Cuando la curiosidad te quita tu primera vida.. significa ¿que deberías cambiar? Vesta no lo cree.
*Está novela pertenece a un mundo mágico*
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Mensajero
Las palabras del conde Vance Dupont permanecieron en el corazón de Vesta incluso dos días después.
La mansión entera estaba sumida en preparativos.
Vestidos cuidadosamente doblados.
Libros organizados en cajas.
Documentos sobre las futuras escuelas perfectamente clasificados.
Listas de gastos.
Contactos.
Mapas de Mercia.
Y, escondidas con especial cuidado...
Sus joyas.
Vesta sostuvo entre sus dedos un pequeño cofre.
Lo abrió lentamente.
Collares.
Anillos.
Pendientes.
Broches.
Y varias bolsas con monedas de oro.
—Plan B —murmuró.
Volvió a cerrar el cofre.
[En caso de emergencia.]
[En caso de que todo salga mal.]
[En caso de que tenga que empezar desde cero.]
Pensó en la mujer que había sido antes de reencarnar.
Una persona común.
Sin títulos.
Sin fortuna.
Y sonrió levemente.
[Ya lo hice una vez.]
[Si fuera necesario...]
[Podría hacerlo otra vez.]
Aunque sinceramente esperaba no tener que descubrirlo.
—Señorita.
La voz de una doncella interrumpió sus pensamientos.
—¿Sí?
—Ha llegado un mensajero del Ducado Reed.
Vesta se congeló.
[..No..]
[..No...]
[..No...]
La doncella le entregó una carta.
Vesta la observó como si fuera una serpiente venenosa.
—¿Y si fingimos que nunca llegó?
—Señorita...
Suspirando, rompió el sello rojo con el emblema del león.
Y comenzó a leer.
Su rostro cambió progresivamente.
Confusión.
Incredulidad.
Indignación.
Y finalmente...
Rabia.
Apretó el papel entre sus dedos.
—¿Qué sucede? —preguntó la doncella.
Vesta levantó lentamente la cabeza.
Una vena parecía palpitarle en la frente.
—Ese...
Respiró profundamente.
—Ese...
Volvió a respirar.
—Ese estúpido.
La doncella abrió mucho los ojos.
—¿Señorita?
—Ese estúpido...
Sus mejillas comenzaron a ponerse rojas.
—...sensual.
—¿Qué?
—Coqueto.
—¿Perdón?
—Y guapo duque.
Golpeó la carta contra el escritorio.
—¡ME ESTÁ MOLESTANDO OTRA VEZ!
La doncella palideció.
—¿Qué escribió?
Vesta leyó nuevamente..
"Lady Vesta. Preséntese inmediatamente en la Mansión Reed. Si decide ignorar esta invitación, consideraré oportuno informar al conde Dupont sobre aquello que tanto desea ocultar. Sospecho que entonces no le permitirá abandonar Sunderland."
El silencio llenó la habitación.
La doncella miró a Vesta.
Vesta miró a la carta.
La carta pareció burlarse de ella desde el papel.
Y entonces...
—¡¡AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA!!
Tomó un cojín.
Lo arrojó contra la pared.
—¡¡LO ODIO!!
Otro cojín.
—¡¡LO DETESTO!!
Otro.
—¡¡¿POR QUÉ TENÍA QUE SER TAN GUAPO?!!
La doncella permaneció inmóvil.
—Señorita...
Vesta dejó caer los hombros.
Se dejó caer sobre la silla.
Y cubrió su rostro con ambas manos.
—No es justo...
Su voz salió amortiguada.
—Si fuera feo sería muchísimo más fácil odiarlo.
Después de varios minutos de dramatismo absolutamente necesario, Vesta consiguió calmarse lo suficiente para pensar.
Lo intentó, al menos.
—Bien.
Se puso de pie.
Comenzó a caminar por la habitación.
—Opciones.
Levantó un dedo.
—No ir.
Otro.
—Y arriesgarme a que le cuente todo a padre.
Pensó en Vance.
En Vincent.
En Mercia.
En sus escuelas.
Su corazón se apretó.
Bajó el dedo.
—Descartado.
Otro dedo.
—Escapar inmediatamente.
Lo consideró.
—No.
Suspiró.
—Si huyo ahora pareceré culpable.
Y finalmente...
El último dedo.
—Ir.
Se dejó caer nuevamente sobre la silla.
—Hablar con el duque.
Miró hacia el techo.
Y murmuró..
—Maldito atractivo león rojo.
La doncella tragó saliva.
—Entonces...
Vesta cerró los ojos.
Y asintió lentamente.
—Entonces iré.
Abrió los ojos.
Y un brillo decidido apareció en ellos.
—Pero esta vez será diferente.
—¿Diferente?
Vesta señaló la carta.
—Ya no soy la señorita que fue a tomar té pensando que estaba entrando en una fantasía romántica.
Se levantó.
Enderezó la espalda.
—Soy una mujer que quiere proteger a su familia.
Señaló los documentos sobre las escuelas.
—Y proteger sus sueños.
Luego hizo una pausa.
Y añadió con absoluta sinceridad:
—Aunque siga encontrándolo ridículamente atractivo.
La doncella suspiró.
—Eso no ha cambiado.
—No.
Vesta se llevó una mano al pecho.
—Lamentablemente, no.
Esa tarde volvió a subir al carruaje.
El paisaje nevado de Sunderland avanzó lentamente a través de la ventana.
Vesta observaba el exterior con expresión seria.
Y, por primera vez desde que había despertado como Vesta Dupont...
Estaba verdaderamente enfadada.
No sólo asustada.
Enfadada.
Porque ya no se trataba únicamente de ella.
Se trataba de los Dupont.
De la confianza de su padre.
Del orgullo de Vincent.
De las escuelas que quería construir.
Y del futuro que había decidido perseguir.
Apretó las manos sobre su regazo.
[¿Cómo te atreves a usar eso contra mí?]
Luego recordó la sonrisa del duque.
Su mirada tranquila.
La manera en que la había sostenido para protegerla.
Y el calor involuntario regresó a sus mejillas.
Vesta golpeó suavemente su propia frente contra la ventana del carruaje.
—Concéntrate.
[Es un hombre horrible.]
Hizo una pausa.
[Es un hombre horrible y muy guapo.]
Otra pausa.
[¿Por qué no puedo enamorarme de un panadero amable?]
Finalmente levantó la cabeza.
Y miró hacia el camino que conducía nuevamente a la Mansión Reed.
La primera vez había ido emocionada.
La segunda, aterrorizada.
Y ahora...
Iba preparada para luchar.
Porque Vesta Dupont podía ser alegre.
Chismosa.
Coqueta.
Y dramática.
Pero también era alguien que había decidido proteger aquello que amaba.
Y si el atractivo león rojo pensaba que iba a rendirse fácilmente...
Estaba a punto de descubrir que la hermosa hija menor de los Dupont tenía muchas más garras de las que aparentaba.