Una chica de la era moderna reencarna en el cuerpo de Madeline, la prometida del frío Duque Elías. Tras quedar embarazada y decidida a proteger el futuro de su hijo, ella empaca sus maletas y huye lejos, escondiendo su rastro.
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Capítulo 6
Los días siguientes transcurrieron con rapidez.
Mientras la fecha de la Gran Cacería de Otoño se acercaba, Madeline intentaba prepararse mentalmente para lo que le esperaba. No le preocupaba especialmente la cacería en sí, sino todo lo que la rodeaba.
Decenas de nobles.
Conversaciones interminables.
Miradas curiosas.
Y, por supuesto, las amenazas apenas disimuladas de su padre.
Las doncellas entraban y salían constantemente de su habitación preparando equipajes, seleccionando vestidos y organizando accesorios para los dos días que permanecerían fuera de casa.
La condesa Celia también se encontraba allí, supervisándolo todo con evidente entusiasmo.
—Este vestido es perfecto para la cena.
—Y este otro para el segundo día.
—No, no, ese color no resalta lo suficiente.
Madeline observó cómo varias prendas iban pasando de una mano a otra mientras contenía un suspiro.
—Madre, creo que es demasiado.
—Nunca es demasiado cuando se trata de causar una buena impresión.
Madeline ya sabía a quién se refería.
Aun así, permitió que continuara.
La condesa parecía disfrutarlo.
Mientras una de las doncellas acomodaba algunos vestidos dentro de un baúl, Celia la observó durante unos segundos antes de hablar.
—Supe lo que te dijo tu padre.
Madeline levantó la vista.
Luego asintió lentamente.
La sonrisa de la condesa se suavizó.
—Sé que lo lograrás.
—¿Lograr qué exactamente?
—Conquistar al duque, por supuesto.
Madeline estuvo a punto de reír.
La confianza que su madre tenía en ella resultaba enternecedora.
—Eres una joven encantadora. Hermosa, educada y amable. Ningún hombre podría resistirse a tus encantos.
Madeline sonrió.
No porque estuviera de acuerdo.
Sino porque la sinceridad de Celia le resultaba agradable.
Después de aquello, la condesa abandonó la habitación para supervisar el resto del equipaje.
A la mañana siguiente, la mansión Fairchild se encontraba más agitada de lo habitual.
Los sirvientes cargaban baúles y cajas dentro de los carruajes mientras los caballos eran preparados para el largo viaje.
Julián viajaría junto a Celia.
Madeline, por su parte, ocuparía un carruaje para ella sola.
Al menos tendría algo de tranquilidad.
O eso esperaba.
El viaje duraría prácticamente un día entero.
La sola idea de permanecer tantas horas sentada ya hacía que le doliera el cuerpo.
—Voy a terminar con la espalda destruida...
Murmuró mientras subía al carruaje.
Poco después emprendieron el viaje.
Durante las primeras horas intentó distraerse observando el paisaje, pero finalmente decidió dormir para hacer el trayecto más llevadero.
Lamentablemente, los caminos no parecían compartir sus planes.
Cada bache hacía que el carruaje se sacudiera con fuerza.
En algunos momentos sintió que hasta su estómago protestaba.
Solo realizaron una parada para almorzar antes de continuar.
Y cuando el sol comenzaba a ocultarse en el horizonte, finalmente divisaron su destino.
A lo lejos se alzaba una enorme mansión rodeada de extensos jardines y custodiada por decenas de guardias.
Era comprensible.
Durante aquellos días estaría repleta de nobles, funcionarios reales y miembros de las familias más influyentes del reino.
Más allá de la mansión podía verse la inmensidad del Bosque Real de Arvendor.
El lugar donde se celebraría la cacería.
Al llegar, varios sirvientes acudieron inmediatamente para hacerse cargo del equipaje mientras otros guiaban a los invitados hacia sus respectivas habitaciones.
Madeline observó todo con curiosidad.
El lugar era impresionante.
Elegante.
Majestuoso.
Y mucho más grande de lo que había imaginado.
Su habitación no era la excepción.
Amplia, lujosa y decorada con exquisito gusto.
Después de tomar un baño caliente, apenas tuvo fuerzas para cambiarse de ropa.
Se dejó caer sobre la cama.
Y se quedó dormida casi al instante.
A la mañana siguiente, la mansión despertó antes que el sol.
Desde muy temprano podían escucharse voces, pasos apresurados y el constante movimiento de sirvientes preparando el evento.
Las doncellas comenzaron a arreglarla poco después de que abriera los ojos.
Cuando finalmente terminaron, Madeline se observó en el espejo.
Había decidido evitar los excesos.
Nada de peinados imposibles.
Nada de joyas extravagantes.
Nada de vestidos excesivamente llamativos.
Aun así, el resultado era elegante.
Su largo cabello negro caía perfectamente arreglado sobre sus hombros y el vestido resaltaba su belleza natural sin necesidad de adornos innecesarios.
Parecía exactamente lo que era.
Una joven noble refinada.
Una de las doncellas la acompañó hasta la zona donde se habían instalado las grandes carpas destinadas a los invitados.
