Israel Martínez creía que su vida por fin estaba cambiando.
Una beca, una nueva ciudad y un futuro prometedor parecían ser el comienzo perfecto. Pero todo cambia cuando encuentra un viejo diario olvidado que perteneció a Lucía Escalante, una mujer cuya historia está llena de secretos, mentiras y heridas que jamás sanaron.
Mientras avanza entre sus páginas, Israel descubre que algunas historias no se quedan en el pasado.
Y mucho menos cuando aparece Mateo Escalante.
El heredero de un imperio.
El hombre que parece tenerlo todo.
Y la última persona de la que debería enamorarse.
Entre secretos familiares, orgullo, ambición y una constante guerra entre el corazón y la razón, Israel descubrirá que a veces el amor más peligroso nace de las personas que juraste odiar.
Porque algunas historias terminan en un diario. Otras apenas comienzan cuando alguien lo abre.
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CAPITULO 18
"A veces la vida te lleva exactamente al lugar donde debes estar, aunque todo el camino parezca un error."
La noche del domingo la pasé desempacando.
Era curioso.
Llevaba una semana viviendo en California y apenas estaba acomodando mis cosas.
Había salido todos los días.
Había conocido lugares nuevos.
Personas nuevas.
Calles nuevas.
Y, por primera vez en muchos años, sentía que mi vida estaba avanzando.
Mientras doblaba ropa y la acomodaba en el enorme clóset del departamento, pensé en Saúl.
Por alguna razón me daba la impresión de que era un maniático del trabajo.
De esos hombres que desayunan trabajo, comen trabajo y cenan trabajo.
Así que había aprovechado toda la semana libre antes de comenzar oficialmente.
Terminé de guardar algunas cajas y miré el diario.
Seguía sobre mi escritorio.
Justo al lado de mi computadora.
La cubierta de cuero oscuro parecía observarme desde la distancia.
Como si supiera algo que yo todavía no.
Me acerqué y pasé la mano por encima.
—Mañana seguimos contigo —murmuré.
Después preparé la ropa que usaría al día siguiente.
Nada demasiado formal.
Un pantalón de mezclilla ajustado de tiro bajo.
Tenis blancos con detalles azules.
Una blusa blanca corta que apenas dejaba ver una pequeña parte de mi abdomen.
Casual.
Cómoda.
Y profesional al mismo tiempo.
Me observé en el espejo.
Mi cabello rubio oscuro caía sobre mis hombros en suaves ondas.
Me puse unos lentes que había comprado recientemente.
No los necesitaba realmente.
Pero me gustaba cómo me hacían ver.
Sonreí.
—Bueno, arquitecta... mañana empieza tu nueva vida.
Y me fui a dormir.
La alarma sonó a las seis de la mañana.
Me levanté de inmediato.
Me bañé.
Me arreglé.
Desayuné algo rápido.
Tomé las llaves del Mercedes.
Y salí.
Durante todo el trayecto sentí una mezcla extraña de nervios y emoción.
Las calles de Los Ángeles ya comenzaban a llenarse de tráfico.
El cielo estaba despejado.
Y el edificio donde trabajaba Saúl podía verse desde varias cuadras antes.
Era enorme.
Moderno.
Elegante.
Completamente de cristal.
Parecía una de esas construcciones que salen en revistas de arquitectura.
Estacioné el auto y respiré profundo.
—Vamos, Israel. No llegaste hasta aquí para asustarte ahora.
Entré.
El lobby era impresionante.
Pisos de mármol.
Lámparas gigantes.
Recepcionistas perfectamente arregladas.
Ejecutivos caminando de un lado a otro.
Todo parecía moverse demasiado rápido.
Entonces escuché una voz conocida.
—¡Israel!
Volteé.
Amelia.
Estaba en recepción hablando con una mujer.
Me acerqué sonriendo.
—Hola, Amelia.
Ella me observó de arriba abajo.
Su mirada recorrió mi ropa.
Mi cabello.
Mis lentes.
Y después sonrió.
—Bueno... definitivamente te adaptaste rápido a California.
—¿Eso es bueno o malo?
—Todavía no lo decido.
Me reí.
Amelia volvió a hablar con la recepcionista.
—Cuando lleguen los invitados avísenme inmediatamente, por favor.
La mujer asintió.
Entonces Amelia me hizo una señal.
—Ven conmigo.
Comenzamos a caminar.
Los pasillos parecían interminables.
Había oficinas con paredes completamente de cristal.
Salas de juntas.
Pantallas gigantes.
Arquitectos dibujando planos.
Ingenieros revisando modelos digitales.
Personas hablando por teléfono en distintos idiomas.
Era increíble.
—¿Siempre es así? —pregunté.
—Hoy está tranquilo.
