El destino trajo de vuelta a quien el corazón nunca había dejado de esperar.
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Capítulo 23 Lluvia que trae el pasado
El cielo se oscureció de golpe y empezó a llover con fuerza, como aquella vez hace años.
El sonido del agua golpeando el techo y el suelo mojado me trajo de golpe todo lo que intentaba olvidar: el mismo miedo, la misma desesperación, el momento en que no pude más y salí huyendo hasta casa de mis padres, escapando de los golpes, de los gritos, del dolor que entonces también él me había causado.
Nicolás estaba en el jardín, sin moverse, mirando caer el agua.
No buscó refugio, parecía querer que la lluvia le lavara la culpa.
Al verlo así, la memoria me golpeó con violencia: entonces también él fue detrás de mí, se quedó allí parado en la puerta de mis padres, bajo esa misma lluvia helada, sin moverse dos días enteros hasta que cayó enfermo.
Le dio una pulmonía tan grave que casi pierde la vida.
Y ahora lo veía igual, dejándose empapar, temblando poco a poco, y el pánico se apoderó de mí.
No pensé, no dudé, rompí todo el silencio y la distancia de un salto.
Salí corriendo bajo la lluvia, llegué hasta él y lo agarré del brazo sin importarme el dolor mío ni lo mojado que estaba.
—¡Vamos adentro!
¡Entra ya!
—le grité desesperada—.
¡No quiero que te enfermes de pulmonía otra vez por la lluvia!
¡No soportaría que te pase igual que entonces!
Él se quedó desconcertado, con el agua resbalando por su rostro mezclado con lágrimas.
—¿Tú… cómo sabes eso?
¿Quién te contó que estuve dos días bajo la lluvia y enfermé así?
Nadie lo supo salvo mi familia…
Y ella.
Solo Nicole lo supo.
Me detuve, con el pecho agitado, temblando tanto por el frío como por haber soltado lo que guardaba:
—Lo sé…
Lo sé porque me duele como si fuera ayer.
No quiero volver a verlo.
Entra, por favor, entra ya.
Lo empujé suave pero con firmeza hacia la casa.
Al pasar al recibidor se sacudió el agua, pero no dejaba de mirarme, con una expresión que nunca antes le había visto: mezcla de terror, esperanza y una pregunta que se le ahogaba en la garganta.
—Te acuerdas…
—susurró—.
Te acuerdas de lo que nadie más sabe.
De por qué enfermé.
Yo me sequé la cara con la manga, evitando su mirada pero sin poder ya ocultar todo.
—Solo sé que no soporto que te hagas daño.
Entiéndelo así por ahora.
La niña apareció en la puerta, me trajo una toalla y se quedó mirándonos muy seria.
Nicolás pasó la mano por su frente, todavía incrédulo.
—Fue cuando ella se fue…
—murmuró para sí mismo—.
Cuando yo la lastimé sin medir…
Y ella huyó hasta sus padres.
Me quedé allí esperando que me perdonara, bajo la lluvia, hasta que no pude más…
Y ahora tú me gritas lo mismo que ella me gritó al verme caer.
que no quieres que enferme por la lluvia.
Levantó la vista hacia mí, con los ojos llenos de un brillo nuevo:
—Son las mismas palabras. El mismo miedo. Nadie más lo sabría decir así.
No respondí. Solo sentí que el muro se agrietaba del todo, que la lluvia había lavado también el secreto y que ya no había vuelta atrás.
Lo único que sabía era que al verlo allí abandonarse al frío, mi amor había sido más fuerte que mi rencor, más fuerte que mi miedo, más fuerte que todos los años transcurridos.
La tormenta seguía afuera, pero adentro por fin dejamos de ocultarnos tanto.
Él sabía ahora que había algo que no podía explicarse, algo que iba mucho más allá de cualquier apariencia: que quien le suplicaba que no se dejara morir, era la misma a la que una vez también hizo llorar y perdió por su torpeza.
Y aunque no dije su nombre en voz alta, en ese instante lo supo su corazón, antes que su razón: la lluvia le había devuelto lo que creyó perdido para siempre