Al llegar, Madeline observó el animado ambiente que la rodeaba.
Algunas damas nobles conversaban entre sí mientras se abanicaban con elegancia.
Otras paseaban por los alrededores.
Más allá distinguió a su madre, sentada junto a varias mujeres de la aristocracia.
Su padre, por otro lado, se encontraba conversando con un grupo de nobles.
Madeline decidió recorrer el lugar.
Habían instalado mesas repletas de bocadillos, bebidas y dulces preparados especialmente para los invitados.
Mientras caminaba, observaba discretamente a las personas que la rodeaban.
Hasta que una repentina agitación llamó la atención de todos.
El rey acababa de llegar.
Junto a él se encontraban los príncipes.
Y Madeline tuvo que admitir algo.
Eran bastante atractivos.
Todos poseían el porte y la elegancia propios de la familia real.
Tras intercambiar saludos con varios nobles, el rey ofreció un breve discurso y dio inicio oficial a la Gran Cacería de Otoño.
Inmediatamente comenzó el movimiento.
Los caballeros se prepararon para partir hacia el bosque mientras las damas se acercaban para entregar pañuelos bordados a aquellos a quienes apoyaban.
Era una tradición antigua.
Una muestra de favor y buenos deseos.
Madeline observó la escena durante unos segundos.
Luego suspiró.
Ella no había llevado ningún pañuelo.
Y tampoco tenía a quién entregárselo.
Su padre seguramente recibiría uno de Celia.
Por un momento pensó en Elías.
Pero descartó la idea casi de inmediato.
Estaba bastante segura de que, si intentaba entregarle algo, probablemente la ignoraría.
O peor aún...
Lo aceptaría únicamente por cortesía.
Y ninguna de las dos opciones le parecía especialmente atractiva.
Y hablando del rey de Roma...
Madeline vio a Elías salir de una de las carpas principales.
Como de costumbre, su expresión era seria e imposible de descifrar. La armadura oscura que llevaba puesta resaltaba aún más su imponente figura, haciéndolo parecer alguien difícil de desafiar.
A unos pasos detrás de él caminaba un hombre de cabello negro que hablaba animadamente sobre algo que parecía no interesarle demasiado al duque.
Madeline apenas les prestó atención.
Porque de repente sintió una mirada clavarse en ella.
Giró la cabeza.
Y encontró al culpable.
El conde Julián Fairchild.
Incluso desde la distancia, podía percibir perfectamente el mensaje oculto tras aquella mirada.
¿Qué estás esperando?
Madeline contuvo un suspiro.
Por supuesto.
Ni siquiera durante la cacería podía escapar.
Resignada, comenzó a caminar hacia donde se encontraba Elías.
Cuando estuvo lo suficientemente cerca, realizó una elegante reverencia.
—Duque.
Elías volvió el rostro hacia ella.
—Lady Madeline.
Por suerte, ya no parecía sorprendido cada vez que ella iniciaba una conversación.
Madeline esbozó una pequeña sonrisa.
—Espero que la fortuna le sonría durante la cacería y que regrese victorioso. Que los dioses guíen su puntería y le concedan una jornada segura.
Era una forma elegante y apropiada de desear suerte a un participante.
Elías la observó durante unos segundos.
—Gracias.
—También debo disculparme. No tuve tiempo de preparar un pañuelo para usted.
Varias damas ya habían entregado los suyos a caballeros y familiares antes de que comenzara la competición.
Sin embargo, Madeline no había preparado ninguno.
Elías negó levemente con la cabeza.
—No se preocupe, lady Madeline.
La respuesta fue tan sencilla que incluso la sorprendió.
Por un instante creyó que aquello sería todo.
Sin embargo, la atención de Elías se desplazó repentinamente hacia algún punto detrás de ella.
Sus ojos se estrecharon.
Y un leve ceño apareció en su rostro.
Extrañada, Madeline siguió la dirección de su mirada.
A lo lejos, el conde Fairchild los observaba.
Sin disimulo alguno.
Como un vigilante asegurándose de que una tarea importante estuviera siendo cumplida.
Madeline sintió deseos de esconderse detrás del primer árbol que encontrara.
Cuando volvió a mirar a Elías, tuvo la incómoda sensación de que él había entendido perfectamente lo que estaba ocurriendo.
El silencio se instaló entre ambos durante unos segundos.
Finalmente, Elías inclinó ligeramente la cabeza.
—Que tenga un buen día, lady Madeline.
—Igualmente, duque.
Sin añadir nada más, Elías se dio media vuelta y se alejó junto a los demás participantes.
Madeline observó su espalda perderse entre los nobles.
Luego volvió a mirar en dirección a su padre.
El conde seguía allí.
Mirándola.
Juzgándola.
Esperando resultados.
—Definitivamente necesito unas vacaciones...
Murmuró por lo bajo.
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es sabía como ese Nathan que estuvo ahí espero que veamos pronto llegue lejos como también a ese tonto que le perdió
de irse más lejos y espero
que su madre la ayude a que no la
molesten temprano para darle tiempo
descubrirá que se escapó embarazada