La miré sorprendida.
—¿Tranquilo?
—Sí.
Cuando Saúl tiene entregas importantes nadie duerme.
Seguí caminando.
Cada vez estaba más impresionada.
Finalmente llegamos frente a una oficina enorme.
Amelia tocó la puerta.
—Adelante.
Entramos.
Saúl estaba sentado frente a varias pantallas.
Ni siquiera levantó la vista al principio.
Tecleaba rápidamente mientras observaba unos planos digitales.
Hasta que Amelia volvió a tocar suavemente la puerta.
Entonces levantó la cabeza.
Y me sonrió.
—Israel.
Se puso de pie inmediatamente.
—Qué gusto verte por fin.
Me acercó la mano.
—Bienvenida.
—Gracias.
—Ven, siéntate.
Señaló una silla frente a su escritorio.
Yo obedecí.
Saúl se acomodó en su asiento y cruzó las manos.
—Antes que nada debo decir algo.
Lo miré curiosa.
—¿Qué cosa?
—Tienes un nombre muy bonito.
Me reí.
—Gracias.
—Siempre tuve curiosidad. ¿Por qué te llamas Israel? ¿Tus padres tenían alguna conexión con el país?
—Ni yo lo sé.
Saúl soltó una carcajada.
—Bueno, eso responde mi pregunta.
Los dos nos reímos.
El ambiente era sorprendentemente relajado.
Nada que ver con la imagen seria que mostraba en entrevistas.
—Cuéntame —dijo apoyándose en el escritorio—. ¿Cómo fue tu mudanza?
—Una locura.
—¿Tan mala?
—Tan rápida.
Hace dos meses estaba acomodando productos en un supermercado y ahora estoy aquí.
Los medios hablaron de mi graduación.
Me mudé a otro país.
Tengo un departamento.
Un automóvil.
Y estoy trabajando con usted.
Todavía siento que en cualquier momento voy a despertar.
Saúl sonrió.
—Eso significa que todavía conservas la capacidad de sorprenderte.
Es algo bueno.
—¿Sí?
—Muchos la pierden demasiado pronto.
Lo pensé un momento.
Tal vez tenía razón.
Entonces Amelia volvió a entrar.
—Ya llegaron.
Saúl sonrió.
—Perfecto.
Los estaba esperando.
Se puso de pie inmediatamente.
—Ven conmigo, Israel.
Salimos de la oficina.
Mientras caminábamos por el pasillo comenzó a hablar.
—Bien. Antes de entrar necesito explicarte algo.
—Lo escucho.
—Los clientes de hoy son importantes.
Muy importantes.
—Entendido.
—Vamos a diseñar algo completamente nuevo para ellos.
Todavía no existen planos.
No existe proyecto.
No existe concepto.
Solo ideas.
—Entonces hoy es la reunión inicial.
—Exactamente.
Me miró de reojo.
—¿Conoces la cadena hotelera Star?
Sentí que mi corazón daba un pequeño salto.
Star.
El apellido Escalante apareció inmediatamente en mi mente.
Lucía.
Armando.
Mateo.
El diario.
Todo volvió de golpe.
Pero mantuve la calma.
—Sí.
He escuchado hablar de ella.
—Perfecto.
Porque son ellos.
Me quedé quieta un segundo.
Saúl siguió caminando.
—La familia Escalante quiere expandirse nuevamente.
Y nosotros vamos a diseñar uno de sus proyectos más ambiciosos.
Volví a caminar.
Intentando procesar la información.
El mismo apellido.
La misma familia.
Los mismos nombres que llevaba semanas leyendo todas las noches.
—¿Todo bien?
—Sí.
Solo estoy sorprendida.
—Acostúmbrate.
Aquí las sorpresas son parte del trabajo.
Llegamos frente a una enorme sala de juntas.
Saúl sonrió.
—Lista.
Respiré profundo.
—Lista.
Él abrió la puerta.
Y entramos.
Lo primero que vi fue a un hombre sentado al fondo de la mesa.
Alto.
Impecablemente vestido.
Cabello negro.
Ojos verdes.
Una mirada tranquila pero imposible de ignorar.
Lo reconocí inmediatamente.
Mateo Escalante.
El hombre del diario.
El niño del que Lucía escribía.
El hijo que amaba los tulipanes.
El heredero de Star.
El famoso "Demonio" de los negocios.
Y a su lado...
Estaba Truey.
Apoyado contra una silla.
Revisando algo en su teléfono.
Levantó la vista.
Me vio.
Y una sonrisa apareció en su rostro.
—Bueno...
Guardó el celular lentamente.
—Definitivamente el mundo es más pequeño de lo que pensaba.
Y por primera vez desde que llegué a California...
Sentí que algo importante estaba a punto de comenzar.