Traicionada por el Emperador en el campo de batalla, la temible y soberbia soberana de la dinastía del norte jura venganza antes de morir. Pero el destino tiene un sentido del humor retorcido: despierta en el futuro, atrapada en el cuerpo de Valentina, una brillante pero insegura abogada con talle XL que acaba de colapsar por culpa del bullying de su oficina.
¿Sin carruajes, sin guardias reales y con una bata de hospital barata que no le cierra atrás? No importa. Con una mente de acero y una dignidad inquebrantable, la Emperatriz usará el código penal como su nueva espada. ¡Pobre de aquel que intente humillarla por su físico! Desde el rival arrogante de su buffet hasta el CEO más frío de la ciudad, todos aprenderán que sus curvas imponen respeto y que Su Majestad ha dictado su sentencia. ¡Una comedia romántica con una venganza de talle grande!
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Capítulo 12: ¿Qué es una "Mafia", esclavo de la moda?
El eco de los tacones de Valentina sobre el reluciente piso de madera noble de su nueva oficina presidencial tenía un sonido deliciosamente triunfal. El espacio era inmenso, digno de un concejo de ministros, y el gran ventanal ofrecía una vista panorámica de los rascacielos de la ciudad que a la soberana le recordaba a los horizontes que solía contemplar desde las almenas de su fortaleza del norte. Sin embargo, para Thiago, aquel lugar todavía carecía del dramatismo y el esplendor necesarios para albergar a la nueva versión de su amiga.
—¡No, no, no, mi amor! ¡Esto es un páramo de aburrimiento corporativo! —exclamó Thiago, arrojando su bolso de neón sobre el escritorio de caoba maciza y gesticulando de manera exagerada—. Esas paredes blancas gritan "depresión de oficina". Necesitamos urgencia visual. Yo me encargo de esto. Vamos a meter unas alfombras de leopardo sintético texturizadas para que pisemos con estilo, y por supuesto, detalles dorados en cada maldito rincón. Si vas a ser la socia principal más temida de la ciudad, este lugar tiene que lucir como el camerino de una diva de la alta costura o el palacio de una reina de la moda.
Valentina observaba los ademanes de su excéntrico amigo con una mezcla de diversión y condescendencia. Se sentó en el imponente sillón de cuero italiano, que se amoldaba a sus curvas XL con una comodidad majestuosa, y entrelazó sus dedos sobre el escritorio. Aunque el ajetreo del buffet y el pánico de sus jefes la habían mantenido ocupada toda la mañana, había una duda muy específica que le venía rondando la mente desde la cena de la noche anterior en la mansión del CEO, una palabra que el León de Oro y su sirviente Dominick habían pronunciado con una gravedad que encendió sus alarmas estratégicas.
Aprovechando que Thiago se había detenido un segundo para darle un sorbo dramático a su vaso gigante de café de Starbucks, Valentina carraspeó y lanzó la pregunta con su típica solemnidad imperial.
—Thiago, esclavo de la moda... necesito que ilumines mi intelecto con tus conocimientos de este siglo —comenzó diciendo la Emperatriz, entornando sus ojos oscuros—. Durante la cena en la fortaleza de Alexander, el León de Oro mencionó con total naturalidad que él era un "capo de la mafia". He estado buscando en los textos legales de mi memoria, pero no encuentro la definición exacta. Dime... ¿Qué clase de título nobiliario es ese en este siglo? ¿A qué dinastía pertenece su corona?
Thiago acababa de dar un trago generoso a su café helado con crema batida. Las palabras de Valentina lo golpearon con la fuerza de un camión. El diseñador abrió los ojos como platos, se atragantó a mitad del sorbo y comenzó a toser de manera descontrolada, golpeándose el pecho con una mano mientras por poco escupía el líquido sobre la alfombra gris del buffet.
—¡¿Qué?! —chilló Thiago en un hilo de voz, limpiándose los labios con un pañuelo de seda y mirando a su amiga como si le hubiera salido una segunda cabeza—. Ay, por el amor de Dios, Valen... ¡Casi me hacés escupir el Starbucks que me costó una fortuna! ¿De qué carajo estás hablando? ¿"Título nobiliario"? ¿"Dinastía"? ¡Por favor, bajá de tu nube de telenovela histórica!
El joven se acercó al escritorio a paso rápido, apoyando las manos sobre la caoba y bajando la voz a un susurro cargado de puro pánico y excitación teatral.
—Escuchame bien, chiquita. La mafia no es una monarquía legal con reyes buenos y desfiles en carruajes de oro. ¡La mafia es una organización secreta, sumamente peligrosa y turbia! Es un submundo de criminales pesados que controlan todo el dinero sucio de la ciudad, los casinos clandestinos, los muelles, el contrabando y el territorio a base de puro miedo. No tienen leyes escritas por jueces; se manejan con códigos de honor antiguos, pactos de sangre y, si alguien comete el más mínimo desliz o intenta traicionarlos, lo eliminan de la faz de la tierra sin parpadear. Un "capo" no es un duque, es el jefe supremo de un ejército de mafiosos que manejan millones y controlan a los políticos como si fueran títeres. Alexander no tiene una corona de oro, mi amor... tiene el poder de hacer desaparecer a cualquiera que lo mire mal.
