Masha Dusnet era una joven trabajadora de una familia de gran estatus, donde siempre recibió un buen trato y respeto. Todo transcurría en calma hasta que una enfermedad grave afectó profundamente a su madre; se necesitaba una suma enorme de dinero para salvarla, pero nadie quiso ayudarla. Fue entonces cuando descubrió la verdadera cara de quienes una vez admiró y en quienes confiaba plenamente: sus propios jefes le dieron la espalda, abandonándola precisamente en el momento más difícil de su vida. Sentía que se quedaba completamente sola, sin apoyo ni consuelo, cuando más lo necesitaba. Desesperada y sin ninguna otra salida, se vio obligada a tomar una decisión arriesgada por el bien de su madre: tuvo que dejar atrás sus raíces, su hogar y todo lo que conocía, para adentrarse en un mundo hostil que la trataría como una esclava, quien quedara luchando por sobrevivir
NovelToon tiene autorización de evely azul para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
10 La salud grave de inez, ya no es un secreto
Al entrar a la mansión, Miguel intentó detener a su hermano, que se retiraba a toda velocidad hacia arriba.
—¡Alto! ¿Realmente te vas a divorciar, Ronald? ¿Ya abriste los ojos o solo fue por rabia que dijiste esas cosas a Inez? —le preguntó, interesado, sujetándolo del brazo para detenerlo.
—No tengo ganas de hablar contigo después de lo que hiciste —respondió Ronald, enojado, mirándolo fijamente.
—¿Qué hice? ¡Esa mujer casi nos mata! ¿Acaso querías que la abrazara? Debes internarla o la situación se volverá más grave —explicó y se justificó Miguel, sin mostrar remordimiento por lo que había hecho contra su cuñada.
—Fuiste muy violento al intentar ahogarla, sin medir que tu hijo te estaba mirando. ¿Es ese el ejemplo que quieres darle? Madura, porque si tú actúas así, él también lo hará —le dijo Ronald de manera seria, dándole una advertencia que dolió, antes de retirarse.
Sus palabras quedaron grabadas en la mente de Miguel, haciéndolo razonar y sentir vergüenza por haberse comportado de esa forma frente a su hijo.
Se quedó un momento allí, reflexionando, con una mirada que revelaba mucha tristeza.
Luego decidió subir también las escaleras hacia su habitación. Pero al entrar, se quedó inmóvil: vio que la ventana estaba abierta y que Sasha, la empleada a la que había dejado sola un rato antes, ya no estaba allí.
Se acercó a la ventana, donde las cortinas se movían levemente con el viento, y observó el patio con atención.
j
Entonces sacó su teléfono del bolsillo de su chaqueta marrón, marcó el número de ella y esperó en silencio. Cada segundo que pasaba sin recibir respuesta le confirmaba que algo no estaba bien, y su inquietud crecía cada vez más.
Al otro lado de la ciudad, Sasha estaba sentada en una sala de espera del sanatorio, con la ansiedad a flor de piel. Estaba allí para saber qué pasaba con la salud de su madre, y cuando el teléfono sonó de repente, el susto le hizo dar un respingo. Al ver el nombre de Miguel en la pantalla, dudó un instante, pero contestó, esforzándose por controlar la voz, aunque se le notaba tensa y acelerada.
—Hola, Miguel… sí, tuve una… una emergencia, sí. Lamento mucho no haberte avisado, pero tuve que salir corriendo de inmediato para… para acompañar a mi tía, que es discapacitada, sí… tenía que hacerse unos chequeos —dijo, hablando rápido, con pausas forzadas y un tono demasiado preocupado, como si estuviera armando la historia mientras hablaba—. Todavía no nos dicen nada… no sabemos si es algo grave ni qué vamos a esperar ahora… están viendo los análisis de sangre y todo eso.
Cuando nos vea, te cuento… te cuento todo con detalle, sí. Pero… no hace falta que vengas hasta aquí. De verdad, no, no sería nada adecuado que me vieras en este lugar… ya sabes cómo son las cosas, mejor así —añadió, tratando de poner distancia y cortar la conversación cuanto antes, muy consciente de que no debía dejar que se acercara a la verdad—. Hablamos luego, sí… adiós.
