Traicionada por su propia hermana y sacrificada como moneda de cambio por su familia, Selena Sanches vio cómo sus sueños de amor se derrumbaban cuando Ingrid falsificó sus exámenes prenupciales.
Considerada “estéril”, Selena fue descartada por Cássio Álvarez, el hombre que juró amarla y con quien iba a casarse… pero él decidió casarse con Ingrid sin dudarlo.
Humillada y sin apoyo, Selena creyó que nada podía empeorar, hasta que su padre la ofreció como esposa al misterioso y temido Henrico Garcês, un mafioso al que nadie jamás se atrevía a mirar a los ojos. Un hombre que vive en las sombras, rodeado de rumores, poder… y peligro.
Ahora, unida a un desconocido que inspira tanto miedo como fascinación, Selena deberá descubrir si este matrimonio forzado será su ruina…
o su salvación.
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Capítulo 19
La fiesta seguía llena de brillo, música y conversaciones animadas, pero todos sabían que la verdadera atracción de la noche era la pareja que acababa de entrar: Henrico y Selena Garcês.
No había quien no los observase.
Y eso era algo que Ingrid no toleraba.
Ella no soportaba ver a Selena tan linda.
Tan confiada.
Tan radiante.
Y, peor aún… tan amada —a los ojos de todos— por el hombre más deseado de la fiesta.
La envidia quemaba dentro de ella como fuego líquido.
Finalmente, movida por el odio y por la voluntad de ver a Selena caer, Ingrid se acercó, con una sonrisa falsa y venenosa.
Henrico conversaba con algunos empresarios al lado de Selena, cuando Ingrid surgió forzando dulzura.
— Hermanita… qué sorpresa verte tan… producida —dijo, como quien elogia y apuñala al mismo tiempo.
Selena mantuvo la compostura, educada.
— Gracias, Ingrid. La fiesta está bonita.
Pero Ingrid no vino para elogios.
Ella quería sangre.
— Entonces, Selena… —su voz era melosa, pero el veneno transbordaba— me quedé curiosa… ¿ya le contaste a tu marido…?
La pausa fue teatral.
— …¿sobre tu pequeño problema?
Henrico giró el rostro lentamente, encarando a Ingrid con una calma que asustaría a un león.
Selena sintió la garganta secarse.
Pero Ingrid continuó, satisfecha al ver las miradas alrededor acercándose.
— Digo… ¿sobre que eres estéril?
Hizo un puchero falso de pena.
— ¿Él sabe que nunca va a poder construir una familia contigo?
Selena sintió un puñetazo en el pecho.
Varios invitados murmuraron bajito.
Rodrigo, de lejos, observó con orgullo tóxico.
Silvia abrió una sonrisa discreta.
Cássio se puso pálido.
Pero Henrico…
Henrico apenas dio un paso al frente.
Calmo.
Seguro.
Asustadoramente elegante.
Él miró a Ingrid como si ella fuese algo que él hallaba en el zapato.
— Ingrid —dijo, voz baja, pero firme—. Entre SELENA y yo… no existe absolutamente ningún secreto.
Selena lo encaró, sorprendida.
Henrico continuó:
— Yo sé de todo. Incluso del motivo de la esterilidad de ella.
Hizo una pausa dramática.
— Algo que no disminuye en nada quien ella es.
Ingrid quedó desconcertada por un instante, pero intentó reaccionar:
— P-pero ella no puede darte herederos.
Sonrisa maliciosa.
— ¿Qué tipo de hombre poderoso quiere una esposa así?
El salón quedó tenso.
Henrico se aproximó a Selena, sujetó su cintura con naturalidad absoluta y miró profundo en los ojos de la esposa antes de responder.
— Un hombre que sabe el valor de una MUJER de verdad.
El impacto hizo algunos invitados abrir los ojos como platos.
Ingrid se quedó sin aire.
Henrico continuó, ahora mirando directamente para ella:
— Selena puede no darme hijos…
Él alisó la cintura de la esposa con una gentileza que hizo Ingrid hervir de odio.
— …pero ella me da algo que ninguna otra mujer jamás me dio:
Él erigió la mano de Selena y la besó delante de todos.
— Cariño.
— Respeto.
— Elegancia.
— Lealtad.
— Y una paz que yo jamás imaginé tener.
Selena sintió las piernas flaquear.
Ingrid comenzó a temblar.
Y Henrico cerró con llave de oro:
— Ella es una esposa EXCELENTE.
— Una compañera PERFECTA.
— Una mujer que me enorgullece.
Se giró levemente, encarando a Ingrid por encima del hombro:
— Ya tú…
Levantó una ceja.
— Tal vez debieses preocuparte más con el propio matrimonio, en vez de envidiar el mío.
Fue como una bofetada sin mano.
Algunos invitados tragaron seco.
Otros bajaron los ojos para disimular la sonrisa.
Cássio casi cayó para atrás.
Rodrigo abrió los ojos como platos, sin reacción.
Patrícia quedó blanca.
E Ingrid…
Ingrid quedó estática, ahogada por la propia maldad.
Selena, emocionada, dijo apenas:
— Henrico…
Él se giró para ella, ignorando completamente la existencia de la otra.
— Mi esposa, ¿vamos a bailar?
Selena asintió, y Henrico la llevó al centro del salón —dejando a Ingrid para atrás, destruida, humillada y tomada por el odio más puro.
En aquel momento, todos entendieron:
Selena no era más la hija fraca de los Sanches.
Ella era la esposa del Don.
Y nadie jamás osaría humillarla nuevamente.