Thiago terminó su explicación abanicándose con la mano, esperando ver el rostro de Valentina desfigurado por el horror, el pánico o el arrepentimiento de haberse metido con un cliente de semejante calibre. Después de todo, la antigua Valentina habría salido corriendo a la estación de policía más cercana a llorar del susto.
Pero la Emperatriz que habitaba ese cuerpo no formaba parte del común de los mortales.
En lugar de asustarse, palidecer o temblar, a Valentina se le iluminaron los ojos felinos con una chispa de absoluta epifanía. Sus bonitas facciones blancas permanecieron serenas, pero una comprensión profunda y estratégica se apoderó de su mente de gobernante. Se reclinó en el sillón de cuero, permitiendo que una sonrisa fría, maquiavélica y sumamente calculadora se dibujara en sus labios carmín.
*"O sea..."*, pensó Valentina en su fuero interno, uniendo los hilos invisibles del poder de este siglo, *"que la mafia no es más que un imperio oculto que opera con maestría bajo las mismísimas narices de la ley común"*.
Para su mente antigua, la estructura era sumamente familiar, casi idéntica a los reinos que ella misma había gobernado y conquistado con sangre y hierro en su vida pasada. Tenían soldados leales que ejecutaban las órdenes, controlaban un territorio geográfico estricto, poseían un tesoro inmenso que financiaba sus guerras y, lo mejor de todo, ejecutaban a los traidores con la misma firmeza con la que ella mandaba a los suyos a la guillotina. Aquello no era criminalidad vulgar; era política pura en un estado salvaje y primitivo que le resultaba deliciosamente cómodo.
—Interesante... —murmuró Valentina en voz alta, acariciándose la barbilla con un aire de superioridad que hizo que Thiago diera un paso atrás, confundido por su falta de miedo—. Un imperio sin la burocracia de los parlamentos. Un territorio donde la soberanía se respeta a base de lealtad y castigo. Verdaderamente, el León de Oro ha construido una fortaleza admirable en las sombras de esta ciudad.
—Pará, pará, pará... —la interrumpió Thiago, frotándose las sienes—. ¿Te das cuenta de que te acabo de decir que tu cliente principal es un capo criminal que podría mandarnos a dormir con los peces y vos estás ahí sonriendo como si te hubiera dicho que ganaste la lotería? Valen, en serio, me estás asustando. Estás muy metida en tu papel de perra fría. ¿Qué vas a hacer ahora? Sos su abogada defensora, su mano derecha en los tribunales... estás arriesgando el cuello.
Valentina se puso de pie con una parsimonia imponente. El traje verde esmeralda se tensó sobre sus curvas XL mientras caminaba hacia el gran ventanal, observando el tráfico y la inmensidad de los rascacielos como si estuviera pasando revista a sus nuevos dominios. Su mente voló por un segundo hacia el pasado, hacia el recuerdo amargo del Emperador del norte, el hombre por el que ella había sangrado en batalla, a quien había servido como su estratega principal y mano derecha leal, solo para recibir una daga de traición en la espalda y una ejecución injusta.
Una chispa de fuego real brilló en sus ojos oscuros. Hizo un juramento silencioso y sagrado ante su propio reflejo en el cristal: jamás, bajo ninguna circunstancia y en ningún siglo, volvería a ser la segunda de nadie. Ella había nacido para portar la corona, no para cuidar las espaldas de un rey que pudiera flaquear.
Se giró hacia Thiago, cruzando los brazos con una soberbia que llenó por completo la inmensidad de la oficina presidencial.
—Te equivocas en algo, esclavo de la moda —sentenció Valentina, con una voz profunda que vibró con la autoridad de mil ejércitos—. Si voy a entrar a ese submundo oscuro junto a Alexander, no lo haré como su sirviente legal ni como su mano derecha sumisa. El León de Oro cree que ha contratado a una empleada para que limpie sus fojas en los tribunales, pero pronto entenderá que ha invitado a una igual a su mesa. Yo no fui hecha para habitar en las sombras de ningún hombre. Si la mafia es un imperio... entonces ese imperio acaba de encontrar a su verdadera Emperatriz.
Thiago se quedó mudo, sosteniendo su vaso de Starbucks a mitad de camino, dándose cuenta de que la abogada gordita a la que solían pisotear ya no existía más. Frente a él se erigía una fuerza de la naturaleza dispuesta a devorarse la ciudad entera.
Federico se te fue la gallina de los huevos de oro se te acabó tu suerte
no se te ocurra acercarte porque no sabes de lo que pueda ser capaz.