Salí del colegio cuando ya casi no quedaba nadie, caminando despacio, sin mirar a nadie.

Al volver a casa, el silencio me recibió de nuevo, más pesado que por la mañana.

Sabía que al día siguiente pasaría lo mismo: ella no llegaría, y así sucesivamente, hasta que se acostumbraran a que ya no estábamos juntos.

Pero yo nunca me acostumbraria.

Cada día que no la viera, cada vez que viera su asiento vacío, sería un recordatorio constante del error que había cometido, de la confianza que había roto y del amor que había perdido por creer en mentiras ajenas.

Esa tarde, mientras miraba por la ventana la misma cordillera que antes veíamos juntos, entendí que el colegio ya no sería el mismo lugar para mí.

Ya no era un sitio de aprendizaje y alegría, sino un espacio lleno de recuerdos que dolían, donde cada rincón me decía que ella ya no estaba, y que yo mismo había cerrado la puerta para que no volviera.

 

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