Cortó la llamada justo en el momento en que el médico aparecía en el pasillo, saliendo de su despacho con esa calma profesional que siempre lo caracterizaba.
—Señorita Sasha, creí que tardaría más, ya que la estaba esperando aquí. Pase, por favor; tenemos que conversar —dijo él, con educación y seriedad, haciéndose a un lado para invitarla a entrar a la oficina.
Sasha se levantó de un salto y caminó rápido hacia el consultorio; se le notaba claramente en la mirada la angustia y la incertidumbre que la consumían. Entró con premura y, tras ella, la puerta se cerró con suavidad, aislando todo del ruido exterior.
Miguel se quedó mirando la pantalla de su teléfono, ahora oscura, en un silencio absoluto. Las palabras de ella —esa barrera de lo “adecuado” que ella misma le había puesto, esa forma tan nerviosa y poco convincente de hablar— no hicieron más que acrecentar su determinación. Tenía la certEza de que le estaba ocultando algo grave, y ya no le importaba lo que se suponía que debía o no debía hacer.
Dejó el teléfono sobre la mesa y alcanzó su computadora portátil, que tenía guardada encima del mueble de noche. Se sentó al borde de la cama, la encendió con rapidez y comenzó a navegar hasta una página de rastreo que conocía bien. Introdujo el número de Sasha y esperó esos segundos que le parecieron interminables, hasta que en la pantalla apareció la ubicación exacta donde se encontraba.
Cerró el equipo de golpe, lo guardó con cuidado, se puso de pie y salió de la habitación a toda prisa. Ya sabía dónde estaba. Y estaba decidido a ir a buscarla, sin importarle nada más que ella.
Noha, que salía del baño de la planta baja, vio desde lejos cómo su padre salía hacia la puerta de salida con mucha urgencia, y murmuró para sí mismo, con desgano:
—Y ahora… ¿adónde irá?
Se detuvo en ese momento, se sentó en el sofá y, tomando una lata de la mesada de la heladera, la destapó listo para beber, cuando una voz lo interrumpió de golpe.
—Los menores no deberían beber alcohol. Si sigues así, vas a terminar siendo un joven problemático y te vas a arruinar el hígado antes de tiempo —dijo Lenny, apareciendo detrás de él a modo de advertencia—. Te lo digo por experiencia: perdí a mi padre, era un hombre muy alcohólico, y eso lo llevó directo a la muerte.
Noha se giró con pesadez y le contestó sin ganas:
—¿Qué quieres, Lenny? Mejor sigue con tu papel de ayundante de mentalidad de mi tía y déjame en paz. Tengo demasiadas cosas dando vueltas en mi cabeza como para tener que escucharte ahora —se quejó, hablando con total honestidad y cansancio.
—Lo haría, claro que lo haría… solo que ella me va a echar, Y me demandará, porque dice que le estoy fallando. Según ella, no estoy logrando resultados —respondió Lenny, y se sentó en otro sofá, a un lado, con aire derrotado—. Y no es solo que me arruine económicamente… es que ella se está hundiendo otra vez, y no aceptará ayuda de nadie. Es un riesgo para sí misma, y no hace nada por evitarlo.
Noha dio un trago largo a la lata y respondió de forma directa, sin rodeos:
—Usted está enamorado de ella… ¿verdad? Porque hay que admitirlo, es bastante linda.
—Vaya… con lo que me sales. Se nota claramente tus gustos, te atraen las mujeres mayores, por lo que veo —dijo Lenny, sorprendido al darse cuenta del interés que el joven sentía por Inez.
—Claro que me interesa… aunque, al mismo tiempo, a veces pienso que no vale la pena —confesó Noha, mirando al frente, con la voz apagada y afectada, soltando por fin la verdad que nadie decía—. Porque en unos meses… solo será polvo. Su enfermedad está avanzando muy rápido.
—¿Que ella está mal de salud? —preguntó Lenny, quedándose paralizado al descubrir la dura batalla médica que estaba enfrentando su paciente, sin que él lo supiera.